Saturday, September 29, 2012

Un nuevo oficio del siglo XX

Tenía fama de teósofo, vidente y hasta de mago. A menudo le invitaban a presidir sesiones donde se conjuraban espíritus, a oficiar misas negras y deshacer hechizos. Las mujeres pagaban por sus ensalmos, sentían inopinadas ansias de sus exorcismos. También hacía augurios o interpretaba los ajenos, cuando no se catapultaba de su mera existencia terrena a un plano más astral con sólo cerrar los ojos. Así de bueno era. Pero en aquella época terrible su destreza más cotizada tenía poco que ver con las ciencias ocultas.
Corrían los años del Quinquenio Gris y los pobres infelices que todavía gozaban de la conveniencia de un teléfono en La Habana se preguntaban todos los días si aquel aparatito de apariencia tan inofensiva que ocupaba un lugar céntrico en las salas de sus casas no estaría intervenido por los servicios de espionaje interno del gobierno revolucionario.
Casi a diario les llegaban siniestros rumores. Un moderno equipo ruso capaz de escuchar y grabar miles de conversaciones a la vez. Lapiceros de rayos láser que de sólo apuntarlos a tu cabeza captaban hasta tus pensamientos. Y por si esto fuera poco, estaban las historias que venían desde lo más hondo de las ergástulas.
Los pocos que lograban salir indemnes de un arresto regresaban con el cuento: todo, ABSOLUTAMENTE TODO, lo que habían dicho a otros por teléfono constaba, letra por letra, en los expedientes abiertos contra ellos por los segurosos. Incluso algunas de las cosas que habían dicho en presencia del simpático aparato también habían sido debidamente grabadas, como si através de sus circuitos, bocinas y micrófonos pudiera filtrarse la plática más íntima, la conversación más comprometedora y peligrosa. Tarros, pecados inconfesables, transacciones en la bolsa negra, pajas mentales, chistes veladamente contrarrevolucionarios… Nada estaba a salvo de las escuchas.
Fue así que, poco a poco, todas aquellas almas desesperadas que todavía no habían caído presas empezaron a acudir a él, como a un médico en casos de suma urgencia. Necesitaban saber. Necesitaban estar seguros de si sus teléfonos les traicionaban. Le enviaban sólo un breve recado verbal, a través de alguien de confianza, por si las moscas, y él a su vez se presentaba a verles de improviso, para evitar que la noticia de su visita se filtrara por anticipado a los Organos, que estaban más alertas y vigilantes que nunca.
Cuando llegaba, todos le estaban ya esperando. Tomaba en sus manos, pues, el auricular, y después se lo llevaba al oído mientras sus clientes temblaban del susto, aguardando impacientemente su veredito. Escuchaba unos momentos el experto; sonreía levemente y luego devolvía el auricular a su sitio antes de dictaminar.
Hablaba por señas, haciendo raros visajes y movimientos circulares con un dedo índice si,en efecto, el teléfono estaba tomado y era preciso usarlo sólo para lo más inofensivo y estrictamente necesario. O explicaba en pocas palabras que no había hallado síntomas de pincha alguna al escuchar atentamente los ruidos que producía el aparato, y advertía que de todas formas no se le debía tener total confianza. Nunca aclaraba cuáles eran tales ruidos y la mayoría de la gente suponía que se trataba de un secreto profesional que no revelaría nunca.
Le pagaban casi siempre en especie: una tacita de café, un opíparo almuerzo o una botellita de ron compensaban sus servicios, cuando no ciertos favores que sólo se dan en casos extremos y en la más estricta privacidad.
Sin embargo, para cuando creyó que el permiso de salida que esperaba hacía años estaba a punto de llegarle, cometió un error imperdonable: descubrió en uno de los aparatos que auscultaba un minúsculo micrófono que alguien claramente había instalado en él. Se lo llevó consigo y trató de venderlo a buen precio a alguien a quien consideraba su amigo, y éste lo traicionó sin pensarlo dos veces.
Pasó diez años en la cárcel por traición y revelación de secretos de Estado. Y lo peor: tuvo que revelar todos sus secretos profesionales a los segurosos y darles una detallada lista de sus clientes, que todavía ha de estar en los archivos de Villa Marista, donde ningún documento se destruye nunca. Eso sí, cuando cumplió su sentencia, tuvo la suerte de poder irse a Miami, donde tenía un primo y ahora se desempeña como asesor financiero.

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2 comments:

  1. Conozco a algunos teósofos de los años 90 (mucho peores que el quinquenio gris ¿la década negra?) que se retratan en este pasaje, jejeje...

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  2. ¡¡Muy bueno!!
    Da miedo pensar que esto es real...
    Abrazo.

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