Sunday, September 2, 2012

Con los ojos cerrados

Cada vez que cerraban la puerta él trancaba los ojos. Apretaba los párpados con fuerza y empezaba a hablar solo. Primero, consigo mismo, en susurros, haciéndose toda clase de reproches, para deshacerse después en lamentos sobre su suerte. Luego, en voz más alta y lloriqueando, con todos sus parientes muertos, los que no se ocupaban de él y los que se habían marchado al extranjero: su padre, su madre, su tío, sus primos, sus hermanos… Y por último, con Dios, a quien descubrió poco a poco en la tiniebla de aquel encierro donde apenas cabía él solo, completamente de pie y levemente inclinado, para que su cabeza no chocara con el techo. "Protégeme, Señor", decía. "Confunde a nuestros enemigos, ciégalos, y sácame de este infierno". Nadie le respondía allí, ni siquiera Dios, pero así y todo, seguía hablando.

La estrecha pared del fondo estaba cubierta completamente de puntiagudos promontorios que hacían casi imposible recostarse sobre ella sin dolor; la que tenía al frente estaba hecha de un metal áspero que arañaba y hería sus rodillas cada vez que, de puro cansancio, intentaba apoyarlas en él. Sólo la franjita de pared que tenía a su espalda era lo suficientemente lisa como para servirle de ocasional punto de descanso, cuando no soportaba más el sueño y la fatiga, y se derrumbaba como un monigote.
'Es para que reflexiones', le dijo. 'Para que le abras las puertas de tu corazón a la revolución y hagas las paces con ella'.
Al principio, meses antes, el Oficial le había explicado por qué le iba a enviar a aquel sitio tan incómodo. Fue a pocos días de su arresto, cuando aún no sabía exactamente por qué estaba preso y el Oficial le explicó que así lo comprendería mejor. “Es para que reflexiones”, le dijo. “Para que le abras las puertas de tu corazón a la revolución y hagas las paces con ella”.

Pero al cabo del tiempo, cuando ya había confesado sus numerosos delitos y el Oficial dejó incluso de interrogarle, parece que se le olvidó levantar aquella orden y siguieron castigándolo sin razón. El Conduce acudía a buscarlo, como de costumbre; le llamaba por su número y le llevaba a ese sitio, donde le pedía que se quedara en calzoncillos, y enseguida le hacía entrar en aquel minúsculo espacio, donde a veces permanecía días enteros. La puerta era de un acero muy grueso y pesado, y cuando el Conduce la tiraba, se cerraba con estrépito, sumiéndolo después en la más negra oscuridad. A aquello le decían el clóset.

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