Friday, June 8, 2012

El hombre invisible



Una vez por semana –jueves o viernes, no se acuerda muy bien– lo sacaban de la celda temprano y lo llevaban a la barbería. Después, mientras lo rasuraba, el barbero se ponía a conversar con el conduce como si él no estuviera allí, escuchando, con las manos atadas con correas a los brazos del antiguo sillón de barbero.

Al conduce no podía importarle menos lo que dijera el barbero, un viejo cascarrabias con grado de sargento, pero fingía escucharlo, sentado a corta distancia del detenido, porque si el muy hablantín llegaba a sentirse ofendido por un percibido desaire, era capaz de enemistarle después con cualquiera de sus jefes, que venían a menudo a pelarse o afeitarse allí.

El barbero siempre se quejaba de lo mismo. De lo mal que marchaba el mundo, con tantas guerras y miserias; de la juventud que no aprovechaba las oportunidades que le daba la revolución, y también de un dolor agudo, punzante, horrible que tenía atravesado siempre, como decía, “entre el pecho, la espalda y la choquezuela”; pero sobre todo –no se cansaba de repetir– de tener que levantarse tan temprano para poner lindo a tanto hijeputa como había preso en la Villa.

–¿Y éste es navegante también? –preguntaba, no bien lo tenía asegurado en el sillón.

–Negativo –respondía el conduce.

–¿Más grave entonces?

–Parece que sí.

–Ay, combatiente, aquí el maricón está que da al pecho –sentenciaba entonces el barbero.

El fingía que no se daba por enterado. Sabía tan bien como el conduce que cuando hablaba de hijeputas, degenerados, malnacidos o maricones el barbero se refería precisamente a él, pero le parecía más prudente –y quizás más digno– no inmutarse. Permanecía, pues, completamente inmóvil, con la vista fija en la pared que tenía de frente, adornada con viejos carteles que convocaban a cosechas azucareras pasadas o conmemoraban algún aniversario glorioso, mientras el barbero acometía su cara difícil, rígida, inexpresiva.

–Coño, si por mi fuera, te cortaba el pescuezo –rezongaba mientras raspaba sus cachetes con la navaja.

Para no tener que hablarle, el barbero se daba entonces a torcer su cara y su cabeza con bruscos empujoncitos, alcanzando la pelambre áspera y huidiza. Una pasada por aquí, otra por allá, y la piel empezaba a exhibir rubores, irritaciones y arañazos. La pestilente espuma de jabón barato y agua fría que usaba el barbero para aquellos menesteres no bastaba para facilitar el afeitado, y acababa por fluir cuello abajo, mezclándose allí con los hilillos de sangre que, sin cesar, exudaban las heriditas faciales del preso.

–Tiene la piel fina –declaraba el conduce, hojeando indiferentemente una revista.

–¡Piel de puta vieja, compay! –rugía el barbero.

Entonces, él cerraba sus ojos. Había aprendido a abstraerse así. A tornarse más invisible todavía, aunque al barbero aquello parecía molestarle.

–¿Le vas a hacer el bigote? –preguntaba el conduce.

–¡Lo que voy a hacer es pelarlo al moñito, cojones! –rugía el barbero– No sé cómo no lo fusilan.

–Ya casi no fusilan.

–Pues hay que fusilar, coño. Esto no tiene cura.

Y poco a poco, entre las maldiciones y los empujoncitos, iba dejando de escucharlos. Empezaba a oírlos cada vez más de lejos, hasta callarlos completamente y después zafarse las correas, levantarse del sillón y escapar enseguida de allí sin ser notado, en medio del más absoluto silencio.

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