Thursday, November 29, 2012

Lobos con piel de oveja

Al Testigo nadie lo podía ver. Se había adueñado de un rincón de la barraca y atrincherado en su propia wilaya, bien apertrechado de biblias concordadas y otros documentos. Desde allí apostrofaba constantemente contra nosotros, culpándonos de todas sus desgracias.

–¡Políticos del demonio! –aullaba– ¡Miren bien donde están! ¡Miren las cadenas que Satanás les ha puesto! ¡Miren adonde me trajeron a mí en cautiverio, por causa que no es del Señor!

No faltaba momento de la mañana, del día o de la noche en que no nos recordara que estábamos presos, condenados irremediablemente por las leyes de Dios y de los hombres. Y todo por nuestro afán de querer cambiar un mundo abominable dominado por el Maligno y no creer en el advenimiento del reino de Jehová, donde sólo 144,000 justos tendrían resurrección y vida eterna.

–¡Ustedes son mis testigos! –gritaba– ¡Habrá aceite de oliva para todos!

Aceite de oliva, pensábamos. Nos mirábamos unos a otros, preguntándonos quién perdería primero la paciencia. Pero nada. Nadie se decidía traspasarlo con un machete, como se merecía. Entonces, de buenas a primera, sobrevenía una de tantas requisas y había una tregua momentánea e improbable entre él y nosotros.

El Testigo cruzaba la línea del frente entonces, cargando todas sus biblias y su colección completa de Atalaya, y de rodillas nos imploraba que las escondiéramos. Y así hacíamos por cuestión de principios. Hasta que la guarnición se iba, volvían tiempos normales y él empezaba a apostrofar otra vez en contra nuestra y nosotros a llamarlo Testigo de Satanás.

Otro era el Rosacruz. Algunos decían que estaba medio loco, pero quienes lo conocían de calle sabían que siempre había sido así, que desde que había contestado a aquel anuncio que salía en todas las revistas, con la cara de René Descartes y aquel letrero de “¿Qué poder oculto poseían estos hombres?, el pobre se creía que era capaz de cualquier proeza, con tal de figurársela.

Y así, se sentaba en medio de un círculo de presos que por pura curiosidad querían ver cómo hacía aquellos supuestos prodigios. Se sentaba desprovisto de camisa, en chancletas, y con un vaso de plástico completamente lleno de agua clara en una mano. Entonces, muy serio, declaraba:

–Esta agua que me tomo, por el poder que me es concedido en nombre de mis hermanos de fe, es en verdad un vaso de cremosa y apetitosa leche de vaca.

Leche de vaca… ¡Había que ver cómo lo decía! Daba hasta apetito oírle. Se llevaba el vaso a los labios entonces y empezaba a sorber aquello con verdadera delectación, los ojos cerrados y una expresión beatífica en sus facciones.

Los presos lo miraban como hipnotizados. Unos aseguraban ver cómo el agua se convertía en un líquido espeso, blanco y nutritivo no bien tocaba sus labios; otros decían que no era más que un farsante, y en seguida empezaba una discusión acalorada que acababa a puros gritos y puñetazos, y con la guarnición metida en la barraca, sonándonos el cuero. Por lo menos tres o cuatro terminábamos en la celda de castigo.

Pero el que más incautos atraía era el que se llamaba santero y siempre estaba sentado en su wilaya con un pañuelo rojo en la cabeza y una vela encendida en el pasillito, murmurando rezos que nadie entendía.

Aquel negrazo aseguraba que podía conseguirle una sentencia leve al que esperaba juicio, o una pronta libertad al que ya habían condenado. Lo que más le pedían los jóvenes era conseguirles la fidelidad de sus novias, que al cabo del tiempo se aburrían de visitar a un fantasma, y se buscaban a un macho de carne y hueso. El santero les garantizaba que iba a “trancarles el bollo” y ellos le creían.

–¡Límpiese, mijo, límpiese! –canturreaba mientras hacía al incauto darse vueltas y vueltas en torno a la velita, cuidando de no apagarla, porque si la apagaba era mala señal y el bollo no se trancaba.

Alguien que lo conocía bien decía que jamás había sido santero, y que todo aquello era un teatro, porque la verdadera naturaleza de aquel señor era la bugarronería. Se ganaba con el pretexo de la religión la confianza de aquellos jovencitos recién encarcelados y se los llevaba lejos, fuera de la barraca, a unos matorrales donde según él moraba alguno de sus orishas protectores

–¡Límpiese, mijo, límpiese! –se le oía gritar. Y ya todos sabían lo que iba a pasar allá atrás, lejos de la mirada de los presos y de la guarnición.

El incauto era conminado a desnudarse y tenderse boca abajo, y no tardaría mucho en verse ensartado de mala manera por aquel lujurioso individuo, sin otra alternativa que empezar a menearse con ella dentro, so pena de que le cortara el pescuezo.

En la cárcel no había manera de librarse de todos estos lobos con piel de oveja, de todos estos farsantes. Como dice el guaguancó:

“El preso y el que se muere. No hay cosa más parecida.          El preso y el que se muere. No hay cosa más parecida”.

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