Sunday, January 13, 2013

Retrato del artista cuando niño

El siguiente relato forma parte de una obra que quizás nunca termine, mi autobiografía. Al fin y al cabo, como saben quienes leen este blog, me he saltado ya algunos capítulos que me parecieron aburridos, y he publicado aquí ciertas memorias inaplazables. En todo caso, este es el comienzo del primero:

Mi vida no tiene nada de extraordinario. Aun así, no faltarán quienes me la envidien. Así de estúpida y mezquina es la humanidad.

Basta que nazcamos en el seno de una familia educada y decente para que la chusma enfile contra nosotros sus cañones, cargados de maledicencia y resentimiento. No importa si en la balanza de nuestra existencia pesa más la amargura que el dulzor; así y todo, codician nuestra historia, nuestras esencias vitales. Quieren ser nosotros, pero no pueden. La canalla aborrece su propia estirpe, pese a que siempre finge, en lo externo, un desaforado desdén por las jerarquías. ¿Qué se va a hacer? Nadie es dueño de escoger su linaje. Son obras de la Providencia.

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Yo, por ejemplo, nací a la aristocracia de las letras. Mi padre, Emilio Ballagas, fue un poeta y escritor famoso, además de un prestigioso catedrático. No tuve tiempo de conocerlo bien y no pasa un día sin que lo lamente. Tengo entendido que era brillante y, sobre todo, una persona de bondad extrema. Algunos de sus versos están entre los mejores de la poesía castellana. Murió muy joven, casi de cuarenta y cinco años, y a su sepelio asistieron ministros y embajadores. También –hay que decirlo- algunos revolucionarios y comunistas, amigos de su juventud.

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Mi madre, Antonia López Villaverde, sin ser una intelectual, tenía dos doctorados, había estudiado griego y latín, y además hablaba sin traza de acento el inglés, idioma que siempre fue, más o menos, su primera lengua. Jamás publicó un libro, ni siquiera alguno de esos vanos intentos literarios a los que son tan dadas las esposas de los escritores; pero siempre alentó en mí el afán por la lectura y el conocimiento. “Tienes que ser un hombre culto”, me decía a menudo.

Huelga decir que me crié entre libros, en el mejor y peor sentido de la palabra. Y es que todo lo que importa no está encerrado entre las tapas de un clásico ni en la avalancha de palabrería que colma nuestra memoria al cabo de muchas noches de insomnio, sumidos en la lectura. Las bibliotecas suelen darnos perspectiva y conocimientos, pero sólo la vida y la experiencia nos dotan de la astucia necesaria para sobrevivir en un mundo plagado de gente malvada y torpe.

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Yo tuve quizás la desdicha de leer demasiado, demasiado pronto. Cuando otros apenas eran capaces de recitar la cartilla, yo ya me sumergía en el fabuloso laberinto de la mitología griega; reverenciaba a Atenea e idolatraba a Aquiles, como otros vivían fascinados con Marvila y Supermán. Mientras algunos de mis contemporáneos todavía trataban de descifrar las palabritas que adornaban las cubiertas de sus cuadernos escolares, yo me deleitaba con una versión infantil de El Quijote.

No puedo decir exactamente cuándo aprendí a leer. Fue como un rayo que me fulminó de pronto. Una especie de epifanía precoz.

Una mañana estaba en casa de mi abuela, tomando una taza de café con leche en el comedor y repasando con ojos curiosos las páginas de un periódico, cuando aquel amasijo de letras y signos impresos cobró para mí un repentino sentido. Atónito, me escuché decir en voz baja: DIARIO LA MARINA. Todavía sin creerlo, repetí despacio: DIARIO... LA... MARINA... Pasé rápidamente a otra página, llena de esquelas mortuorias y filigranas sombrías. DIOS... SACRAMENTOS... PAPAL... SEPULTURA... MISA... Brincaba ahora de palabra en palabra, seguro de que me había equivocado. Pero no. Los grupos de letras se repetían en distintas partes de la página y se escribían igual. ¡Eran las mismas palabras!

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Entusiasmado, pero todavía incrédulo, eché a un lado aquella parte del diario y tomé la única que verdaderamente me gustaba, llena de colores, personajes graciosos y aventuras: los muñequitos. Conocía los temas, y hasta tenía mis preferencias (Aguilucho, Fulanita y Zutanito), pero siempre me los tenían que leer. Ya no.

De pronto, arrojé todos aquellos papeles y salté de la silla dando gritos estentóreos.

-¡Sé leer! ¡Sé leer!

3 comments:

  1. ¡Hermosa historia de un evento tan importante en la vida de un escritor!
    Gracias por compartirlo.

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  2. Ya lo dije. La chusma enfila contra mí sus cañones:

    "¡Hermosa historia de un evento tan importante en la vida de un imbécil... digo de un escritor!
    Esta es mi parte preferida: "Basta que nazcamos en el seno de una familia educada y decente para que la chusma enfile contra nosotros sus cañones, cargados de maledicencia y resentimiento".
    ¡Qué clase de engreído es usted, compadre! ¡Así que la chusma enfila contra usted sus cañones? Je je je je je je... ¡Zanaco!"

    Gracias por el comentario, señor anónimo... y siga leyéndome.

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  3. Siguen los envidiosos. Insiste la chusma. Cómo les duele que alguien escriba mucho mejor que ellos. Pero sobre todo, cómo les duele la buena cuna, el linaje hermoso... Por eso insisten en leerme, a pesar de toda la rabia que les inspiro. Miren lo que dicen:

    "Pedantería no es sinónimo de educación o cultura y, lamentablemente, el talento no se hereda".

    Pues sí, no se hereda, pero se tiene. Eso sí, las memorias y la estirpe, la aristocracia de espíritu, esas no las tendrán nunca. ¡Y eso que es solo el comienzo de mis memorias! Las falta la mejor parte...

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