Saturday, June 2, 2012

El heraldo

Era un preso como otro cualquiera, pero no se resignaba a serlo. Compartía con los otros tres detenidos una misma celda, se alimentaba todos los días de la misma bazofia que daban en la Villa y cagaba también en el mismo pestilente agujero turco que los demás, pero juzgaba necesario, de cuando en cuando, poner en su sitio y aclarar ciertas cuestiones doctrinales a sus descarriados compañeros de cautiverio.

Afincado en su incómoda litera de palo –igual a la que usaban para dormir los otros tres presos– y con claras ínfulas de catedrático, aquel fiero soldado de la clase obrera y digno cruzado de la Cuarta Internacional, llamado, muy apropiadamente, León, no cesaba de amonestar a sus compañeros de celda cada vez que les escuchaba despotricar contra el poder revolucionario y lamentarse de las duras penas de cárcel con que éste supuestamente les amenazaba.

–No se equivoquen –les decía– Entre nosotros y el poder obrero-campesino no hay contradicciones antagónicas.

Al jovenzuelo que se daba aires de intelectual y sobre el cual pesaban graves acusaciones de diversionismo le vaticinaba una simple sanción de reclusión domiciliaria, acompañada de obligatorios cursillos de instrucción, para asegurar que en el futuro los cuentos y poemas que escribiera el muchacho no se prestaran a hacerle el juego a los enemigos irreconciliables de la revolución mundial.

 

'Entre nosotros y el poder obrero-campesino no hay contradicciones antagónicas'.

Aseguraba León, además, que al oficinista acusado de comprar una brújula en el mercado negro e intentar fabricar una balsa perfecta con piezas y herramientas sustraídas al pueblo, a fin de trasladarse a Estados Unidos de América sin la debida autorización, se le otorgaría, como única sanción, un permiso temporal de viaje al mundo capitalista, donde una vez convencido de la profunda injusticia de éste, regresaría al país totalmente arrepentido de sus faltas, cargado de todas las mercancías que hubiera podido comprar “en Francia o Nueva York”.

–Y tú, Goyo –acaba por decir siempre, refiriéndose a un lechero que estaba preso allí por cagarse en el corazón la madre de Fidel Castro después de tomarse una botella de ron– no tendrás que sufrir más las persecuciones injustas de la burocracia bonapartista.

Bajo una democracia proletaria, afirmaba, el vicio del alcoholismo será debidamente atendido en centros hospitalarios gratuitos, donde las desafortunadas expresiones de un obrero en estado de embriaguez no serán consideradas un delito, sino el resultado de un lamentable hábito heredado del pasado burgués, aun cuando difamaran a la madre del Comandante en Jefe.

–Tú te vas derecho para la calle, compañero –le decía León al incrédulo lechero– Los borrachos no son contrarrevolucionarios.

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