Wednesday, October 10, 2012

Odios viejos

“¿Lo abro o no lo abro?”

Se hizo la pregunta varias veces y no supo contestarse. A fin de cuentas, no venía dirigido a ella, sino a su marido. Pudo haber esperado hasta esa tarde, pero la curiosidad pudo más que su paciencia. La tentó, sobre todo, la resplandeciente y hermosa bolsa plástica en que lo trajeron a su casa, y que delataba tan a las claras su proveniencia.

“¿Qué puede ser? ¿Quién lo habrá mandado?”

No pudo resistir.

Lo cierto es que en aquella época tan difícil era todo un acontecimiento recibir un envío como aquel, de afuera. (Decían así, “de afuera”, como si esas encomiendas no llegaran simplemente del extranjero, sino del espacio sideral. O como si quienes las recibían viviesen encerrados en una diminuta cámara). Cada vez que el camión de entregas asomaba el hocico por allí, la ansiedad y los rumores cundían entre los vecinos.

Así que, al fin, después de pensarlo bastante, se atrevió a romper el sello de la agencia de remesas, y armada de una vieja tijera de costura empezó a desarmar cuidadosamente, casi con lástima, la envoltura de papel cromado en que el envío había llegado. Puso mucho empeño en no dañar la etiqueta del remitente, pese a que en ésta no aparecía consignado nombre alguno, y por dirección mostraba sólo un simple apartado postal. Supuso, sin embargo, que su marido sería capaz, a la postre, de aclarar el misterio, y atribuir a alguien aquel inesperado obsequio. De los dos, era el único que tenía familia en el extranjero.

–¿Quién crees? –le preguntó no bien llegó del trabajo, horas después.

–Ni puta idea –dijo él, dándole vueltas en sus manos a la caja de atractivo diseño y contrastantes colores.

Ella preguntó entonces:

–¿No habrá sido...? –y dejó colgando el nombre, como si su marido la fuera ayudar a pronunciarlo.

Pero se quedó esperando.

El nunca había sido, en verdad, muy dado a hablar del hermano que tenía en Hialeah (¿o era en New Jersey? Vaya usted a saber. ¡Esa gente se mudaba tanto!). Ni siquiera cuando se puso de moda tener familiares en el extranjero –y hasta agasajarles cuando viniesen de visita– se dignó a conjurarlo en sus remembranzas o siquiera mencionarlo de pasada en una simple conversación doméstica.

La casa que había heredado de sus padres, ahora muy desvencijada y caída en el abandono, guardaba aún huellas y recuerdos del pariente ido, pero cada vez que ella se atrevía a indagar el origen o antiguo dueño de algún adorno, ropa o desvanecida fotografía que encontrara en cualquier escaparate, él se las arreglaba para soslayar al aludido, como si nunca hubiese existido, o como si aun existiendo, hubiera adquirido al marcharse del país una naturaleza casi fantasmal… y hasta maligna.

Sólo a veces dejaba traslucir su ojeriza, achacando vagamente a su hermano los obstáculos que todavía le impedían alcanzar ciertas cotas profesionales y ambiciones jerárquicas, así como el injusto veto que desde misteriosas instancias y sin explicación alguna se ejercía siempre para excluirle de cualquier delegación que viajara al extranjero en representación oficial de su empresa. Solamente esto, según él, habría bastado para justificar la obstinada cruz de silencio que le había hecho cuando decidió ausentarse del país, y el sordo rencor que, de cuando en cuando, se permitía mostrar hacia el ausente.

–El no pensó en mí cuando hizo lo que hizo –decía con firmeza en tales momentos, aludiendo quizás a la forma más bien extravagante en que su hermano había escapado.

Y es que para tomar las de Villadiego éste no había abordado simplemente uno de tantos vuelos que partían diariamente hacia el extranjero. Tampoco eligió marcharse de forma callada y clandestina en un botecito, rumbo a Cayo Hueso, donde su llegada habría tenido escaso eco o trascendencia. En vez de eso, y al cabo de mucho tiempo, quizás demasiado, de trepar y hacerse notar en ciertos escalones de la jerarquía política, su hermano se había sumado arteramente a la turbamulta que durante aquella primavera funesta, más de diez años antes, invadió los predios de una embajada, para exigir luego, en forma vocinglera, asilo y permisos inmediatos de salida.

Enfurecida por su percibida traición, una multitud de antiguos correligionarios y subordinados puso sitio a su residencia no bien se supo que había regresado a ésta provisto de un endeble salvoconducto. El asedio adquirió una crueldad notoria y prolongada, por tratarse de quien se trataba: duró varios días con sus noches, y de no haber mediado la prudencia desganada de las autoridades, hubiera culminado sin duda en una desgracia. Una muchedumbre frenética y ebria danzó en torno a su casa de sol a sol al grito constante de “¡Que se vayan! ¡Que se vaya la escoria!”.

No le quedó, pues, otro remedio que huir, brincando cercas y eludiendo las siniestras procesiones que por esos días recorrían los vecindarios, a la caza de asilados y emigrantes. Para cuando tocó a la puerta de su hermano menor, al cabo de muchos rodeos, sólo aspiraba a salvar el pellejo. Pensó que éste no le negaría un último refugio donde reponer sus fuerzas, pero al abrirse la puerta quien le salió al paso fue un energúmeno que, armado de un impresionante cuatro por cuatro y profiriendo insultos, le entregó sin miramientos a una muchedumbre enardecida que le envolvió primero, para luego conducirle, entre escupitajos y puntapiés, hasta el barco que al fin se lo llevó de Cuba.

–Se fue tan campante y me dejó embarrado –terminaba la historia casi siempre.

Y así, que ella supiera, su marido jamás había recibido carta alguna de su hermano ido, ni él le había escrito tampoco unas simples líneas. Tal distanciamiento parecía extenderse también a los contactos telefónicos, que en aquella casa se limitaban a las llamadas urgentes que su esposo recibía, convocándole a alguna asamblea de trabajo, cuando no a las de una prima solterona que vivía en una perezosa capital de provincias y sólo se comunicaba con ellos para darles las peores noticias o felicitarles en ocasión de sus respectivos cumpleaños. Nadie más les llamaba.

No encontraron, pues, alguien a quien agradecer de inmediato el envío de aquel paquete, llegado también de manera muy providencial, justo cuando el refrigerador y la despensa parecían hallarse en el colmo de su vacío. A ella se le antojó que podía tratarse de un prodigio, una de esas simbólicas ocurrencias que suelen darse en las postrimerías de una guerra sin fin o un cataclismo. Se le ocurrió que su cuñado, harto quizás de tantos años de separación y silencio, y tocada su alma por el milagroso dedo de Dios, había querido darles un anticipo de reconciliación antes de acudir a visitarlos en persona, como hacían ahora muchos, cargados de dinero y vituallas con que aplacar las penurias de quienes alguna vez dejaron atrás. “Es su forma de decirnos que viene pronto. Su rama de olivo. ¿No te das cuenta?”. Se lo sugirió, muy convencida, pero él se apuró a descartar de plano una conjetura tan optimista.

–Tiene que ser un error –concluyó, devolviendo la caja al centro de la mesa del comedor. Después, le pidió que llamara a la agencia de remesas lo más pronto posible, para gestionar la devolución de aquella misteriosa encomienda.

Ella palideció.

–¡Desmaya eso! –exclamó, tomando de golpe la caja. La apretó fuertemente contra su pecho, como si alguien fuera a arrebatársela– ¿Tú sabes cuánto tiempo hace que este niño no se toma un vasito de leche?

¡Leche! Los ojos oscuros del chico que, sentado a un costado de la mesa, había estado hasta ese momento escuchando en silencio la conversación se iluminaron instantáneamente al oír la mágica palabra: ¡Leche! Y es que la criatura añoraba el fresco trasiego del líquido blanquísimo por su gaznate y no lograba explicarse por qué no podía disfrutarlo ya cada mañana, sólo porque seis meses antes había cumplido siete años.

–¿Y eso es leche, mami? –preguntó, lleno de asombro y apuntando con un dedo a la caja de atractivos colores que su madre abrazaba. Pero ella no quiso explicarle por enésima vez el milagro de la leche en polvo. Era como si aquel niño no entendiera nunca.

–Nadie se alimenta de odios viejos –fue lo que dijo por fin con patente desgano, sin hablar a nadie en particular. Le pareció luego que su marido entreabría sus labios, como si se dispusiera a contradecirla, pero ella se le adelantó:

–¿Quién se acuerda de eso? –preguntó, sabiendo de antemano las negras memorias que él iba a invocar. Y cuando le vio alzar el dedito, para hacerse valer, se volvió a adelantar y lo apabulló: Hazte el cargo que cayó del cielo, corazón, le dijo. Que te tocó en suerte o que Dios te lo dio por equivocación. Que ese hermano que tienes no existe o se murió. ¿Qué más da? Este paquete se queda aquí, con nosotros. Ni se regala ni se devuelve, ¿me oíste? Hoy tu hijo, tú y yo vamos a tomar leche fresca.

 

 

 

Todo se oscurece entonces.

Sus siluetas y facciones se sumen paulatinamente en la negrura más honda –como en una película que se va a acabar– después que ella regresa de la cocina con una jarra de helada agua de manantial y tres vasos sangandongos en los que vierte enseguida generosas cucharadas del finísimo polvo. Agrega, al fin, el agua, batiéndolo todo con la cuchara, hasta producir una mezcla cremosa, rica y burbujeante que la familia se lleva a los labios luego de un cómico brindis triangular con que parecen zanjar la disputa. El chico, más goloso, consume su parte muy pronto, casi de un golpe, antes que la luz se apague completamente.

El resplandor estalla después. Una vez. Y otra. Y otra… Es el relámpago cegador de la cámara forense que retrata los tres cuerpos desde distintos ángulos. Y mientras el fotógrafo se mueve de aquí para allá, apuntando con el lente, del otro lado del comedor, tapándose las narices con pañuelos, el investigador y el presidente del comité de vigilancia conversan en voz baja y menean de cuando en cuando sus cabezas.

Sólo pueden hacer conjeturas: el niño ha de haberse desplomado primero, regurgitando espuma por los labios, dice uno. Por la forma en que su brazo parece tendido, la madre ha de haber tratado en vano de asistirle antes de sentir ella misma los fatales y dolorosos síntomas, opina el investigador, señalando la peculiar posición del cuerpo, el dedo que apunta en cierta dirección. ¿Y él? Ninguno de los dos se lo explica: parece encajado fuertemente en su silla, con los ojos opacos muy abiertos y sorprendidos, fijos en la caja de leche, y el vaso todavía en una mano, casi vacío.

Mientras tanto, afuera, ha asomado otra vez el hocico el camioncito de las encomiendas. Los niños echan a correr detrás de él, entre risas y chillidos, y algunas persianas se entreabren para verlo pasar. En el barrio cunden rumores sobre la desgracia: “Contaminación, sabotaje, venganza”. Los vecinos se los pasan unos a otros, como paquetes de remitentes desconocidos…

Copyright Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción de este relato sin autorización del autor.

Y mi novela ‘Pájaro de cuenta’ está disponible en la web. Para adquirirla o leer algún fragmento de ésta, hagan clic en la portada:

 

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2 comments:

  1. manuel, solo unas líneas. Leí su texto, solo tengo una cosa que decirle. Hijo de gato, no siempre caza ratones. Su padre era un gran poeta, grandísima, su obra es de las más destacadas en toda hispanoamerica, pero eso no le da derecho a perpetrar esas páginas, llenas de lugares comunes y pedestre lenguaje, señor, la escritura no se le da, de verdad, este texto no es más que mal periodismo, de Granma y J Rebelde. lea, aunque creo que a su edad nada se puede hacer, ni miles de lecturas ni ejercicios de escritura, nada, nada, nada. Y ya sé que no dejarás que esto se lea, otra muestra de tu vocación dictatorial, pero lealo al menos,
    Raúl Glez, La Habana

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    1. Gracias por su amable comentario. Me agrada que alguien me lea en Cuba, donde el acceso a Internet es tan precario y generalmente permitido sólo a personas muy selectas. La realidad es que nada me podrá disuadir de las letras, porque no aspiro a la inmortalidad, sino solamente a divertirme. Dispongo de recursos para no tener que trabajar, de modo que la literatura es un paliativo del aburrimiento. Si algo bueno, magnífico. Y si no, me da igual. Ahora le aconsejo que se cuide de hablar mal de Granma y J. Rebelde, porque eso es delito donde usted vive.

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