Thursday, August 30, 2012

Dichosos los ojos

Este relato forma parte del libro de cuentos 'Malas lenguas', todavía en progreso.


       Se lo presentaron ahora. Apenas una hora después estaba suplicándole que lo sacara de aquella fiesta, donde su vida –según él– peligraba. Se lo dijo en un crispado hilo de voz, conduciéndolo a un rincón de la casa y aferrándole un brazo con discreta tenacidad. Sus labios temblaban; sudaba también visiblemente. Miraba hacia todas partes. Era conmovedor. De modo que lo escabulló aprisa, tapado con una manta, en el asiento trasero de su automóvil. Antes, el prófugo había desaparecido dentro del carro como una sombra borrosa, sin que nadie se percatara de su salida precipitada, ni siquiera el dueño de la casa. Supuso en ese momento que aquel infeliz huía de sicarios implacables, capaces de darles caza y liquidarlos a ambos si no andaban con cuidado. De otra manera, ¿cómo explicar su tono de urgencia y sus modales implorantes?

Sin pensarlo más, echó mano del revólver que siempre llevaba en la guantera para protegerse de los asaltantes y después de colocárselo con disimulo en el regazo, condujo el auto aceleradamente, dando rodeos por las callejuelas de aquel vecindario elegante hasta alejarse lo más posible y borrar toda pista de ellos. Se le antojó lo más prudente.

Habían avanzado bastante, a saludable distancia de la casona de Coral Gables donde habían estado de juerga aquella noche, cuando le avisó al escapado que podía salir de su escondite. Le vio asomar entonces la cabeza, poco a poco, como si todavía no se creyera del todo a salvo, hasta que al fin, percatándose de que transitaban por un tramo más bien anodino de la Calle Ocho, plagado de hoteluchos, bares de mala muerte y talleres de chapistería, se enderezó en el asiento y sonrió desganadamente.

–Le debo la vida, señor Villegas –dijo, ajustándose unas enormes gafas de sol.

–Ballagas –le corrigió.

–Es verdad, disculpe –repuso él– La poesía de su padre significó mucho para mí.

–Gracias. ¿Adónde lo puedo llevar ahora? –preguntó, después de cerciorarse de que ningún automóvil sospechoso asomaba en la lunita del espejo retrovisor.

–Usted sabrá –contestó el desertor.

–¿Yo? –preguntó él, azorado.

– Todo esto me toma de sorpresa.

–A mí todavía más.

–Yo no iba a dar el salto hoy, se lo juro –confesó el huido.

–¿Y qué quiere hacer entonces?

–No le puedo decir. Fue un pronto, no sabría explicarle.

–Qué cosa...

–Lo vi a usted, alguien me dijo que es periodista.

–Soy crítico de restaurantes, nada más –repuso él.

–Aun así, crítico –dijo el prófugo– Usted debe conocer gente importante.

–No crea. Tengo pocos amigos. Y mucho menos importantes.

–Son más de los que yo tengo.

–Así no se pide asilo.

–Ayúdeme... –suplicó el prófugo.

–¿Lo esperan en alguna parte? –preguntó él.

–No me atreví a hacer contactos, es peligroso  –contestó el huido– Estoy parando en casa de un primo. No me inspira mucha confianza, no sé por qué. No hace más que dormir. Dormir y trabajar, señor Videla.

–Ballagas.

–Disculpe, no lo pensé.

–No todo se puede pensar –repuso el otro.

El prófugo guardó silencio un instante. Después, exclamó de repente, casi en un grito desgarrador:

–¡Ay, mi madre! ¿Quién me mandó a hacer esto, coño?

Luego, elevó sus ojos implorantes al techo del carro, como si allí habitase Dios y el mismo Dios se negara a escuchar desde allí sus lamentos.

–Tranquilícese –le dijo el otro.

–Usted no tiene idea, señor Vallejo.

–Ballagas –le corrigió otra vez.

–Disculpe, no sé lo que digo. ¡Me van a matar!

–¿Por qué? Todos los días se queda alguien.

–A mí no me lo van a perdonar.

–Claro que sí, hombre.

–No me lo perdonan jamás.

–No les importa, ya verá.

–Si usted supiera...

–¿Qué tengo que saber?

–Mejor no hablar de eso.

–Pruebe.

–Me da miedo. ¿Para qué complicarle la vida?

–Entonces, si es tan serio, ha de haber algún sitio adonde acudir, una agencia del gobierno, una institución, incluso la policía... –le sugirió.

–Por ahora creo que no hay lugar seguro para mí –sentenció el prófugo.

–¿Ah sí? –dijo el otro.

–Es que traigo algo.

–No me diga.

–Algo importante.

–¿Y qué es? ¿Me puede decir?

–No puedo, ojalá, señor Becerra –contestó el huido.

–Ballagas.

–Ballagas, verdad –se corrigió– Qué Becerra ni becerro. He leído muchísimo a su padre. Por eso lamento tanto el peligro que le estoy haciendo correr.

–¿A mí? –preguntó el otro, lleno de asombro.

Por alguna razón, le empezaba a costar trabajo suponer que aquel personaje pudiese estar en peligro alguno, y mucho menos ponerle en peligro a él. La mera noción de que en aquella pendeja ciudad no hubiera santuario adecuado para alguien como él –un funcionario cultural de poca monta en plan de visita personal al extranjero– se le antojaba, además, ridícula. Como si todos no trajeran siempre consigo algo al escapar de aquel infierno: una foto, un libro, un mapa, al menos un recado… “¿Quién se cree éste?”, pensó, mirándole de reojo. “¿Un bailarín ruso? ¿Un espía venido del frío? ¿Acaso un físico nuclear persa? Por favor”.

Pero  justo cuando estaba a punto de concluir que su protegido era un total impostor, le vio palidecer de manera bastante genuina. Fue como si el prófugo hubiera cruzado súbitas miradas con el demonio en persona. Se hundió de golpe en el asiento, se cubrió otra vez con la manta y pidió al otro que acelerara.

–¡Avance y no mire para los lados, por Dios! –chilló desde su precario escondrijo.

El hombre a quien por error había llamado antes Villegas, Videla, Vallejo y Becerra obedeció sin chistar. Pensó que el desertor podría estar en verdadero peligro, después de todo. Por unos minutos, condujo aprisa, con la vista clavada en el camino, sin pronunciar media palabra, moviéndose de una senda a otra, como táctica de evasión, a la espera de nuevas instrucciones. Lo había visto hacer en una película. Pero el huido no habló.

–¿Pasó algo? –preguntó al fin, volviéndose y aflojando la marcha.

–¿Usted no lo vio? –repuso el desertor. Para entonces, se había quitado la manta de encima, y vuelto hacia el cristal trasero, no cesaba de otear el amasijo de autos, camiones y camionetas que iban dejando atrás.

–Era uno de ellos, estoy seguro –dijo.

–Pues yo no lo vi –repuso él.

–Yo, sí –insistió el prófugo– Saben esconderse bien, pero no se me despintan. Ya me están siguiendo, carajo.

–¿Pero por qué?

–Traigo algo, ya se lo dije.

–Tonterías.

–Un documento, señor Villaverde.

El otro estuvo a punto de corregirle, pero no lo hizo.

–Qué documento ni qué documento –fue lo que dijo por fin– Su único problema ahora es buscarse un buen trabajo. Olvídese de lo demás. Aquí hay que pagar muchos biles.

–¿Muchos qué? –preguntó el prófugo.

–Biles, cuentas –dijo el otro– También tiene que aprender inglés, por cierto.

El desertor agitó la cabeza con aire pesimista y después dijo:

–Esto no va a ser tan fácil como yo pensaba, señor Valladares.

El hombre llamado correctamente Ballagas tampoco le advirtió esta vez de su leve error. Aceleró un poco y colocó el carro en la senda derecha. No tenía idea de lo que iba a hacer, ni de adónde iba, de modo que siguió manejando en silencio.

–¿No me cree, verdad? –preguntó el fugitivo al cabo de un rato.

Se quedó esperando a que el otro contestara, pero como éste no lo hizo, cabeceó un poco, pensativamente; se quitó entonces las gafas de sol, miró distraídamente por las ventanillas del auto y después continuó hablando.

–Es comprensible –dijo– Usted ya ni sabe por qué está aquí. Vino de niño seguramente. Me parece verlo. Muy cómodo, con su papá y su mamá, y un maletín lleno de dinero. Sin que nadie le pisara los talones ni le siguiera los pasos. Sin peligro, sin historia. Yo, no. Yo soy un exagerado, un paranoico. O mejor: un farsante. Alguien que sobredimensiona su importancia, quién sabe con qué intención barata, posmoderna. Nadie me querría perseguir ni matar porque soy un ser completamente insignificante y valgo muy poco en el contexto de esta otredad, en el espacio de la poscatricidad. ¿No es así, señor Villena?

El tal Ballagas no respondió. Miró de soslayo al huido, pero no se le ocurrió qué decir. Aquello no tenía remedio, por lo visto; lo del apellido, sobre todo. Pero el prófugo interpretó la oblicua miradita de su protector como un gesto de desdén, incluso de reproche silencioso, y casi enseguida se irguió en su asiento con ánimo más o menos desafiante.

–Déjeme aquí, por favor –dijo súbitamente, abarcando toda la calle con un gesto. Aquí mismo, insistió, al ver que el hombre llamado correctamente Ballagas no le obedeció enseguida.

El otro no sabía qué hacer. Estaban en una de las peores zonas de un vecindario de muy mala fama. Hacía años que no se atrevía siquiera a pasar por allí, mucho menos estacionarse. Todos los días había noticias de un robo, un tiroteo, un asalto, un muerto…

–¿Está seguro? –preguntó al prófugo. Aminoró la marcha y dejó deslizarse el auto hasta el borde de una acera, cerca de un chopincito medio vacío que había por allí. No apagó el motor, por si las moscas. La delincuencia está aquí que da al pecho, dijo después.

El desertor salió del auto, cerró de un portazo y fue a acodarse a la ventanilla del chofer.

–No me hable de peligro –dijo– Yo sé vivir con él y cuidarme muy bien, por si no se ha dado cuenta. Lo único que lamento es haberle aguado su fiestecita.

–De ninguna manera… –empezó a decir el tal Ballagas, pero el prófugo le interrumpió.

–Acuérdese –le dijo antes de volverse y echar a andar calle abajo– El que ríe último, ríe mejor, señor Villagra.

 

  
          Muchas veces, al cabo del tiempo, al colocarse aquellas enormes gafas de sol que encontró abandonadas por el desertor en la parte trasera del carro, o al tropezarse con ellas mientras buscaba algo en una gaveta, se había sorprendido haciendo las más raras conjeturas sobre su paradero.

¿Habría hallado abrigo, al fin, bajo el ala protectora de cualquier alma buena, o simplemente posada temporal en casa de su laborioso primo? En vista de los años que habían transcurrido sin que asomara la nariz, ni siquiera en la televisión o en los periódicos locales, tan dados a magnificar fugas semejantes, ¿debía acaso suponer que el huido había sucumbido a los fantasmagóricos sicarios que le acechaban y perseguían sin tregua? De sólo pensarlo, le entraba una honda sensación de culpa y desasosiego. ¿Y qué del dichoso documento? ¿Habría logrado negociarlo a buen precio con gente de las academias o el gobierno? ¿Habría alcanzado, en fin, el triunfo de la última carcajada? Las interrogantes eran demasiadas y el hombre llamado correctamente Ballagas llegó a concluir, no sin cierta razón, que jamás volvería a ver a aquel petulante señor que no acertaba decir bien su apellido. Se le antojó lo mejor, y al no tener en tanto tiempo noticia alguna de él –buena o mala– llegó a desentenderse por completo de su suerte y, sobre todo, olvidarle.

Sucede, empero, que una de esas tardes, mientras empuja el carrito de las compras en un Sedano’s donde se anuncia por un altavoz que los mameyes y aguacates están en espéchal, divisa de pronto, entre bolsas de frijoles Goya y desparramadas lomitas de papas, malangas y pimientos colorados, un espectáculo verdaderamente singular. Algo así como el entramado de torres, murallas, aleros, almenas y puentes levadizos de una fortaleza antigua en miniatura, derramada de lo alto a lo bajo sobre una especie de colina de cajas de verduras, con un altivo torreón, igual de pequeño, en un costado. El efecto es tal, que se detiene a observar atentamente la estructura, y sólo entonces se percata de que la llamativa armazón no es otra cosa que un despliegue equilibrado –y también muy frágil– de laticas de jugos de mango, coco, melón, guayaba y papaya, dispuestas, unas sobre otras, de una manera tan deliberada, que la marca del producto, en letras rojas y amarillas, resulta visible desde cualquier ángulo que se mire.

“¡Caramba!”, exclama para sí, dando vueltas despacito en torno al montaje que ocupa todo un rincón de la tienda. Las  murallas dispuestas en forma de caracol le van saliendo al paso a medida que se acerca, ocultando de su mirada el patio interior de aquella obra maestra de la ingeniería. Contempla, deteniéndose luego, la graciosa representación de merlones, chapiteles, adarves y troneras, y permanece un rato extasiado ante la pared de latas que casi alcanza su estatura, rozando la punta misma de su nariz curiosa; tan absorto, que no logra percatarse a tiempo de la sombra que ha asomado un poquito por el borde y que después emerge súbitamente entre el laterío, revelándose de golpe, como uno de esos muñecones que salen disparados de una caja de sorpresas.

Pega entonces un grito horripilante y recula, huyendo de la figura borrosa. Resbala y cae de nalgas, dando sin querer contra las latas, al pie de las murallas que comienzan a derrumbarse con estrépito, latica a latica, en una cruel cámara lenta. Sólo entonces atina a intentar levantarse, gateando en el pequeño mar de cilindros metálicos y apoyándose inútilmente en sus rodillas. Mira en torno, a la espera de auxilio, pero sólo tropieza con las miradas burlonas de otros marchantes que, al verle, esquivan las latas y fingen ignorar la mano que él les tiende desde su ridícula indefensión. “Señor, por favor”, se oye clamar lastimeramente. Y es entonces, justo cuando se cree perdido sin remedio, que una mano providencial acude a rescatarle. Se yergue levemente para alcanzarla, y la otra aferra la suya enseguida, desde encima, con una discreta tenacidad que de repente –no sabe por qué– al tal Ballagas se le antoja demasiado familiar, como la voz que escucha entonces, espantado.

–¡Señor Villalba! ¡Dichosos los ojos! –exclama el empleado uniformado, riéndose de lo lindo mientras le ayuda a ponerse de pie.

No comments:

Post a Comment