Tuesday, February 26, 2013

¿Te acuerdas de tu amigo?

El uniforme era amarillo, incómodo y ridículo. Era como un overol enorme sin mangas ni bolsillos en que su cuerpo hubiera podido caber dos veces. Hacía como un mes que lo llevaba puesto. Como le habían quitado los cordones de sus zapatos, Manolito sentía que se iba a caer con cada paso que daba.

–Hay alguien que quiere verte –le había dicho el oficial. Ahora iba caminando con él, a su espalda.

Hacía rato que deambulaban por aquellos pasillos, sin detenerse. ¿Dónde estaría su celda? Parecían dar vueltas y vueltas sin llegar a parte alguna. La Villa era un verdadero laberinto.

–Párate aquí –le dijo al fin el oficial. Le señaló un tramo de pared cercano a una puerta sin pomo ni cerradura visible, pintada de un gris claro. Manolito obedeció.

–Baja la cabeza –le ordenó entonces el oficial, y tocó dos veces a la puerta.

Manolito no pudo ver cómo se abrió. Fue casi enseguida, con un zumbido parecido al de un mecanismo eléctrico. Un frío muy intenso brotó inmediatamente de la oficina.

–¿Te acuerdas de tu amigo? –le preguntó el oficial, acercándolo a la puerta de un empujoncito.

La fuerte luz neón lo deslumbró primero, pero luego se dio cuenta de quién era.

–¡Manolito! –exclamó el vejete escuálido y calvo al verlo. Se incorporó como un muñeco movido por un resorte. Aferraba un viejo paraguas contra su pecho y sus ojos estaban húmedos, como si hubiese acabado de llorar hacía poco.

–Díselo –le ordenó entonces el oficial– Díselo tú, a ver si te hace caso este cabrón.

El viejo cruzó una mirada con el militar, pero enseguida bajó los ojos.

–Es por tu bien, Manolito –dijo de pronto– Déjate de tonterías. La revolución va a ser generosa contigo, como lo ha sido conmigo. Reflexiona. Tú no eres un enemigo, no puedes serlo.

Manolito quedó atónito.

–¿De qué coño tú hablas, chico? ¿Qué tú haces aquí? ¿Quién te mandó? ¡Qué enemigo ni qué ocho cuartos! –gritó a voz en cuello. El oficial lo vio manotear y se colocó entre Manolito y el viejo.

–¡No hagamos más daño, por Dios! –gimió el viejo, encogiéndose detrás del oficial– Diles dónde están tus papeles. Ya yo lo hice. Abrele tu corazón a Fidel. ¡Es la única manera de que se acabe esta pesadilla!

El oficial no pudo aguantarlo más. El empujón que le dio fue demasiado fuerte. De un brinco, Manolito se arrojó después sobre el sollozante vejete, cubriéndolo de insultos, puñetazos y escupitajos.

–¡Qué asco me das, Virgilio, qué vergüenza! –pudo gritar todavía, antes de que el oficial se lo llevara arrastrado y pateando hasta la celda.

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