Wednesday, January 23, 2013

Oferta de trabajo

Pocas semanas después de llegar, un extraño tocó a su puerta.

Era un anciano de aspecto más bien ordinario y modales amables, en traje de tres piezas, que enseguida se excusó por hablar sólo inglés. Cargaba un maletín, ligero y elegante, de esos que llaman attaché. Le explicó que había dado con él a través de un amigo común, y tenía un asunto importante de que hablarle.

A Manolito le sorprendió mucho la visita. Muy pocos conocían su dirección en aquella ciudad, en aquel país. Después de todo lo que les había ocurrido, y de tantas peripecias y peligros, ni su mujer ni él se confiaban demasiado. Rehusaban, de momento, todo trato con desconocidos.

Manolito hizo pasar al viejo a la sala del pequeño apartamento, le indicó un asiento y se acomodó él en un sillón, más bien cerca de la puerta. Su mujer no estaba en la casa; había salido a hacer unas compras.

–¿Qué se le ofrece? –le preguntó entonces, a bocajarro.

El viejo le explicó que era un consultor.

–Busco talentos para el sector privado y el gobierno –le dijo– Su amigo me habló muy bien de usted.

–¿Qué amigo? –Manolito preguntó.

–¿Qué más da? –respondió el viejo– Lo recomendó mucho y me contó todo lo que usted y su familia sufrieron. Lo mal que les trataron. Eso me basta.

–No entiendo –repuso Manolito.

–Usted está motivado –siguió diciendo el viejo– Además de talento, tiene conocimiento de primera mano sobre lo que pasa allá. También cuentas pendientes que le gustaría cobrar. Eso es bueno.

–No soy vengativo –repuso Manolito.

El viejo insistió.

–Puede que sí –dijo– Pero estoy seguro de que lo que le voy a proponer va a interesarle. También hay dinero de por medio.

Abrió entonces el maletín. Era de esos que tienen combinación numérica, como una caja fuerte. Sacó de él un sobre, y del sobre, después, un papel con algo impreso. Se lo pasó a Manolito. Era un cheque por una buena suma.

–Es un retainer –explicó el viejo. Y como vio que Manolito no entendía, le dijo que era una especie de adelanto, para que estuviera disponible cuando le necesitaran. Sólo tenía que firmar el recibo, agregó, apuntando a la parte superior del documento.

–De más está decir que esto es algo muy confidencial –dijo el viejo– No es para contárselo a cualquiera, es secreto. Su firma es su consentimiento.

Manolito frunció el ceño. Si su mujer hubiera estado allí, pensó. El dinero no les vendría mal. Lo único que se le ocurrió fue ofrecerle café al visitante.

–Gracias, pero soy diabético –contestó el viejo– Además, ando apurado. Tengo que llevar su respuesta enseguida a mis jefes. ¿Qué me dice?

El viejo le tendió un bolígrafo y él firmó entonces, sin dar más vueltas al asunto, apoyándose sobre una revista que encontró a mano. Después, los dos se estrecharon las manos. El viejo se puso de pie y se encaminó a la puerta.

–Un momento, señor –dijo Manolito, alarmado– Todavía no me ha dicho lo que tengo que hacer.

–Esperar –respondió el otro, antes de cerrar la puerta.

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