Saturday, September 22, 2012

El desliz de Antón

La primera y veintiúnica mujer con que Antón se acostó fue Ingrid, una actriz a quienes sus contemporáneos apodaban “La Abeja Reina”, en parte aludiendo a una película italiana que se puso en Cuba a fines de los 60, y en parte también aludiendo a su conocida promiscuidad. Tipo que se ponía a tiro con ella, se lo echaba al pico. Y si eras una tipa, tampoco estabas a salvo, porque la buena señora masticaba a dos carrillos. Y masticaba bien.

La verdad es que por aquella época no estaba del todo mal la señora. Pálida, de pelo muy negro y con caderitas amplias. Ojos grandes y lastimeros también. Teticas de gata, de esas que se chupan de un solo bocado, pero sobre todo, muy quinqui. Uno que la conoció tan de cerca me contó que cuando se inspiraba en la cama, la chica empezaba a delirar, diciendo cosas como: “Llévame al parque, no abuses de mí, soy una niña, llévame al parque…” En fin…

Resulta que en una de tantas fiestecitas que se daban en La Habana antes de que el Quinquenio Gris atacara en serio y Virgilio Piñera empezara a cagarse en los pantalones, “La Abeja Reina” se aprovechó de un insólito lapso de ebriedad de Antón para arrastrarlo, no se sabe cómo, hasta su madriguera de la Calle O, en el Vedado, y allí abusar de esa pobre loca dramática.

Nadie ha sabido relatarme exactamente cómo ocurrió, pero después de desnudarlo, Ingrid logró echárselo encima, y así colocado -y por supuesto, aún turbado por el alcohol- encajárselo entre las piernas y obligarlo después a producir una grotesca murumaca que culminó en una rara especie de orgasmo que Antón jamás había experimentado antes.

Aterrado, no bien le pareció haber culminado aquel acto, el mediocre dramaturgo rodó y cayó a un costado de la cama, donde se quedó tendido en el piso, temblando y todavía con la bragueta abierta. Sus ojos asustados estaban clavados en el techo. No hacía más que pensar.

La duda terrible que atormentaba a Antón en ese momento no era si, en efecto, aquel desliz lo convertiría de golpe -¡oh, horror!- en un simple heterosexual, sino otra más terrible todavía, una que se repitió en silencio constantemente todo el tiempo que permaneció en estado de pánico junto al lecho de Ingrid: “¿Qué va a decir Virgilio de esto? ¿Qué va a decir Virgilio de esto?”. La letanía no cesaba de reiterarse en su cabeza.

Resolvió, pues, pagar 20 pesos cubanos a “La Abeja Reina”, quien le prometió a cambio no contar jamás a alguien sobre aquel mal paso suyo. Fue el dinero peor gastado en este mundo, porque a los pocos días media Habana se había enterado de que Antón había faltado al severo código de Virgilio, según el cual no se puede estar en misa y procesión al mismo tiempo, o dicho más claramente: o apuntas o banqueas, chico. Muerto o enterrador. No hay medias tintas posibles.

“Qué papelazo, Antón, qué papelazo”, no cesaba de repetirle Virgilio a su discípulo querido cada vez que le venía a la mente la imagen de éste fornicando con Ingrid. Era lo mismitico que le había dicho una vez a otro mejor dramaturgo que osó frecuentar mujeres, además de machos. “¡Qué papelazo, viejo! ¡Qué peste, fo! No sé cómo puedes”.

Para colmo, al cabo de cierto tiempo, Antón empezó a experimentar una rara sensación al mear. La ardentía, que se fue incrementando con los días, resultó ser síntoma de una contumaz gonorrea que había contraído de “La Abeja Reina”. Trató de ocultar su enfermedad hasta que no pudo más, y al fin le debió pedir a Virgilio que le acompañara, casi arrastrándole, al médico.

No se sabe qué le inyectaron, pero al cabo de un largo tratamiento, logró sanar y orinar sin molestias. Pero entonces tuvo que lidiar con otra secuela de su encuentro con “La Abeja Reina”: unos minúsculos insectos llamados ladillas (en francés, papillons d’amour) cuyos huevecillos habían logrado trepar desde sus partes pudendas hasta su pecho, y que le daban una picazón del carajo. No fueron fáciles de matar.

Pero ésa es otra historia.

4 comments:

  1. ¡Oh, pobre Antón! Y esa Ingrid no debió haber sido la Bergman, jejeje...

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  2. ¡Magnífico texto! Sabrosura pura. Te confieso que aunque lo que más me gusta en la vida es servirle de jeva a un macho, meter la pinga en un bollo es la sensación más deliciosa que se pueda sentir en el glande. Lo cortés no quita lo valiente, y esos dogmatismos de Virgilio están bien pasados de tiempo. Lo ridículo es querer poner vallas al viento y desviar la Corriente del Golfo. Amor es monarca soberano y no tolera senadores que le impongan leyes.
    Ramón Alejandro.

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  3. Pues gracias, Ramón Alejandro. No sabía que me leías. Saludos.

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  4. Manolito, esta si que está buena, esta poniéndose bueno tu blog
    Carlos Rafael

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