Sunday, December 9, 2012

La ratonera

Estimado Sr. Ballagas:

Usted no se puede acordar de mí porque no me conoce. Qué va a conocerme.

Le escribo a la agónica luz de una velita, sumido en un larguísimo apagón y desde la casa que una vez fue suya. Ruego a Dios y a la Virgen, mientras garabateo estas líneas, que la tiniebla que nos envuelve hace varias noches no acabe por ofuscar los restos de cordura que todavía afincan a mi padre a esta vida de perros. Pido más, señor Villegas: que cuando amanezca, o mejor, simplemente se restablezca el fluido eléctrico, no tengamos que lamentar peores desgracias de las que ya hemos conocido; que en su momento esta súplica llegue a sus manos sin contratiempos, y habiendo tocado su noble corazón, alcance librarnos, al fin, del cruel suplicio que padecemos.

Comprendería si al cabo de los años, y en la nueva vida que seguramente ha forjado para usted y los suyos al abrigo de otras tierras, su alma albergara hacia nosotros la repulsa más profunda. De sobra sé que lo merecemos. Pero errar es de humanos, y no le quepa duda, señor Vallina, de que cada día lo entendemos mejor. Si alguna vez, sin saber lo que hacíamos, nos atrevimos a profanar su domicilio e incluso pisotear algunos de los tesoros personales que dejó atrás, créame que a estas alturas no podemos arrepentirnos más, y que en el castigo, como pronto se dará cuenta, llevamos desafortunadamente la penitencia.

Le escribo yo con este mocho de lápiz, porque mi padre no puede. No es que le falte voluntad, pero cada vez que lo intenta los dedos se le encangrejan. Y esa maquinita que usted dejó entre sus cosas, señor Becerra, y que él se empeña en usar, no responde tampoco. Las teclas se han puesto demasiado recias, quién sabe por qué, y no ceden al simple tacto. Hay que darles muy duro para arrancarles una sola letra, por no hablar de una palabra tan larga como es “perdón”.

Mi padre trata, pero las fuerzas le fallan. Es como si la maquinita lo rechazara, y al final le venciera. Después, le entran esas convulsiones a las que tanto temo y de las que nunca parece recuperarse completamente. Cuando se le pasan, se queda quieto en el sillón y calladito, con los ojos clavados a la pared de la sala donde está el cuadro con ese paisaje desolador que usted debe recordar, como si quisiera irse para allí, donde sólo Dios sabe lo que le espera.

Lo que pasa es que su casa nunca nos vino bien, señor Valbuena. Maldita la hora en que nos tocó habitarla. Mi madre, que en paz descanse, se lo olió desde un principio. Desde que nos entregaron las llaves y nos dijeron que era nuestra, sin serlo. Ella, la pobre, tenía ese don de prever las cosas que Dios da a alguna gente. Se lo advirtió a mi padre, pero él no hizo caso, por testarudo.

No le prestó atención cuando dijo que esa extraña pintura de la sala no le daba buena espina, y que al mirarla se erizaba de pies a cabeza, como si hubiera pisado una tumba sin querer y el muerto le pidiera cuentas. Mi padre se echó a reír, igual que cuando ella le dijo que había que darle una satisfacción a aquel altar que ustedes tenían en el fondo, en uno de los cuartos, y que nosotros, niños estúpidos al fin, habíamos echado abajo con santo, piedras, soperas, y todo. Nos pareció una gracia. Y ya ve, todos hemos sufrido las consecuencias.

Nunca hemos respirado buen aire en su casa; tampoco hemos podido comernos en ella con tranquilidad un simple plato de arroz y frijoles, ni hemos cabido completamente en sus muebles. No nos han alegrado sus adornos ni hemos visto siquiera algo agradable por cualquiera de sus ventanas en todo el tiempo que llevamos aquí. Nos ha faltado siempre salud, paz y desenvolvimiento, señor Villaverde. Y lo peor es que ya no hay sitio donde mudarse y tampoco fuerzas para hacerlo, si lo hubiera. Esto, para nosotros, se ha vuelto una ratonera. ¿Quién lo iba a decir?

Yo creo que los techos que ponemos sobre nuestras cabezas se parecen en eso a la ropa, que por más que se ajuste a nuestra talla, si antes ha sido ajena, nunca nos viste bien. Por más que alguien nos la regale o nosotros nos la robemos, la ropa del prójimo nos sobra o nos ahoga. Hay algo en ella –una huella vieja, un hálito contumaz, quizás una pátina– que nunca se desvanece completamente y luego nos persigue, no se nos despega, como un fantasma o un hechizo. Qué sé yo.

Ni siquiera hemos podido disfrutar aquel patio grande, verde donde usted seguramente jugaba de niño. ¿Se acuerda? Ahora parece un potrero, señor Villamil. Tenemos que andar con cuidado para no hincarnos los pies con las latas o los fondos de botellas rotas, y espantar a los animales que se meten en él a toda hora, a cagar, a parir, a morirse.

Porque ya no hay rejas para protegerlo. No sé si aún recuerda las que había: enroscadas, hermosas, bien trabajadas a pulso, fuego y martillo. Pero con el tiempo se han ido poniendo mohosas, por la falta de pintura y el aliento de sal que sopla de la playa. Y se fueron cayendo en pedazos después, o la gente se robaba los hierros para venderlos. Todo se lo llevaban y uno se hacía la vista gorda. Total. ¿Para qué quiere uno rejas, si todos nos hemos vuelto simples intrusos dentro de cuatro paredes que tampoco nos pertenecen?

Las luces parpadearon hace un momento, pero se volvieron a apagar casi enseguida. Fue falsa alarma. Aquí siempre pasa lo mismo: breves chispazos en medio de tinieblas que parecen perpetuas. Como dicen, la alegría dura poco en casa del pobre. O sólo lo suficiente como para que nos hagamos ilusiones y el desengaño sea entonces más cruel. Por eso ya no me importa si las bujías arden o se funden. Trato de desentenderme, hago acopio de indiferencia; pero eso es flaco consuelo para quien padece resignado en la sombra, como yo.

¡Qué triste es comprender que nada cambia y las cosas sólo se pueden poner peor de lo que están, señor Valverde!

De cualquier manera, mi padre no ha dejado de mirar al cuadro. Parece como hipnotizado. No sé cómo se las arregla para distinguir algo en semejante oscuridad. Yo a veces no me puedo ver ni los dedos. Ha de haber desarrollado ojos de gato o de murciélago, como muchos de los que hemos padecido tantos apagones. Uno aprende a ver las cosas acariciándolas con las puntas de los dedos, o aguza el oído para saber si se acerca algún pillo; desarrolla un sexto sentido, ojos diferentes. No queda de otras.

Porque cuando la luz vuelve al fin, señor Vilardel, siempre nos damos cuenta de que algo falta. Puede ser un mueble, un búcaro, una prenda, una pieza de ropa cualquiera… o hasta dinero. Amanece o se encienden las bujías de repente, y entonces nos miramos unos a otros, restregándonos los ojos, y no podemos evitar las dudas. Nos palpamos los bolsillos, las carteras, porque la gente se ha vuelto muy sinvergüenza aquí. No nos atrevemos a acusarnos, pero las sospechas nos invaden, no nos dejan tranquilos y nos pasamos luego la vida recelando unos de otros, escondiéndonos las cosas, reprochándonos, como si no fuéramos familia. ¿Qué le parece?

Así fue como se perdió mi hermanito: después de un apagón, nunca le volvimos a encontrar. De pronto vino la luz y ya no estaba, y por más que buscamos dentro y fuera de la casa, no apareció. Los vecinos no lo habían visto tampoco, o por lo menos eso dijeron. Aquí no se puede confiar en nadie ya. La gente miente hasta por gusto, por conveniencia y sobre todo por miedo. No dejó rastro el pobrecito, y la policía, después de investigar, nos dijo que se lo habían llevado los brujos.

¿Brujos? Qué brujos ni qué ocho cuartos. Yo no lo creí, señor Villorín, y mi padre tiene una teoría diferente, ¿pero quién sabe? De un tiempo acá, suceden tantas cosas raras... Mi madre, llena de furia y dolor, esperó al próximo apagón para hacer lo que hizo en el mismo cuarto donde estuvo el altar. La encontramos allí al amanecer, balanceándose en el aire, con los ojos muy abiertos y las manos aferradas a la soga que le atenazaba el pescuezo, como si a última hora se hubiera arrepentido de matarse y hubiera querido llamarnos o decirnos al menos adónde se iba. Vaya usted a saber.

No lo digo por ofender –y si usted lo ve así, de rodillas le pido que me disculpe, no es mi intención– pero ahora que lo pienso, creo que usted nos dejó ese cuadro en la sala como una trampa, señor Velarde. No me parece que lo hizo adrede claro, porque usted es una persona decente, pero tiene ese mal efecto. Cualquiera que entra a la casa tiene que mirarlo, a pesar del desagradable color verdinegro de sus trazos y formas.

¿Y qué me dice del riachuelo tenebroso que le corre por el medio, fluyendo como en zigzag desde un horizonte manchado de nubes y pajarracos de tormenta? ¿Y de los árboles secos, medio muertos, que surgen aquí y allá en el paisaje yermo, con unas ramas que parecen clamar por agua, sin esperar que el cielo aplaque su sed?

Uno tiene que mirarlo aunque no le guste. Uno se queda bobo siguiendo los vericuetos del río, observando las malas señas que parecen hacer los nubarrones, y cuando al fin uno despierta de ese fatal ensueño, no sabe el tiempo que ha pasado mirándolo. Ni se acuerda siquiera. Esa pintura tiene algo que no parece natural, señor Villanueva; un magnetismo raro, casi maligno.

Por eso mi padre cree que en alguna parte de ese paisaje va a encontrar a mi hermano. Piensa que está allí el pobrecito, extraviado y sin rumbo. También asegura que mi madre no está en el cielo, con Dios, sino atrapada entre las figuras horrendas de ese cuadro, que no la dejan irse. Se pone de pie, camina hasta la pintura y señala un lugarcito que está a mitad de camino entre uno de los árboles y la orilla pedregosa del río. Toca con un dedo una sombra pequeñísima que encuentra en ese pedazo, y dice: “Míralo, está ahí. ¿No lo ves?”. Después apunta a una mata que se ve más arriba, raquítica, casi negra, un esqueleto de árbol, y dice que mamá está ahí, colgando de una de sus ramas. “¿Ves esa sombra? ¿Esa sombra que da vueltas en la guásima?”, me pregunta.

Y por más que miro, señor Valcárcel, no veo nada de lo que dice. Sólo borrones negruzcos que ni siquiera tienen forma humana; pero no me atrevo a contradecirlo, no vaya a ser que le vuelvan los temblores y acabe de perder la razón. Le digo que sí, que los veo, que están ahí mismo donde él dice, mi hermano caminando solito, siguiendo el rumbo del río, y mamá guindando de la mata, llamándonos con la voz ronca de los ahorcados. Nunca le llevo la contraria tampoco cuando me dice que un día se va a ir a rescatarlos, a sacarlos de ese mundo remoto adonde han ido a parar, por culpa de la maldita oscuridad y nuestra falta de vigilancia. Me da miedo, eso sí. Con lo cabezón que mi padre es, capaz de que se empeñe en irse, y lo haga no bien sea de noche otra vez y yo me distraiga.

Así que aquí me tiene, esperando y listo para lo peor. No me atrevo a cerrar los ojos por miedo a dormirme. ¿Quién sabe qué podría ocurrir si me descuido? Escribo como puedo, atento a los renglones pero sin quitarle los ojos de encima a la sombra escuálida en que se ha convertido mi padre. No me atrevo ni a pestañear, porque aquí las cosas pasan demasiado aprisa y ahorita lo vi temblar.

Mala señal. De esa manera es que le empiezan las convulsiones. Alza un brazo, apunta al cuadro con un dedo y después empieza a agitarse poquito a poco, de la cabeza a los pies, hasta que tengo que echármele encima y abrazarme a él, para que no caiga al piso y se haga daño. Es como una epilepsia fuerte y nada aplaca sus estertores. Hemos probado con todo. Ahora, sólo puedo rezar y abrazarlo. Un Padre Nuestro despacio y muy callado, para que no se enteren los vecinos chismosos.

El forcejea, trata de zafarse, sin dejar de apuntar al cuadro, y grita entonces que lo suelte, que se quiere ir, que va a rescatar a mi hermano de ese infierno, y darle cristiana sepultura a mamá. Pero imposible Yo sé que si lo suelto, si lo dejo ir adonde él quiere, lo voy a perder para siempre, y el próximo en caminar como un sonámbulo hacia ese laberinto de negrura y espanto voy a ser yo. Y yo soy demasiado joven para acabar allí, señor Villalba. Quiero vivir, tengo derecho; no quiero que la noche me trague, como ya le ha pasado a tantos otros.

Por eso es que le escribo alumbrándome tan mal, con la esperanza de que estas modestas líneas le hagan compadecerse de quienes vivimos atrapados en esta ratonera. Nunca quisimos habitar su casa ni profanar sus memorias, y mucho menos el altar de sus santos, créame. Atravesamos su puerta por codicia equivocada, es verdad, pero si nos dejan, ahora mismo nos largamos de donde nunca nos debimos meter. Montamos lo poco que nos queda de lo nuestro en una carreta y nos vamos a otra parte, como usted mismo hizo. Total, nada puede ser peor que estas sombras que nos envuelven ahora, y ese miedo constante a apagarnos cuando el sol o las bujías se enciendan. Hemos pagado ya con creces aquel sacrilegio, ¿no le parece?

Así que, si puede, tenga a bien perdonarnos, señor Villafaña. Apiádese pronto de nosotros. Se lo ruego yo, que por mi edad, poco o nada tuve que ver con esas afrentas que usted no olvida.

Levante, por Dios, esta maldición horrible que nos abruma y desgasta.

Deshaga, se lo suplico, el hechizo que nos tiene sumidos en tan negro pozo, y sobre todo, líbrenos del magnetismo maléfico de ese cuadro que usted nos legó, quizás sin mala voluntad, y que ahora nos seduce y devora.

Ya es demasiado castigo, señor Ballagas. Demasiado…

© Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización escrita del autor.

El relato La ratonera forma parte de un libro en progreso de próxima publicación, titulado Malas lenguas.

1 comment:

  1. Interesante y realista historia, de la demencia causada por el Comunismo a la canona, ese delirio Yo lo llegue a pasar y estuve hasta desquiciada cuando llegue aqui, al punto de que el transito y los carros me daban terror.
    La angustia viene por todo lo que no podemos decir ,o que decimosa media, creeme te entiendo, porque a traves de este cuento, me pregunto...quien estara viviendo en mi apartamento en la Plaza de la Revolucion?

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