Saturday, November 10, 2012

Pawi Pawi

Nadie escapa a la furia del Cobra.

Y cuando creen que escapan, sus ojos de águila del desierto de Arizona enseguida les dan caza. Se clavan en ellos con la tenacidad de brasas ardientes y ya no se les despegan. Los siguen, les ponen en la precisa mirilla de sus Coles y es entonces que llueve sobre ellos la letal lluvia de plomo:

¡Pawiiii! ¡Pawiiii!

Temprano, y cual un Homero de las planicies camagüeyanas, el preso diminuto y de vientre prominente se acomodaba sobre una piedra, y en medio del círculo de reclusos descamisados, abría su libreta y daba inicio al rito dominical de aquellas lecturas. Como premio, de cuando en cuando algún hermano de cautiverio le arrojaba, de lejos o de cerca, un cigarrito con que animarle.

cowboys

El Cobra, uno los justicieros más ilustres y valientes del Viejo Oeste, renacía cada domingo al calor de estas fumas. Surgía en el horizonte del desierto, envuelto en una plateada bola de polvo y arena, haciéndose cada vez más visible a medida que su galopante caballo Fidel le iba acercando a Mayarí, el pueblecito de Arizona donde transcurrían todas sus aventuras.

Se le veía después saltar con agilidad de la montura, de un golpe, y caer diestramente sobre ambas piernas, junto a su fatigado corcel, para desempolvar después sus ropas con dos simples palmadas. Portaba sus fatídicos Coles sumamente bajos, enfundados en cartucheras anudadas casi a la altura de sus rodillas. Visibles en cada una de ellas, y grabadas con fuego, las características serpientes que le daban nombre al pistolero.

Todos los malvados, acodados a la barra de la taberna donde se desarrollaba un perenne tiro de cerveza y ron, quedaban paralizados al contemplarle. Cada uno tenía sus propias razones para temerle y casi todos se creían capaces de vencerle en un duelo. Craso error. Lo que ninguno sabía era que aquel mismo día acabarían envueltos en una mortaja y metidos en una caja de pino, rumbo al pequeño cementerio de Mayarí.

Porque nomás intentar acercar sus dedos a sus inútiles revólveres el Cobra daría cuenta de ellos sin la más mínima duda o compasión. Sus veloces manos abrazarían en un instante sus resplandecientes instrumentos de muerte, y entonces empezaría a despacharles uno a uno al otro mundo, de donde rara vez ha vuelto alguien.

¡Pawiiii! ¡Pawiiii!

La infernal lluvia de plomo se precipitaba, implacable, sobre el hatajo de canallas, asesinos, asaltantes de diligencias y violadores de doncellas inocentes. Poco a poco se iban desplomando ante el colosal adversario, en posiciones grotescas, expulsando un rojo hilillo de sangre y bilis por sus repugnantes bocas.

Uno de los aldeanos le preguntaba entonces, asombrado, al pistolero, casi al final del cuento:

-Compañero, por favor, ¿cómo usted se llama?

El Cobra guardaba silencio, limitándose a sonreír, satisfecho de su letal cosecha, provocando aplausos y una llovizna de cigarrillos sobre el poeta que semana a semana narraba sus hazañas, escribiéndolas trabajosamente en una libreta, a la luz de una cansada vela y al filo de un mocho de lápiz. Los presos no hubieran podido soportar las penurias de la cárcel sin su justiciero auxilio. Hubieran preferido morir en sueños que verse privados de sus leyendas.

Le llamaban Pawi Pawi.

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