Friday, August 10, 2012

Crónicas de los años duros

Todos estaban en la fiesta. Quiero decir, todos los camajanes, sicofantes, poetastros, oportunistas y delatores de que había conseguido rodearse para ese entonces el presunto autor de Los años duros. Podría citar a algunos de ellos, incluso los hay que andan ahora pavoneándose por el exilio, después de hacerse pasar por disidentes en Cuba.

Pero a los primeros que vi esa noche en la terraza del Juventud Rebelde, riéndole las gracias a Jesús Díaz, fueron Víctor Catasú y Luis Rogelio Nogueras, a quien llamaban Wichy El Pelirrojo. Catasú, igual que el pelirrojo, se las daba de niño lindo y castigador de mujeres, cuando lo único que era (y supongo que sigue siendo) era un mulato acomplejado y un marica de clóset muy hondo, como el propio Nogueras. Era punto fijo de los baños del hotel Saratoga.

Nogueras

A Nogueras recuerdo haberlo visto en calzoncillos y sin camisa en la cama de José Mario, una tarde de 1964, cuando aspiraba a publicar un librito con El Puente, parece que a cambio de anémicos favores sexuales. Después, resucitó con El Caimán Barbudo, ese engendro panfletario inventado por Díaz para mantener bajo control comunista a los escritores jóvenes. ¿Quién sabe lo que tuvo que dar para meterse ahí, el pobrecito?

Por eso, para nada me sorprendió que en los 80 Nogueras se convirtiera en una de las primeras víctimas del sida en Cuba. Había ocultado bien su mariconería durante años, echándose al pico a un montón de chiquitas universitarias con ínfulas de escritoras para reafirmar una imagen de macho, pero llevaba en su alma la bayamesa y esto le resultó fatal a la postre. Dijeron que murió de cáncer, pero yo sé que murió de amor.


El caso es que en cuanto entramos, Pépel Loco y yo llamamos la atención de Jesús Díaz, que a todas luces se puso en guardia, medio nervioso él, y enseguida dio aviso, de guilletén, a Nogueras y Catasú. A partir de ese momento, los dos apapipios no se le despegaron. Parece que se había dado cuenta de que con nosotros no había arreglo. Los necesitaba de parapetos humanos.

Catasú
Pepe no perdió tiempo. Reactivó la candela de su pipa y se encaminó derechito adonde Díaz y los otros dos truhanes fingían llevar una conversación inocua. Yo, más práctico, me dirigí a la mesa de los féferes, donde había rollitos de jamón, empanadas de carne y otras golosinas. Tremenda comidita, considerando la época. No sé qué estarían celebrando. Un aniversario, seguramente.

Así que piqué algo –par de rollitos de jamón y una empanada- y luego pedí una cerveza. En eso, miré alrededor y vi al flaco Félix Contreras en una mesa. Para variar, me llevaba bien con él, aunque oficialmente era de la gente del Caimán. El era más viejo, de otra generación, de un origen muy pobre; también un infeliz escuálido y con deformaciones físicas en el pecho. Bebía como un cosaco, el pobre.

Félix me invitó a sentarme con él. Ya estaba borracho a esa hora. Yo no quería perder de vista a Pepe, que ya estaba hablando con Díaz y manoteando, pero Félix insistió. Como toda persona ebria, tenía algo que contarme que no podía esperar. De todas formas, desde aquella mesa podía ver bien todo lo que pasaba entre Pepe, Jesús, Nogueras y Catasú. Hasta podía oír parte de lo que se decían a veces.


-¿Y qué, campeón? –le dije a Félix.

-Aquí me ves, flaco –dijo él. (Era la época en que todavía me llamaban flaco).

-Te veo con tremenda cara de mierda –repuse. Me imaginaba que era por una mujer, pero no le quise preguntar. El siempre tenía problemas con una mujer, generalmente con una mujer que no le hacía caso.

-Tú no sabes nada, Manolito –dijo él.

-Ilústrame –contesté.

-No hay justicia en el mundo.

-Qué va a haber. Por eso es mundo –respondí.

-¿Tú sabes lo que es trabajar para el inglés?


-Imposible. En Cuba le cortamos las manos al imperialismo.


-No es ese inglés –me explicó Félix entonces.


-Ah…

Enseguida me habló amargamente del favor que le había hecho a Jesús Díaz sin saberlo, y que ahora lamentaba mucho.

Un par de años antes, Félix le había dado a leer a Jesús un cuento. No era ni bueno, ni malo, una especie de sátira en que un burócrata de poca monta finge tener un problema familiar para escapar del corte de caña y pasarla en grande con su mujer. "¡Le voy a echar cinco! ¡Le voy a echar cinco!", gritaba el personaje en algún momento. Un relato gracioso, pero nada más. Poco antes del Concurso Casa de las Américas de 1966, Jesús Díaz había acudido a él con mucho misterio para pedírselo.

Félix había creído que era para publicarlo y Jesús se lo dio a entender de esa manera oblicua conque se engaña sin mentir. Pero meses después, y para su gran sorpresa, el cuento se publicó, pero como parte del libro Los años duros, ganador del Premio Casa de cuentos ese año. Indignado, Félix corrió a confrontar al flamante galardonado, le amenazó con desenmascararlo, pero éste logró convencerle de que dejara a un lado el asunto, porque “lo más importante es lo que he conquistado para nosotros con este premio”, le dijo.

Y así, se perpetuó la farsa.

-Qué mierda, bicho –fue lo que se me ocurrió decirle. Iba a decir más, cuando me di cuenta que la plática de Pepe con el ilustre plagiario se había vuelto aparentemente muy agitada. Se manoteaba más de la cuenta y en cualquier momento sonaba el primer tortazo, pensé.

Enseguida, me excusé con Félix, me eché de un buche la cerveza que restaba y caminé con la botella vacía en la mano hasta donde estaban ellos.

-¡Por mi pinga te vas a quedar con el libro! –rugía Pepe en ese momento, encimándose sobre Jesús Díaz, que reculaba, nervioso, tratando de buscar a su alrededor algo que pudiera convertir en arma. Al parecer, no confiaba en sus puños.

-¡Se me perdió, se me perdió! –gritaba, tratando del calmar a Pépel Loco, que en cuanto bebía un par de líneas de ron se ponía hecho un energúmeno.

Por alguna razón, y al igual que Pepe, yo no le creía. Eso mismo fue lo que me hizo intervenir, creo. Eso, y los gestos y miradas que vi cruzar entre el plagiario Díaz y sus dos eunucos guardaespaldas.

-¿Qué cojones es lo que está pasando aquí? –me oí decir. Yo no solía ser tan mal hablado, ni tampoco tan guapetón, pero la botella que traía en la mano me envalentonó, creo. También el odio enorme que sentía por toda aquella gentuza. Tenía ganas de rompérsela en la cabeza a alguien.

Justo entonces, se escuchó el chillido de aquella putanga.

-¡Cuidado, Jesús! ¡Tiene una botella, te quiere darrrrrrr!

Era Elsa, una de las mujerzuelas que componían el círculo estrecho del Caimán. Se las pasaban unos a otros tantas veces, a cambio de puestecitos en el periódico, que no sé cómo no contraían una enfermedad. Había otra, llamada Mayra o algo así, que tenía buenas piernas y labios de mamalona, pero era igual de promiscua y asquerosa. Enseguida vino corriendo a mirar.

-¡Pinga aquí, putas de mierda! –grité, rompiendo la botella de cerveza vacía en un muro que tenía cerca.


-¡Es una bestia! ¡Mírenle los ojos! –chilló Mayra, antes de echar a correr.

Nogueras y Catasú aferraron entonces a Pepe por los brazos, a la manera de los gángsters, para que Jesús le cayera a puñetazos a mi amigo indefenso; pero no les dejé.


-¡Anda liviano, que te voy picar la carita de jeba esa que tienes, maricón! –rugí, abalanzándome sobre Jesús, justo cuando iba a empezar a pegarle a Pepe en la barriga.

Jesús se viró.

-Mira, flaco… –empezó decir.

No le dejé terminar. De un brinco, me puse al lado de Catasú, lo abraqué y le pegué con fuerza los bordes afilados de la botella rota al borde mismo de los cojones, debajo de la portañuela.

-¡Un paso más y capo a este singao! –grité. Sentí al muy maricón encogerse instintivamente.

Se había formado ya grupetaje alrededor nuestro. Mujeres, hombres, hasta el borracho Félix, el miliciano de guardia, con los ojos abiertos como un plato. Todos nos miraban. En cualquier momento llegaba la justicia.

El plagiario lo pensó bien un momento.

-Suéltenlo –dijo al fin. Sus secuaces le obedecieron desganadamente y yo dejé ir a Catasú, pero me quedé en guardia, apuntándole con la botella y listo para clavársela en los intestinos si nada más me daba una oportunidad.

Pepe estaba, como era de esperar, agitado, sudoroso y cubierto, de arriba abajo, de picadura de tabaco. Una de las chancletas colgaba de uno de sus pies, a punto de caerse. Tenía la mirada extraviada. El alcohol ya había hecho su efecto en él.

-Pepe –le dije entonces- Este hijeputa no te va a dar tu libro. Parece que le gustó. Vámonos.

-Vámonos, bicho –contestó él- Aquí no hay nada que hacer.

Y nos fuimos.

Yo nunca le hubiera aconsejado ir a buscar aquel libro, que siempre me pareció tan malo, pero Pépel Loco era muy testarudo. Parece que le resultaba difícil desprenderse de un libro que le había costado tanto trabajo mecanografiar y armar. Lo recuerdo muy bien todavía: tapas de cartón gris, hojas amarillentas mecanografiadas a un espacio, las enormes presillas. ¿Pero por qué iba Jesús Díaz a querer apropiarse de aquel mamotreto? No era ni siquiera el tipo de literatura que le hubiera gustado plagiar en esa época. No podía imaginarme.

Pero lo supe mucho después.

Fue en agosto de 1973, a los pocos días de haber sido secuestrado por agentes de la Seguridad del Estado. Me hallaba en un frío cuartico de interrogatorios de Villa Marista cuando mi vista tropezó con el manuscrito que creía perdido para siempre. ¿Sería posible? Estaba allí, con sus tapas grises, en medio de la mesa que me separaba del interrogador. El título, escrito a mano en la portada: Parí mañana.

-¿Sabes lo que es eso? –me preguntó el teniente, sonriendo burlonamente.

Yo me hice el bobo. No contesté.

-Es la novelita contrarrevolucionaria de tu amigo Pépel Loco –dijo él entonces- A nosotros nos llega todo, Manolito. Todo. ¿Y sabes quién nos lo trae?

Ni me lo tenía que decir, pero me lo dijo.

2 comments:

  1. Que horror!!!dan asco. Y pensar que esa es la Cuba que quieren salvar. Para que?

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  2. Observe en una generacion posterior los mismos "sucesos" en el pseudo mundillo literario "cubanense" Si algo me asqueo fue ese ambiente pseudointelectual de rivalidades y demas asquerosidades. Estos posts son dignos de ser publicados como libro, al igual que el relato de lo que le sucedio a su esposa con la agresiva de la Granados.

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