Tuesday, September 4, 2012

¡A puñetazo limpio con ellos!


De todas las antiguas costumbres cubanas que algunos nostálgicos proponen rescatar hay una sola que me gustaría ver reinstaurada en una Cuba libre y soberana. No costaría un centavo –como sería mantener el ballet de Alicia Alonso- pero sería de un valor terapéutico incalculable. Me refiero al hábito de enredarse a patadas y puñetazos que tenían algunos talentosos escritores y artistas cubanos de cierta época.
Serpa

No hablemos de la célebre bronca entre José Lezama Lima y Virgilio Piñera, cerca de los jardines del Lyceum. Ahí esos dos se dieron un par de aletazos. Es decir, el Gordo se los dio a Virgilio, pero más nada. La sangre no llegó al río… ni a la acera, para ser más precisos. Hablemos, mejor, de las eternas golpizas anunciadas del novelista Enrique Serpa por su tocayo el cuentista Enrique Labrador Ruiz, y del dramaturgo Virgilio Piñera por el pintor y escultor Agustín Fernández.

Dije “golpizas anunciadas” y no exageré ni divagué. La pura verdad es que Labrador se lo advirtió bien claro a Serpa en cierto momento: donde quiera que se lo encontrara, en La Habana o el interior de la república, el autor de La Trampa debería estar dispuesto a defenderse, porque Labrador lo iba a moler a puñetazos sin más aviso. ¿La razón? Nadie ha sabido contármelo exactamente. Ha de haber sido alguno de esos agravios que se dan entre literatos, y que por lo menos Labrador no estaba dispuesto a perdonar bajo ningún concepto.
Labrador Ruiz

Y así, en cualquier lugar y a cualquier hora del día o de la noche, así estuviese solo, en compañía de amigos o con miembros de su familia; así estuviese en público o más o menos en privado. Si Labrador le avistaba, allá iba corriendo el cuentista para emprenderla a puñetazos, golpes y patadas con Serpa. Este último, menos dado a las broncas, casi siempre llevaba las de perder, y regresaba a su casa mal parado.

Este trato, que algunos considerarían cruel, se mantuvo hasta que Serpa falleció en La Habana, en 1968. Alguien me contó, quizás exagerando, que Labrador Ruiz acudió al sepelio de Serpa, no fuera que el occiso diera alguna muestra de vida, para arrojársele encima, como había hecho todos esos años, antes y después de la revolución castrista. Al parecer, el diferendo entre ambos nada tenía que ver con la política.
Piñera

La otra fajazón anunciada y perenne era entre el artista plástico Agustín Fernández y el teatrista Virgilio Piñera. Este último, como se sabe, era lenguaraz y no perdonaba falta ajena alguna, sobre todo en sus escritos vitriólicos contra todo lo que se le antojaba demasiado convencional o simplemente no le gustaba.

Al parecer, Piñera había cubierto de injurias al poeta y periodista Gastón Baquero en una carta, sólo porque éste había ganado el Premio Justo de Lara (una especie de Pulitzer periodístico cubano) y porque el diario Información le había convertido en uno de sus columnistas fijos. Fernández, amigo personal de Baquero, increpó a Piñera por esto y le advirtió que, de verlo asomar la cara por la esquina de las calles 12 y 23 (cerca de donde vivía Fernández), lo iba a lamentar.

Y así pasó: Piñera, sin creerse la advertencia, fue a uno de los cines que por allí había, y luego a tomarse un café con leche en una cafetería cercana. Estaba de lo más campante, con una taza en una mano y una tostada en la otra, cuando oyó una voz que le decía por detrás: “Virgilio”. Y era nada menos que Fernández, que sin decir más le fue encima hecho una fiera, y le dio una golpiza tal, que el infeliz escritor tuvo que ser sacado a rastras de la cafetería por unos amigos que contemplaron horrorizados el incidente sin atreverse a intervenir. Fernández les inspiraba mucho miedo.
Fernández

La policía no solía intervenir en este tipo de peleas, y si uno de los implicados aseguraba que la víctima de los golpes le había mentado la madre, el agente se hacía la vista gorda, por aquello de “madre no hay más que una”. Y si el golpeado era una loca tan afocante como Piñera, el asunto resultaba de menos importancia, claro. “¿Así que cazando pinguitas en la cafetería, eh? Anda pallá, so maricón”, le decían. Y santas pascuas.

Así que Agustín Fernández calimbó muchas veces a Virgilio Piñera bien calimbao en las inmediaciones de 12 y 23, y hasta en otros lugares si se le antojaba, para vengar así el insulto hecho a Baquero por pura envidia y resentimiento. El pobre autor de Isla en Peso vivió toda esa época a base de Pasiflorina, porque le gustaba mucho el café con leche de la cafetería de 12 y 23, y ni por las golpizas aceptó ausentarse de esa zona. Además, era demasiado cobarde como para defenderse.

Fernández, a quien conocí mucho tiempo después de eso, mientras yo vivía en Nueva York, me relató todo esto entre risas y burlas. Estábamos cenando opíparamente el día que nos presentaron. El era ya un escultor famoso y próspero y yo trabajaba entonces en The Wall Street Journal. Haciendo un aparte, para que no nos oyeran los demás invitados a aquella mesa, el artista me dijo en voz muy baja: “Virgilio era malísima persona”. Cuando le contesté que había oído decir eso muchas veces, Fernández repuso: “Y no has oído ni la mitad. Murió como se merecía ese canalla”. Después, no hablamos más del tema, porque la comida –española- estaba demasiado sabrosa.

2 comments:

  1. Interesante... Menos mal que entre las féminas no se usa la pelea. Qué horror, un cat fight literario.
    Cariños desde Taos,

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    1. Es mejor eso que estarse tirando puyitas en las revistas literarias. Además, las mujeres se fajan más bonito. ¡Arriba, Teresita!

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