Tuesday, January 29, 2013

Un episodio olvidado

Cuentan los chismosos que cierta vez, acabada la representación y habiéndose esfumado ya la audiencia al filo de la medianoche, el enfant terrible de las letras cubanas se disponía a quitarse la larga peluca rubia y limpiarse la cara del rouge, el creyón labial y otros indispensables cosméticos, cuando escuchó un fuerte e incesante tocar a su puerta.

No se molestó en mirar por la ventana ni en preguntar prudentemente de quién se trataba. Supuso que a su amigo del alma y mecenas de esos tiempos, al homme de lettres Pepe Rodríguez Feo, quizás se le había olvidado algo, o simplemente quería comunicarse con él en privado, lejos de sus amigos ricachones; de modo que abrió la puerta sin precaberse.

Lo que ocurrió después forma parte del abundante tejido de fábula y leyenda que a lo largo de muchos años se ha ido hilvanando en torno a la vida del padre del teatro moderno cubano y maricón extraordinaire, y no debe darse por sentado que algo semejante haya podido sucederle realmente, al menos en la forma que suele narrarse en ciertos círculos, donde privan la exageración, la burla, y, por supuesto, también la fantasía desbocada.

Virgilio, dicen los tejedores de leyendas, se vio de pronto enfrentado a uno de los rostros más maltratados e intimidantes que jamás hubiera visto –ni siquiera en los peores arrabales de París y Buenos Aires, donde vio muchísimos- y como era de esperar, se llenó de espanto y trató de cerrarle la puerta en las narices al intruso. Pero éste la echó abajo enseguida de una contundente y brutal patada; de modo que el infeliz autor de Electra Garrigó, Una caja de zapatos vacía y otras obras seminales de la dramaturgia cubana quedó de repente a la entera merced de aquella fiera.

-¿Quién es usted? –chilló Virgilio, encogiéndose en un rincón de la sala- ¿Qué quiere de mí, por Dios? ¡Déjeme, suélteme!

El intruso, un mulatón achinado de pocas palabras y pésimos modales, que a su mala catadura sumaba una musculatura impresionante –propia de un estibador o cualquier trabajador manual de esa índole- se abrió paso en la casa a empujones y se arrojó enseguida sobre su presa, tomándola con fuerza increíble por el pescuezo.

No valieron las protestas ni las súplicas del padre del teatro moderno cubano; tampoco sus continuos gritos de auxilio, que a esas horas y en aquel apartado lugar cayeron, por lo visto, en oídos sordos. Nadie acudió en su ayuda ni su captor dio muestra alguna de compasión.

Con una saña bestial salpicada de crueles carcajadas, hizo pedazos el elegante négligée que por toda vestimenta llevaba Virgilio puesto, reduciéndolo a un puñado de gasas, sedas y plumitas. Entonces, le arrancó de un tirón la peluca rubia, y luego de cubrir a su temblorosa víctima de bofetones, improperios y escupitajos, la arrojó sobre el diván de La Voix Humaine. Sin más contemplaciones, y con la misma violencia demencial que antes había irrumpido en su casa, la tumbó después boca abajo y allí lo clavó despiadadamente a la fuerza.

Más tarde, tumbado en la camilla de una casa de socorros en la calle Carlos Tercero, y aplacados sus dolores y lesiones por analgésicos, sueros, supositorios, apósitos y vendajes, Virgilio se enteraba de la verdad. Su mecenas y amigo del alma, Rodríguez Feo, había querido darle una grata sorpresa aquella noche, y el intruso violador, el de los músculos de obrero manual, había recibido una enorme remuneración por sus servicios que en esos mismos momentos se gastaba en un bayú del puerto, rodeado de hembras sabrosas. El padre del teatro moderno no lo podía creer.

-Es un salvaje, en esta gentuza no se puede confiar… –decía Pepe sin cesar, tratando de consolar al autor de Dos viejos pánicos.

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