Tuesday, June 26, 2012

El intruso

Fragmento de mi novela 'Descansa cuando te mueras'

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Fue culpa mía. Abrí la puerta sin mirar. Este es un barrio malo; no se puede estar comiendo mierda. El muy maricón me fue parriba. Se abrió paso como una tromba. Tenía un machete.

 
-¡Manny... guachao! –chilló Araceli por detrás de mí. Todavía estaba en la mesa, en bata de casa y con los rolos puestos. Yo andaba en camiseta. Estábamos comiendo en la salita cuando oí sonar el timbre. Serían como las ocho; había empezado la segunda novela.

Por suerte, me agaché y pude esquivarlo. Si no, me abre la cabeza en dos como un aguacate. Con el impulso, él fue a incrustrarse en la pared. Me encogí y lo dejé pasar. Entonces, jalé por el amansaguapo que siempre tengo detrás de la puerta.

-¡Modefoca! –rugí. Le fui encima.

El golpe lo cogió por sorpresa. Iba a virarse cuando le centré un batazo por el sentido que lo paró en seco. Cayó redondo como un pajarito; el machete también. Me aseguré de que estaba inconsciente y se lo quité.

-¡Llama al nueve-once! –grité. Araceli corrió a buscar el teléfono; nunca sabe dónde está.

Mientras ella daba carreras, busqué un rollo de teipe jeviduti y lo empecé a entizar como a un cochino. Le amarré bien las manos primero, y después le até las patas. Entonces, se las junté debajo de la barriga, y las amarré bien fuerte allí, pasándole el teipe tres o cuatro veces. Por si acaso, le enticé también la boca. Le hice un nudo bastante recio en la nuca. No quería que me fuera a morder; aquel energúmeno era capaz de cualquier cosa. Tiré el machete bien lejos. Era enorme.

-Manny, you’re hurt! –oí que Araceli gritaba entonces.

Era verdad. Tenía un tajazo en el hombro izquierdo. No era muy grande; la herida fue a sedal, pero la sangre me corría por el brazo y salpicaba el piso que daba gusto. Coño. Ni cuenta me había dado. Enseguida me empezó a doler.

-Ayúdame –le dije a Araceli entonces.

Entre los dos, movimos aquel bulto. Lo fuimos rodando poco a poco, como a una alfombra. Pesaba más que un matrimonio mal llevado, más que un muerto, pero conseguimos ponerlo al fin en medio de la salita y después nos sentamos en el sofá a mirarlo. Yo prendí un Marlboro; Araceli empezó a limpiarme la herida con un pañuelo.

-¡Casi te mata, joni! ¡Casi te mata! –decía ella, enjugándome la sangre, y sin quitarle la vista de encima al intruso- Who’s this ugly son of a bitch anyway?

-Nevermain –contesté.

Ella siguió curándome. Ahorita viene la policía, dijo.

-Siempre se demoran.

Me fijé en que no había cambiado mucho desde la última vez que lo vi, pintando con tiza en las aceras y pidiendo limosna cerca de la Ocho. Todavía tenía también la marca de aquella cuchillada en el cachete izquierdo. No se me olvidaba. Un pordiosero con ínfulas de artista callejero, pensé. Apestoso y arrogante. Mejor no lo hubiera conocido. Pero en esta vida sólo se puede elegir a los amigos; los enemigos te caen del cielo. Te buscan, te encuentran, cogen confianza, y si pueden, te envenenan o te vacían una pistola en medio del pecho cuando menos te lo esperas. Hay demasiada inquina y envidia en el mundo. Qué se va a hacer. Apagué el cigarro en el piso.

Araceli trajo después un pomo de alcohol y algodones. También un rollo de gasa enorme, suficiente para armar a una momia. Se arrodilló en el sofá, al lado mío. Me limpió la herida, le puso mercurocromo y la cubrió después con varias capas de gasa. La sangre había parado, pero ella se empeñó luego en ponerme el brazo en cabestrillo, como si se me hubiera partido un hueso o algo.

-¡Tate quieto! –me gritó cuando traté de quitármela de encima. Después, me dio un tortazo en la cabeza.

Las mujeres son así; siempre quieren sanarte a la fuerza. Si te rebelas, son capaces de matarte. Es absurdo. Así que me resigné. No paró hasta que me inmovilizó el brazo. Después, se quedó contemplando el cabestrillo blanco como si fuera una obra de arte.

-¿Tas contenta ahora, baby? –dígole.

-Qué salvaje eres –díceme- Estás vivo de milagro.

Tenía razón. Soy un salvaje; a veces una bestia. También estoy vivo de milagro; he pasado por muchos trances difíciles; allá y acá, en La Sagüesera. Pero de todas maneras me sentía demasiado indefenso con un brazo amarrado. Aquel singao estaba a punto de despertarse, y cuando lo hiciera, quería estar listo. Tenía el amansaguapo bien a mano, en el sofá. Lo acaricié.

-¿Tú sabes quién es este animal? –preguntó Araceli.

Lo pensé un poco.

-Ni idea –le dije al fin- Apaga el televisor, plis.

Ella fue a apagarlo enseguida. Mejor. No quería distraerme ni bajar la guardia. Tampoco discutir. Además, hacía un calor del coño de su madre. El aire estaba roto. Pero en eso, oí que Araceli gritaba: Look, Manny, he’s waking up!

Yo lo había visto pestañear ya. Trató de estirarse y enseguida agarré el bate, por si las moscas; pero no me hizo falta. Estaba tan bien amarrado, que sólo pudo forcejear un poco. Pujó, se revolcó, tratando separar los brazos y las patas. Hizo intento de levantarse varias veces, pero al fin se rindió, soltando unos gruñidos guturales y extraños, de pura impotencia: Uhh... Uhh... Parecía un foquin animal, por mi madre. Sus ojos nos miraron con un odio increíble. Echaban chispas, relámpagos.

-Are you sure que no lo conoces? –Araceli insistió. A la legua se notaba que no me creía. Ningún desconocido te puede mirar así, con tanto veneno gratuito.

-Ya te dije que no –respondí.

El empezó a gruñir otra vez: ¡Uhh... Uhh... Uhh...!

-¡Cállate, maricón! –le grité. Casi le vuelvo a sonar un batazo por la cabeza; no sé cómo me aguanté. Entonces, me paré y le di un puntapie por el culo. Después, otro por la barriga. Iba a centrarle uno por la misma boca, pero Araceli me sujetó. Manny, stop, suplicó.

A veces pierdo la paciencia, lo sé. Me cuesta trabajo contenerme, pero al fin lo hago. Es mejor. Así me he ahorrado muchas desgracias. No es bueno dejarse llevar por los impulsos. Uno puede acabar en la cárcel. Todos somos asesinos en potencia.

-Ay, Manny... –dijo Araceli, mirando el reloj.

Mientras tanto, él nos miraba y luchaba por zafarse. No se me olvida. Gruñía, pujaba, trataba de estirarse con esa fuerza extraordinaria, titánica que a veces despliegan los dementes: Uhh... Uhh... En eso, llegó la policía.

Se aparecieron con gran estrépito, con el farolito rojiazul dando vueltas y la sirena aullando. Fueron a parquear casi en la puerta. Un poco más y aterrizan en la salita. Siempre pasa igual. Todo el vecindario se alborotó. Seguro creyeron que venían a prenderme a mí.

-Pase, oficial -dije.

Eran dos. Un gordito y un gringo calvo, colorado, medio tiempo, con bigote; los dos con las manos en las cartucheras abiertas. El gringo recogió el machete con un pañuelo, muy profesional. Enseguida que me vio el brazo, preguntó: Are you alright?

            No había mucho que decir. Les contamos lo que había pasado; Araceli se puso a llorar y agregó sus pinceladas. El gordito avanzó entonces por la sala, apuntando con su pistola al energúmeno, que ahora forcejeaba más que nunca, retorciéndose sobre el piso. Sus ojos se movían señalándome, coléricos, mientras no paraba de gruñir, como loco: Uhh... Uhh...

-Careful... –advirtió el gringo, apuntándole también con su pistola.

El gordito se acercó lo suficiente y lo viró boca arriba de un puntapié.

-¿Conocido suyo? –me preguntó. Le dije que no.

-Pues yo sí lo conozco –contestó él- Es mala noticia. Siempre anda jangueando por el barrio, pidiendo dinero, metiéndose en los baños, buscando droga y dando masajitos en los cojones.

Como vio que Araceli se puso colorada, pidió disculpas enseguida. Tengo la boca muy sucia, sorry, explicó. Ella se abrazó a mí, escondiendo los ojos en mi pecho. Por suerte, ya se le habían pasado los nervios. O la mayoría de ellos, por lo menos.

-Wanna press charges? –preguntó el gringo entonces.

-Na –contesté.

 Se lo llevaron colgado entonces de un tubo grande de aluminio que me quedaba de un trabajito que había hecho por Westchester. Pensé que se iba a doblar, pero no; aguantó el peso de aquel singao. No era mucho; el tipo estaba raquítico. Parecía un animal que se lo llevaran directo al matadero, furioso. Gruñía, se retorcía, ponía los ojos en blanco. Uhhh... Uhhh... Los policías se reían de lo lindo.

-¿Sabes qué? –me dijo Araceli cuando nos quedamos solos.

-¿El qué? –dígole.

Estaba en la cocinita poniendo los platos en la dishguache. No se me olvida. Ella es así; primero se queda callada y después te lo dice todo rayagüey. Es demasiado franca; eso me gusta.

-Tú lo conoces, Manny –dijo al fin. Se quedó mirándome, esperando una explicación. Así que se lo conté. ¿Para qué guardarle secretos?

-Mira –le dije- Lo único que ese maricón no me perdona es que una vez le salvé la vida.

-¿¿Seyguá?? –exclamó ella. Vino corriendo hasta donde yo estaba, con los ojos abiertos como platos: You should have killed that bastard!, gritó. No le hice caso.

-Una noche me lo encontré en el baño del Inca –seguí contando- Tres negros lo tenían encuadrillado, con un cuchillo metido en la cara. Se lo iban a jamar; seguro se lo buscó. Yo intervine. Me costó una peleíta, pero al fin lo dejaron.

-Tremendo comemierda que eres, Manny. ¡Eres un foquin comemierda! –dijo Araceli, furiosa. Ni me miraba ya.

-Lo sé –respondí- Después de eso, se dedicó a rondarme, a vigilar mis pasos. Amenazaba a mis clientes; hablaba mierda de mí en todas partes. Decía que yo le había metido el cuchillo en la cara. Imagínate. Un día lo vi haciendo dibujos en las aceras y pensé que se había cansado, pero ya ves.

-Casi te mata –dijo ella- ¿Por qué no aprovechaste?

Me encogí de hombros.

-Ese lo único que me puede matar son las ganas de singar –contesté- Además, a todos nos toca morirnos algún día.

Araceli me echó una mirada fulminante.

Pero era verdad. ¿Para qué acelerar lo inevitable? Tiempo después, alguien vino a contarme que se estaba muriendo. No me acuerdo quién fue. Un amigo, un cliente, un pariente, qué sé yo. Alguien que nos conocía, en todo caso. A la gente le gusta chismear.
Se estaba muriendo de una enfermedad extraña, desconocida, mala, me dijo con mucho misterio. De esas que entran por el culo, se esparcen por la sangre y te matan todas las defensas. Te consumes y te pones como un cadáver, aun antes de estirar la pata. No hay cura ni vacuna. Te vas en medio de diarreas, vómitos y retorcijones horribles. No me puse triste, pero tampoco me alegré. La muerte hay que respetarla. Cada cual tiene la que se merece.

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