Sunday, December 30, 2012

Antes que se me olvide

virgi

No sé si será verdad (por ciertos lares siempre ronda la leyenda), pero alguien me contó a comienzos de 1980 que meses antes de morir –presuntamente de un ataque cardiaco– el dramaturgo Virgilio Piñera dirigió una carta al comandante Fidel Castro, “presidente de los consejos de Estado y de Ministros” (así me contaron que le tituló, no es descripción mía).

No tengo por qué dudar de la buena fe de mi fuente. Se relacionó con Piñera durante muchos años, aunque no tenía pretensiones de escritor ni de artista. Y a diferencia de algunos que en su momento incluso renegaron de Piñera y le acusaron en declaratorias bajo órdenes o amenazas de la Seguridad del Estado, se mantuvo con firmeza al lado de su amigo en desgracia.

Como no había textos con que acusarle de nada, pues no escribía ni era en absoluto contestatario, apenas un simple anciano homosexual (sólo que con el mismo defecto de un personaje de un relato de Sherwood Anderson, es decir, unas manos demasiado ligeras), mi fuente tuvo la buena fortuna de que el autor de Dos viejos pánicos le abriera acceso a un alma que nunca mostraba a los cínicos colegas que se le acercaban, más para burlarse de él y bañarse en su gloria que para compadecerse de su infortunio. También le confiaba cosas que a otros no se hubiera atrevido.

Desesperado, y después de haber sido amenazado con la cárcel en Villa Marista (donde lo sometieron incluso a la vejaminosa “prueba de la harina”), Piñera creyó llegado el momento de dar una muestra de disciplina y buena voluntad para que, informado de todas la presiones injustas que se le hacían, el comandante Castro interviniese para al menos mantenerle a salvo de las horcas caudinas. (Sabía, o creía saber, que la cárcel hubiera sido su fin, su más escalofriante fin).

La carta, que pocos ojos humanos vieron, fuera de los de su autor y quizás Antón Arrufat, no era del todo sumisa, ni soslayaba los dolores que Piñera sentía que le habían infligido injustamente. Atribuía estos, sin embargo, a “burócratas resentidos”, “malos poetas y pésimos revolucionarios”, y “elementos oportunistas” a quienes citaba por sus nombres, y cuyos defectos políticos –a la luz de la revolución y su doctrina– enumeraba de forma prolija, quizás a veces exagerada.

Lo más significativo de esta misiva, sin embargo, no eran todas estas caracterizaciones derogatorias de algunos colegas suyos, a quienes sus ataques quizás sólo podían beneficiar, sino algunos párrafos que mi fuente describía como un emotivo mea culpa, donde Piñera se disculpaba en mayor medida de ciertas “deformaciones” que llevaba a cuestas, producto de su dependencia de “corrientes filosóficas burguesas al uso” absorbidas en los años previos a la revolución, y que le habrían convertido en un elitista.

Mención aparte, me contó mi informante, merece que Piñera en su carta confesara haber sido un “aprovechado” de pasados regímenes políticos, al dejarse “enchufar” por ciertas relaciones elevadas a fin de desempeñar un cargo en el servicio exterior de la “república mediatizada” bajo los gobiernos de Carlos Prío y de Fulgencio Batista, beneficio que no hubiese podido obtener “sin callar e inclinar la cabeza” ante muchas desvergüenzas que no especifica.

Piñera pedía solamente, me contó la misma fuente, que Castro interviniese personalmente para protegerle de los elementos que aprovechaban su situación para apartarle del justo puesto que merecía “en las tareas culturales” de la nueva época que vivía el país, y que se evaluara con equidad sus aportes, y actos pasados y presentes, de manera que él pudiese reconocer con claridad sus “equivocaciones”, para darles inmediata enmienda.

Ni siquiera en el centenario de su natalicio he oído mencionar este documento, por lo que quizás debo concluir que pudo ser puro invento de mi fuente, si no un delirio de ésta (ya era demasiado viejo cuando lo conocí limpiando pisos en la cafetería Maraka’s, y ya falleció). Eso sí, la fuente me dijo que no existen copias de la carta, y que su original obra en poder del Consejo de Estado de Cuba, presumiblemente en su bien guardado archivo. En todo caso, no puedo evitar dar fe de lo poco que sé y me relataron antes de que acabe el dichoso “año piñeriano”. Ya era hora.

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