Thursday, September 20, 2012

La cuatro primeras películas de mi vida

Puedo decir con inaudita exactitud la edad exacta en que empecé a ir al cine. Pocos podrían recordar semejante hito en sus vidas, pero yo puedo hacerlo, no sólo porque tengo buena memoria (una memoria inconsolable, una memoria de sombra y de piedra, como diría un personaje de Hiroshima, mon Amour), sino porque las primeras películas que vi tienen sus respectivas filmografías.

Mi padre, Emilio Ballagas, ha de haber tenido cierto aprecio por la cinematografía –y de la buena– a juzgar por los filmes que me llevó a ver cuando yo tenía poco más de tres años y él casi 43.Dos por lo menos serían de los que normalmente un padre llevaría a ver a su hijo, pero los otros dos corresponderían a una audiencia de mayor edad y entendimiento.
No se me olvida. Sobre todo, porque dos de las películas que mi padre me llevó a ver en 1951 se proyectaban en el cine Alameda, que todavía debe estar en la calle Santa Catalina, a una cuadra de la Calzada de 10 de Octubre, en el barrio habanero de la Víbora. Siempre fue uno de mis teatros preferidos.

La primera de todas, es decir, la primera película que vi en mi vida fue en ese cine, y fue nada menos que Barba Azul, una producción austriaca dirigida por Christiane-Jacque, y nada menos que a colores –algo no tan común todavía en esos tiempos– y de un tema bastante tremebundo que mi padre me explicó lo mejor posible: “Guardaba en el escaparate las cabezas de sus mujeres, después de matarlas”, dijo.

Y en mi mente infantil se dibujó de inmediato un armario como los que teníamos en casa, y que al abrirse mostraba las caritas sonrientes de las niñas más hermosas que para entonces podía yo imaginarme, parecidas a las que jugaban conmigo en el kindergarten del vecindario. Los únicos seres femeninos, aparte de mi madre, con los que trataba yo cotidianamente.

Pero el principal recuerdo de esa película no son ni las cabezas cortadas, ni Barba Azul, ni siquiera un argumento preciso que pueda recordar, sino los nítidos y resplandecientes colores, los colores irreales y hermosos del cine a color, que no cesa de encantarme todavía ahora, cada vez que acudo a un cine. ¿No les pasa a ustedes algo parecido?

La siguiente película, la segunda de mi vida, la vi también en el cine Alameda. Es una que incluso he vuelto a ver como adulto, y es considerada actualmente una joya del cine, aunque en aquel tiempo yo no hubiera podido pronosticar eso. Tuvo un remake, y a poco de su estreno fui a verla, pero nada que ver con la original. Se trata de El día que paralizaron la tierra, una producción norteamericana de 1951 dirigida por Robert Wise.

Recuerdo que a la puerta del cine Alameda, después de pagar la entrada, los empleados te entregaban una máscara de cartón, que era la cara del autómata que aparece en la película. Y desde entonces quedó grabada en mi mente la frase en idioma marciano, la única que todos conocemos en ese lenguaje: “Klaadu barada niktu”.
 
La tercera película que vi en mi vida fue Fantasía, la famosa súper producción de Walt Disney. Mi padre me llevó a verla en el cine Dúplex, aquel teatro que estaba en el centro antiguo de La Habana, creo que en la calle San Rafael. Un edificio tipo art deco, muy hermoso, con luces neón por todas partes de su interior, y que compartían dos cines: el Dúplex y el Rex, cada uno con su programación específica.

El Rex exhibía noticieros de España y Francia: No-Do y Actualidades Francesas. También documentales y ocasionales dibujos animados o “cartones”, como les decíamos entonces. Todo eso me aburría mucho y cuando me decían de ir al Rex, daba una pataleta. El Dúplex era más sofisticado, como me contaron después. Supongo que en ese tipo de programación incluía Fantasía, pero qué iba a saber yo de eso.

De esa sesión original de Fantasía recuerdo francamente poco. Sólo que era musical y las únicas dos partes que quedaron grabadas en mi mente fueron las del Aprendiz de brujo (quizás por el Ratón Miquito), y la de los hipopótamos bailando creo que la Danza de las horas. Mi padre me preguntaba a cada rato si me gustaba y yo le decía que sí, pero sólo por infantil cortesía. Obviamente, no toda aquella avalancha sinfónica, interpretada por Leopold Stokowsky, me llegaba al alma.
También en el Dúplex vi la cuarta película de mi vida, Los cuentos de Hoffmann, de 1951 y dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger. Esta también con colores tan brillantes y llamativos, que hay una escena que aun ahora recuerdo con regusto y quisiera volver a ver: la lacrimosa cera derretida de una vela que súbitamente se convierte en rubíes y esmeraldas. Recuerdo haberle preguntado, asombrado, a mi padre: “Papá, ¿cómo es eso?”. Y él contestarme: “Es magia, muchachito, es magia”.

1 comment:

  1. ¡Wow, Manuel! También vi mi primera peli en el Alameda, yo vivía en San Anastasio, esquina a Vista Alegre. La peli se llamaba La guerra de Murphy y me impresionó mucho.

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