Wednesday, November 28, 2012

Ahora que me acuerdo

henze

Hace poco alguien me comentó que había muerto. No es que yo fuera su amigo ni mucho menos, pero lo había conocido en Cuba. Alguien me lo presentó, creo que fue el compositor Héctor Angulo. (No empiecen con el chistecito de siempre, se llamaba Angulo y basta). Deambulaba yo por los alrededores del Hotel Nacional aquella noche, no sé por qué, y me tropecé con Héctor.

Ah, Héctor… Pobre Héctor. Era un maricón patético pero excelente persona. No tenía amante ni amigos. Padecía una soledad congénita, inherente a su persona, que le impulsaba siempre a buscar compañía. Por eso el escritor Calvert Casey le bautizó muy acertadamente como “El Perseguidor”, parodiando un título de Cortázar, si no me equivoco.

Lo peor era que ninguno de sus perseguidos quería saber de él, y Héctor lo sabía. Y cuando te atrapaba, en cualquier lugar y circunstancia, fuera en el Vedado o La Habana vieja, ocupado o completamente ocioso, te clavaba garfios invisibles y ya no podías huir. El muy pelmazo te arruinaba el día o la noche. De modo que si lo veías a una cuadra de distancia, era mejor huir, porque si lo dejabas acercarse, estabas perdido.

Yo ni cuenta me di. Salía por los portones del Nacional, era de noche, y no le vi a tiempo. De repente tropecé con él y enseguida me preguntó si tenía algo que hacer. ¿Algo que hacer? Corrían los felices 60, fines de los 60, y yo no hacía absolutamente nada. Lo que se dice nada. De modo que me dejé arrastrar por Héctor hasta el cercano hotel Capri, donde le esperaba alguien a quien describió “como el compositor más importante del mundo”.

Tragué en seco. Pensé que sería uno de los tantos americanos de izquierda que por ese entonces visitaban Cuba. Incluso el mismísimo Pete Seeger, a quien desafortunadamente Héctor había enseñado una vez a cantar la Guantanamera con los versos de José Martí.

En aquella época remota, acudía a Cuba cuanto lisiado mental y comunistón andaba por el mundo, y algunos hasta cantaban la Guantanamera, que se había hecho muy popular. Pero no. Me equivocaba. El compositor más importante era nada menos que el alemán Hans Werner Henze (en la foto de arriba), fallecido en octubre pasado, pero vivito y coleando en La Habana de 1969.

Yo nunca he entendido mucho de música culta, y eso demuestra lo poco culto que soy. No sé ni papa de serialismo ni de atonalidad, así que figúrense. La perspectiva de pasar la noche oyendo a Héctor y Henze hablar de su arte no me agradaba demasiado, sobre todo por lo culto de sus respectivas músicas. Pero me equivocaba. El alemán tenía, al parecer, poco que hablar de música y sí un montón de quejas sobre el sistema socialista cubano, que sólo empezaba a conocer.

Hay que aclarar que Hans Werner Henze era un marxista convencido (más bien convencidísimo) de Alemania Occidental. Había “huido” de su país a Italia por dos razones: se le antojaba una nación absolutamente reaccionaria, pero sobre todo, homofóbica en extremo. Había viajado a Cuba con la esperanza de encontrar allí el paraíso social y sexual que soñaba, pero se había tropezado con casi todo lo contrario.

-Usted es joven –me dijo- ¿Cómo puede vivir aquí? ¿Cómo se las arregla? ¡Ni el pelo largo le permiten tener!

Yo me encogí de hombros, con muchas ganas de decirle a aquel señor que había venido al país equivocado, pero me mordí la lengua. Héctor cambiaba de colores, porque también era un marxista convencido, y trataba de aplacar un poco a Henze, diciéndole que todo eso era rezago del pasado y que algún día la revolución enmendaría todos esos errores burgueses que la socavaban.

-Se darán cuenta de que perseguir a los homosexuales es un vicio capitalista –dijo bromeando.

-Sí, pero mientras tanto lo mandarán a un campo de concentración a usted… o a mí –protestó Henze.

-No creo –repuso Héctor- Yo nunca he tenido problemas.

-Pues yo sí –dijo el alemán- En la heladería Coppelia la policía me pidió identificación anoche. ¡Ni en Berlín me ha pasado eso!

Pero no era la pedidera de carnets lo que más atormentaba a Henze. La razón por la que había invitado a Angulo a cenar esa noche (y de paso a mí, colado) era otra más delicada: necesitaba salvar a la revolución de la mala música, explicó. Y quería que Héctor, un músico revolucionario, y yo, un joven baluarte de la nueva sociedad que me había sumado providencialmente a ellos, le ayudáramos en aquella misión.

-Errr… Héctor –empecé a decir, pensando en inventar algún pretexto para irme, porque no estaba para problemas; pero el músico no nos dio tiempo a decir más.

Se llevó de pronto ambas manos a las orejas, tapándoselas con firmeza, y cerró enseguida los ojos, como si hubiera acabado de escuchar un ruido muy horrible y estridente.

-¿No lo oyen? ¿No lo oyen? ¡Ahhhhhhhhh….! –se quejaba, casi llorando. Pensé que le había asaltado una migraña, o un ataque de otitis. Pero no.

-Hans se refiere a Radio Enciclopedia –me explicó Héctor, condescendientemente.

¿Radio Enciclopedia? ¿Y qué tenía que ver esa emisora radial con todos aquellos aspavientos? Notas de conocimientos prescindibles intercaladas con música de elevador. ¿Y qué? De nuevo fui a ponerme de pie, pero Henze repentinamente pareció volver a la razón.

-¡Esa música es horrenda! ¡No puedo soportarla! ¡Es la música de la opresión! –dijo casi a gritos y en su gutural acento alemán.

Algunos de los comensales en la cafetería del Capri se volvieron entonces hacia nosotros, pensando sin duda que aquel era un loco o algo peor.

Henze aseguraba que aquella música (de esa que luego en Estados Unidos empezaron a llamar muzak) le perseguía a todas partes, y no sólo en el hotel. Incluso en algunos edificios de organizaciones revolucionarias era como una obligada banda sonora. Estaba por todas partes. No se explicaba cómo en una nación que era la punta de lanza de la lucha antimperialista se torturara a la clase obrera con semejante bazofia.

Parecía comprensible. Radio Enciclopedia era la heredera de una emisora comercial precastrista que bombeaba su producto a muchas partes: hoteles, consultas médicas, tiendas, y todo espacio público posible. Era una dieta de Carmen Cavallaro, Frank Purcell, Xavier Cugat, Lawrence Welk y Fausto Papetti a la que todos nos habíamos acomodado mansamente, y de la que ni nos dábamos cuenta. Pero para Henze, artista revolucionario pero también exquisito, aquello, además de una afrenta al oído, era una bofetada a la clase obrera mundial.

-Esta noche vamos a acabar con esto de una vez y por siempre –declaró- ¡Vamos!

Me dejé arrastrar. La curiosidad pudo más que mis temores, de modo que seguí a Henze y a Héctor desde la cafetería hasta la recepción del hotel, donde el músico alemán exigió ver inmediatamente al administrador del hotel. El hombre de la recepción, de traje planchado y bigotito fino, le miró de arriba abajo antes de decirle con tranquilidad que él era, precisamente, el administrador.

-¡Pues tiene que quitar inmediatamente esa música! –chilló Henze- Los obreros y campesinos que aquí se alojan tienen derecho a algo mejor, a la música de compositores revolucionarios como este compañero.

Apuntó a Héctor, que sonrió tímidamente. El administrador no pareció muy impresionado… sobre todo cuando me vio a mí, con mi melenita.

-Los jóvenes cubanos tampoco están dispuestos a sufrir callados este ataque cultural burgués –siguió diciendo el alemán- Así que, en nombre de la revolución mundial, ¡exigimos el cierre inmediato de Radio Enciclopedia o como se llame eso! ¡Apague la música ahora!

El hombre del bigotito titubeó un momento. Cruzó miradas con Héctor y conmigo. Después, hizo una especie de mueca, acompañada de un gesto casi imposible de notar con una mano. Un negro alto, vestido de traje oscuro, salió de la nada y se acercó a nosotros.

-Rigoberto –dijo entonces el administrador- Acá el señor…

Henze no le dejó acabar.

-¡Camarada! –gritó- ¡Soy un camarada alemán!

-…acá el camarada alemán –aclaró el administrador entonces- dice que tenemos que cerrar Radio Enciclopedia y quitar la música porque él dice que no es revolucionaria.

-¿Ah sí? –dijo el negro.

-Parece que no le gusta –siguió diciendo el administrador- Está exigiendo en nombre de la clase obrera que no pongamos música.

El negro miró desde su altura al hombre pálido, pequeño, calvo y regordete. Luego nos miró a nosotros.

-¿Y ustedes vienen con él? –preguntó.

Ni Héctor ni yo dijimos una palabra. Entonces, el negro encaró a Henze. Dio dos pasos en su dirección y lo tapó por completo, como la sombra de un enorme armario.

-Mire, señor –dijo al fin- Yo no sé quién cojones se cree usted que es. Pero si piensa que va a venir a Cuba a decirnos lo que tenemos que hacer, como hacían antes los imperialistas, está muy equivocado, ¿me oyó?

-Oiga, compañero… -empezó a decir el alemán.

-¡Compañero, nada! –rugió el negro, abriéndose el saco y extrayendo de pronto una Makarov- Y si sigue molestando acá al administrador me lo voy a llevar preso, a usted y a estos dos, ¿se entiende eso? ¡Qué música ni qué carajo!

Henze se puso de un color rojo intenso. Luego, sin ningún signo previo, se tambaleó un poco y empezó a desplomarse. Valga que Héctor lo rescató y arrastró hasta un sofá del lobby. Yo me largué, por supuesto. Ni hasta luego dije. No estaba para tantas emociones, ni siquiera en aras de la revolución mundial.

Semanas después me tropecé con Henze otra vez en casa de la Pabla Armanda, en Miramar. En cuanto me vio, el músico me abrazó y empezó a contarle a Pabla los acontecimientos del hotel Capri, donde al parecer la música burguesa seguía haciendo de las suyas.

-Ya la quitarán, ya la quitarán, es el destino de las islas… –repetía la Pabla como un papagallo, entre tragos de scotch que seguramente había logrado chulearle a Henze. Ni se molestó en brindarme.

Minutos después, llegó Antón. Al parecer, se había citado allí con Henze, para llevarle a un sitio donde pudiera oír “verdadera música popular cubana”. El músico se mostraba sorprendido de que la música popular estuviera aún segregada, es decir, arrinconada en un hotel de mala muerte llamado Saratoga, adonde se disponía a llevarle Antón.

Días después, me enteré de lo que les había pasado. Al parecer, en una incursión de Antón y Henze a los baños del Saratoga se había producido una reyerta violenta. Los negros machistas que abundaban por allí se molestaron con las miraditas ambiguas de Antón y les fueron encima a los dos, gritándoles improperios. Henze acabó en el hospital. Antón tuvo que huir dando alaridos.

Pobre músico alemán. Escribió un réquiem al Che Guevara tiempo después de su visita a Cuba. También compuso una ópera basada en un espantoso libro de Miguel Barnet. Pero a poco de desplomarse el Muro de Berlín, cuando se dio cuenta de que la causa revolucionaria estaba perdida, sufrió una especie de catatonia que le mantuvo en un estado semicomatoso durante años, y por supuesto, sin poder componer. Alguien me contó que cuando despertó al fin, casi vuelve a desmayarse. Por el sistema de sonido del hospital italiano en que estaba seguían trasmitiendo música burguesa. Fausto Papetti seguramente.

3 comments:

  1. La revista Pekín Informa publicó una vez un artículo (o dos) sobre la música burguesa y explicaba el contexto en que nacieron obras como la novena sinfonía. Y la revista Albania Hoy hizo lo propio, en un artículo con aires eruditos. Voy a releer esas cosas porque les saqué fotocopias y archivé. En el fondo del fondo se me hace que algo hay de cierto en estos puntos de vista.

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    1. ¿Pekín informa? ¿Albania hoy? Se me hace que usted habla de Pakín informaba y Albania ayer, porque esos países ya... Pero en fin.

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