Thursday, November 15, 2012

La confesión

La confesión era larga, como de tres o cuatro páginas mecanografiadas a un espacio, y él no quería firmarla.

Del otro lado de la mesita, el teniente le tendió el bolígrafo chino.

–Fírmala, Manolito, que te conviene –le dijo.

–¡Pero si todo es una mentira! –protestó él.

Lo acusaban de traición, sabotaje, mantener correspondencia con extranjeros y difamar a las madres de varios dirigentes de la revolución.

–¿Y tú crees que nosotros traemos a alguien aquí por gusto? –preguntó entonces el teniente, alzando la voz– ¿Que el Alto Mando no se documenta muy, pero muy bien, antes de mandar a los compañeros a buscarte? ¿Tú crees que somos unos comemierdas?

–No voy a firmar una mentira, no puedo –repuso él.

–Te vas a podrir aquí, por mi madre –dijo el teniente.

‘¿Y tú crees que nosotros traemos a alguien aquí por gusto?’

El se encogió de hombros y miró hacia otra parte. El aire acondicionado se disparó entonces. De pronto, sintió mucho frío y se erizó de pies a cabeza. También tembló un poco. El mono sin mangas que vestían los detenidos hacía que cualquier cambio de temperatura se sintiera el doble.

–Yo nunca hice ningún sabotaje –dijo al fin– Tampoco soy traidor. ¿No pueden quitar eso por lo menos?

–No se puede –dijo el teniente con firmeza– Pero no te van a echar más años por eso.

–¿Usted cree?

El teniente le tendió otra vez el bolígrafo. El lo tomó y pasó revista a las páginas, como si no las hubiera leído nunca. Eran un montón de cargos. Había incluso algunos nuevos.

–¡Cuánta exageración! –exclamó, después de leerlos.

El teniente se cruzó de brazos y sonrió, viendo cómo empezaba a firmar al pie de cada hoja.

–La verdad siempre suena exagerada –dijo.

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