Saturday, October 13, 2012

Acto de repudio

Cuando llegaron, ya los estaban esperando. Eran como diez o doce. Todos vistiendo el uniforme beige y blanco de la secundaria. Algunos con coloridas pañoletas al pescuezo. En cuanto los vieron apearse del taxi y acercarse, les envolvieron en un círculo, casi a las puertas del club playero a que habían sido convocados.

–Llegaron los marqueses –chilló una.

–¡Escoria! –vociferó otro.

–¡Fuera la escoria! –gritó otro más. Los demás le hicieron coro, repitiendo la frase. 

“¡Fuera la escoria, fuera!”.

El círculo se fue apretando en torno al trío. Eran un hombre, una mujer y un niño de brazos. Trataban de moverse hacia delante, y la fila cerrada de muchachos les obligaba a marchar hacia un lado, o hacia atrás. No les dejaban avanzar. A veces, les daban empelloncitos que los obligaban a cambiar de rumbo. Terminaban en el mismo lugar, encerrados en el círculo.

“¡Que se vayan, que se vayan!”

El niño, quizás demasiado grande para ir cargado, se bamboleaba en los brazos de la mujer, una negra joven. Ella lo sujetaba por la espalda para mantenerle erguido. Tendría unos nueve años, pero parecía incapaz de caminar o sostenerse por sí mismo.

–¡Compañeros, que hay un niño! –alertó una chica.

-Qué niño ni qué cojones –contestó uno de los muchachos. Alzó enseguida algo que parecía una libreta enrollada y la dejó caer sobre la cabeza del hombre, que enseguida se encogió con una mueca.

–¡Péguenles, coño! –gritó otro chico, alzando también una libreta enrollada de la que sobresalía la punta de un cilindro de madera.

–¡Que hay niños!

El trío se movía de un lado a otro dentro del círculo, ahora pequeñísimo. La mujer y el niño se cobijaban bajo los brazos del hombre, que recibía los palos en los hombros, la espalda y la cabeza.  No los esquivaba; sólo se encogía cuando le daban.

-¡Que se vayan, que se vayan! –coreaba el grupo de chicos.

El hombre se encogía más para cubrir a la mujer y al niño. Con el rabo del ojo, miraba la entrada al club playero donde debían recibir el permiso de salida del país, pero éste se le antojaba cada vez más lejano. Por más que buscaba la oportunidad, no hallaba forma de escapar del círculo humano.

En eso, señalando al niño, una muchacha le espetó:

–¿Y esa mierda que hiciste aquí te la quieres llevar para allá?

El hombre volvió la cara de golpe, como si hubiera reconocido su voz, o como si hubiera sentido otro golpe, más duro de la cuenta.

De pronto, todo pareció quedarse paralizado, para él y para ellos. Pero sólo tropezó con la cara de la muchacha, una mulatica de ojos achinados, que trató de sonreír, y por alguna razón, apartó enseguida la mirada de la suya.

El nunca ha olvidado su cara, la cara de la mulatica. A veces, sin querer, se sorprende recordándola en cualquier parte del mundo.

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