Tuesday, January 1, 2013

Cordillera

De noche, por la fría y estrecha franja de la Carretera Central, un monstruo de ocho ruedas irrumpe de pronto en la oscuridad, alumbrándola fugazmente con dos ojos enormes, antes de esfumarse enseguida en la tiniebla.

La mujer aparta la vista un instante de la costura, el hombre cierra el periódico, atento al rugido que se aleja, el niño alza una mano y apunta al este, adonde ve dirigirse la rastra que pasa, que ya pasó, como todas…

rastra

Los perros ladran, persiguen a la intrusa, pero se detienen al fin, al borde mismo del poblado, envueltos en una nube de polvo y gases. Ha sido falsa alarma y regresan, meneando los aletargados rabos, a sus casas.

Ignoran todos –hombres y bestias– que dentro de la rastra del Combinado Cárnico se amontonan, unos contra otros, por lo menos dos centenares de sudorosos hombres uniformados de azul. Es la cordillera. Un preso le dice a otro que aún otea por un agujerito abierto con un clavo en la pared de metal:

“¿Viste a alguien?”.

Manolito contesta: “Sí, había luces, perros, gente”.

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