Sunday, October 28, 2012

Pena máxima

Cuando se enteró de que iban a fusilarlo, lo único que pidió fue una caja de Marlboro. Se fumó el último cigarro atado a un postecito de concreto, en el patio del penal. Rehusó la venda que le ofrecieron y luego encaró el pelotón con una sonrisita nerviosa pero algo desafiante.

Los cuatro reclutas formaban una fila a corta distancia de él, con sus fusiles todavía al hombro. Hacía semanas que oían hablar del preso, un mulato joven. Algo de una fuga y un custodio asesinado. De un preso escapado y un santero maricón. Al recibir la orden, se enderezaron y apuntaron al reo.

‘¡Tírenle a la cabeza, coño! –chilló de pronto’…

Más atrás, formados por orden de galera y en filas rigurosamente ordenadas de menor a mayor, cientos de presos uniformados de azul contemplaban la ejecución. Habían sido convocados desde muy temprano, poco antes de amanecer, y algunos de sus rostros traslucían fatiga. Otros, muy pocos, bostezaban.

Arriba, en la segunda planta del penal, formaba la plana mayor del presidio, luciendo uniformes verdes planchados, tanto ellos como sus mujeres. Entre el jefe del penal y su esposa se sostenía una mujer que cubría a menudo su rostro arrugado y lloroso con un pañuelo, la viuda del custodio muerto.

–¡Tírenle a la cabeza, coño! –aulló de pronto, irguiéndose entre quienes la sostenían.

–¡A la cabeza de la pinga! –respondió a voz en cuello el fusilado, como un eco, empinando el cuerpo, antes de que las balas le trozaran el cráneo, el cuello, el pecho y los genitales.

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