Wednesday, August 8, 2012

Crónicas de los años duros

    Yo no hacía nada en esa época. Dejé los estudios. No trabajaba. Me emborrachaba a menudo. Algunos decían que iba a acabar mal. Yo no les hacía caso. Y hacía bien. Una de todas esas tardes ociosas, en 1967, se me ocurrió irle a hacer una visita a mi amigo Pépel Loco.

   ¿Pépel Loco? Qué van a saber ustedes quién era Pépel Loco. Si son de la Generación Y y se criaron jurando cada mañana que serían como el Ché Guevara no pueden tener idea de nada, y mucho menos de ese personaje. Bueno, a lo mejor saben la hora del día y escribir un mensajito en Twitter, tomar una foto digital y mandarla por celular, pero poco más.

Jesús Díaz

   Pépel Loco no era otro que José Hernández Artigas, un guionista de cine, escritor borracho y masturbador empedernido que mi generación conoció y en algunos casos admiró. A mí no me cuenten entre esos últimos. Le tenía aprecio a Pepe, pero lo que escribía me parecía una mierda. Eso sí, era un buen compañero de borracheras si sabías despedirte de él a tiempo. Y eso cuenta.

   Aquella tarde me fui hasta el apartamento de Pepe, en un edificio alto de la calle San Lázaro, cerca de la antigua Casa de Beneficencia. Para variar, me lo encontré vestido de limpio, con unas chancletas que se había conseguido y la enorme pipa tipo Sherlock Holmes que siempre llevaba a cuestas, encendida y echando humo. Tenía una botellita de aguardiente Cazalla al lado, oyendo la conversación.

   -¿Qué volá, Pepe? ¿Adónde vamos? –le dije.

   -A pedirle al hijeputa de Jesús Díaz que me devuelva mi libro.

   ¿Jesús Díaz? El nombre y el apellido eran tan comunes que de repente no le entendí, pero casi en seguida me di cuenta, sobre todo por lo de hijeputa. Pepe había terminado de escribir poco antes un novelón de casi 600 páginas, titulado Parí mañana o algo así. Había hecho varias copias y las había distribuido meticulosamente en La Habana, para recabar opiniones, según él. Que recuerde, se la había dado a Guillén, a Eliseo Diego, a Luis Trápaga y a Jesús Díaz, entre otros. A mí me pareció una soberana pérdida de tiempo.

   Díaz, por cierto, era por esa época el árbitro oficial de la literatura cubana. Se había ganado el Premio Casa el año antes con un librito anémico, Los años duros, del que en algún momento les diré quién realmente lo escribió. Hay un montón de cosas que ustedes no saben de él, ni siquiera su hijo las sabe, pero se van a enterar por mí, leyendo esta novelita por entregas.

   El hecho es que con ese galardón bajo el brazo y la bendición del poder comunista corrió a fundar la revista El Caimán Barbudo, para contraponerla a las clausuradas Ediciones El Puente. De paso, agredió a los de El Puente en una entrevista, llamándoles “negativos y disolutos”, y sabiendo de sobra que no se podrían defender de sus cobardes infamias. También era cátedra de marxismo en la Universidad de La Habana, y por cierto, también tremendo chivatón certificado.

   A Pepe, el pobre, se le había ocurrido que darle a Díaz una copia de su novela era una especie de desafío al establishment cultural. Pero pasados varios meses, todos los demás le habían devuelto el libro, menos Díaz. Eliseo le había dicho que era un libro “profano”, Guillén que “solo en 30 años podría publicarse algo así en Cuba” y Luis Trápaga lo definió lapidariamente como “cojonudo”. Pero Díaz no había dicho esta boca es mía, y además rehuía devolverle la copia que tanto trabajo le había costado hacer a Pepe, mecanografiando día y noche.

   -Me va a tener que decir en la cara lo que piensa el muy maricón, Manolito –afirmó Pepe, sonándose un cañangazo de Cazalla- Me va a tener que decir y después darme el libro, que no es suyo. Si no, vamos a ver a cómo tocamos.

   Parece que alguien, el pintor Manolo Vidal o alguien semejante, le había dicho a Pepe que esa noche Jesús Díaz iba a estar en una fiestecita que iban a dar en el local del periódico Juventud Rebelde, en el edificio del antiguo Diario La Marina, frente al Capitolio, y Pepe lo quería confrontar allí mismo, frente a toda su gente. Lo noté algo beligerante y ya medio borrachín, pero no me pude negar a acompañarle.

   -Quiero que me sirvas de padrino, por si acaso –me pidió Pepe- ¿Quién sabe lo que puede pasar?

   Bueno, yo en aquel entonces era flaco como un güin y ni medio piñazo de cualquiera, pero tenía unas ganas tremendas de darle un trancazo a Díaz, sobre todo después de sus infamias contra El Puente, y además, porque me caía mal. Le había dicho al escritor mexicano Carlos Monsiváis que yo era "un tipo raro", y esas cosas, aunque sean verdad, no se deben decir.

  Se me ocurrió, pues, que sería un buen momento para pillarle en estado de embriaguez y partirle las patas a aquel singao o romperle una botella, preferiblemente de ron, en la cabeza. No lo pensé dos veces. Le dije a Pepe que sí y en cuestión de minutos íbamos camino de aquella fiesta. ¡Ay, qué ganas de armar bronca llevaba yo!

(HABRA MAS, ESPERENLO PRONTO)

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