Sunday, January 27, 2013

La profecía

Dicen que tenía un don. Algo. Que veía las cosas cuando otros ni se las imaginaban. Lo mismo en la palma de una mano que en la borra del café. O en pedacitos de cocos. También en sueños. Siempre daba en el clavo, decían los presos. Todos en el penal lo consultaban.

Manolito no creía en él, pero de todas formas fue a verlo. Vivía en la barraca de los cabilleros y soldadores.

Lo encontró sentado en una litera de planta baja, preparándose una sopa de gayo con agua, azúcar prieta y pan viejo. Le preguntó qué quería y siguió revolviendo la templa con un cucharón.

Manolito le enseñó un papel fino, muy gastado, la copia de su encausamiento. El fiscal le pedía seis años.

–¿Por qué es esta causa? –preguntó el vidente, que no prestó demasiada atención al documento.

–Diversionismo –contestó Manolito.

–Es poquísimo –le dijo el otro entonces– Te puedes dar con un canto en el pecho. En mis tiempos pedían mucho más por hablar mal del gobierno. Veinte, treinta… El palito…

Manolito le explicó que precisamente por eso estaba preocupado. Se olía que la petición fiscal, tan baja, era una equivocación. Su caso era grave.

–Yo creo que me van a echar más –dijo– Mucho más. El doble o el triple de eso.

El vidente se llevó el jarro a los labios y saboreó el menjunje, pensativo. A esa hora, la barraca estaba alborotada y había que hablar casi a gritos. La mayoría de los presos no se había terminado de bañar. Tenían hambre también. Iban de un lado para otro con toallas viejas, vociferando, insultándose…

–Déjame ver –el otro dijo de pronto. Le tomó la mano derecha y entrecerró los ojos.

Manolito casi pega un brinco. El gesto no le gustó. En presidio había muchos maricones.

–¿Qué ves? –le preguntó después, impaciente.

–Calles, muchas calles, campeón… –murmuró el vidente.

–¡No te oigo! –chilló Manolito.

–¡Te vas para la calle, coño! –gritó el otro entonces– Veo carros, ventanas, jardines, gente paseando, fondas y muchas hembras ricas… ¡Te vas!

–¿Tas seguro?

–Te habla uno que no se ha equivocado nunca –respondió el vidente, soltándole la mano. Manolito se puso contento y le regaló par de cigarros. El otro se puso uno detrás de cada oreja.

Tres días después lo condenaron a veinte años.

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