Thursday, March 21, 2013

Dos en uno, uno en dos

El preso tenía dos nombres. Uno, el que le habían dado; otro, el que él mismo se dio. Nada sorprendentemente, el segundo era sonoro, hermoso, aristocrático. Definitivamente, no es lo mismo llamarse Enidio Corrales Campillo que Rodolfo Palermo Gales. Oiganlo bien: Rodolfo... Palermo... Gales. ¿Entienden?

Enidio Corrales Campillo era un penado de poca monta en el extenso sistema penitenciario cubano. Escuálido, rapado. Un reo de delito común, nadie se acuerda ya de qué delito. Nada en exceso denigrante, pero tampoco algo muy enaltecedor que digamos. Quizás hurto o robo con fuerza en las cosas. En todo caso, purgaba una sanción relativamente pequeña según las normas cubanas de sentencia, dentro de las cuales, como se sabe, a cualquiera le espantan diez o doce años de cárcel por ayudar a una vieja a cruzar la calle. Han de haber sido cuatro o seis años, no mucho, por un delito pendejo y nada político.

Rodolfo Palermo Gales, en cambio, no parecía padecer castigo alguno, ni haber cometido otro crimen que ser alguien decididamente superior. Si se hallaba recluido en aquel infecto campo de trabajos forzados en la chata provincia de Camagüey era por pura casualidad y casi por propia voluntad de alternar con gente de más baja estofa que la suya.

No podía haber, pues, gente más diferente, en bajeza o alcurnia, que Corrales Campillo y Palermo Gales, por más que ambas identidades habitaran una misma armazón de carne y hueso. Y jamás hubiera tropezado la una con la otra salvo que mediaran las fatales circunstancias que me dispongo a narrar a continuación, y que se dieron una tarde de esas, muy aburrida, en pleno Kilómetro 11 de la Carretera Central vía oriente, en un campo de trabajos forzados de Camagüey nombrado El Anoncillo, si mal no recuerdo.

El teniente de primera Dagoberto Vega, jefe de control penal de aquel campo, se encontraba en aquel preciso momento, cuando los buitres ponen sus alas en cruz en cualquier poste para refrescarse, y cuando el asfalto reverbera al calor de sol, distorsionando la vista en calles y carreteras, absorto en la contemplación de un curioso expediente que había abierto sobre la mesa de su oficina. Al mismo tiempo, su vista se paseaba por otro expediente menos abultado, procedente de la oficina de fuerza de trabajo del campo, que se abría justamente al lado del otro. El primero correspondía al preso llamado Enidio Corrales Campillo y el segundo al recluso albañil Rodolfo Palermo Gales.

Normalmente, tales expedientes no se hubieran comparado. El teniente Vega jamás habría mirado el expediente laboral de aquel recluso, salvo por un hecho que se le antojaba sumamente curioso. Enidio Corrales Campillo constaba plenamente como un preso recluido en aquel campo de reeducación, pero por alguna razón no se hallaba registrado en ninguna de las brigadas de trabajo adscritas al centro, como correspondía, mientras que Rodolfo Palermo Gales, uno de los mejores albañiles de aquel centro de construcción de vaquerías y miembro de la Brigada Cuatro, no tenía expediente alguno en los minuciosos archivos de aquella oficina de control penal.

Hacía varias horas que el teniente Vega había llegado a una insólita pero muy acertada conclusión. Ni él mismo se daba cuenta pero era así: Corrales Campillo y Palermo Gales eran una sola y misma persona, por más que sus nombres difirieran, y los datos y expediente de uno y otro no se hallaran en todos los archivos, como dictaba la ley. A Vega –que estudiaba francés por las noches y aspiraba a llegar a coronel del Ministerio del Interior- se le antojó que la mejor manera de constatar esto era convocar a ambos reclusos por el altavoz del campo, y observar cuántos reclusos se presentaban, para luego interrogarles y llegar al fondo de aquel misterioso asunto, si es que eran dos y no uno, como él sospechaba.

Hecha la gestión desde la caseta del oficial de guardia, donde se encontraban los controles del único altavoz de El Anoncillo, el teniente de primera se sentó a esperar. Mientras aguardaba, se percató de otro detalle alentador: Palermo Gales era un recluso ejemplar, a juzgar por los reiterados informes de su reeducador, que elogiaba siempre su disciplina, sus corteses modales, y sobre todo el caudal de conocimientos que compartía con los demás presos, a quienes adiestraba en su oficio y alentaba a hacerse de cultura y buena educación. Lamentablemente, no había informes continuados de Corrales Campillo. Después de un formulario inicial de ingreso completado en la Prisión de La Habana, la pista de su expediente se hacía tenue, como si se hubiera esfumado en algún momento, para abrir paso al otro.

-Permiso, teniente.

La frase lo sobresaltó un poco, pero no demasiado. El teniente alzó la vista y miró al recluso que pedía entrar a su oficina, cuadrado casi militarmente a su puerta.

-Puede, recluso –se limitó a decirle, mientras con un gesto le indicaba que podía sentarse en una silla de tijera que había dispuesta frente a su mesa.

-Dígame... –empezó el oficial- ...su nombre completo.

-Rodolfo Palermo Gales –contestó el preso, irguiéndose en el asiento con cierto aire de orgullo.

-¿Nacido en La Habana como Enidio Corrales Campillo?

El recluso frunció el ceño. El teniente Vega había abierto su expediente y se lo había mostrado de cerca, con sus fotos de frente y de perfil mirándole claramente. Claramente él, no cabía duda. Pero no se inmutó.

-No sé de qué me habla, oficial –dijo el preso.

El primer teniente Dagoberto Vega se quedó sin más rodeos que dar, igual que él.

-¿Usted me va a decir que no es éste, eh? ¿El recluso Enidio... Corrales... Campillo? –preguntó, alzando la voz y apuntando con un dedo a las fotos. Luego, cerró el expediente y lo aplastó de golpe sobre la mesa, encarando al preso.

-No, teniente –repuso el penado. Inmediatamente, se levantó de la silla y siguió hablando, haciendo gestos ampulosos para enfatizar sus palabras. El teniente Vega se puso en guardia, deslizó su mano cerca de la Makarov, pero se abstuvo de sacarla. Estaba curioso por ver en qué acababa aquello.

-Me llamo Roberto Palermo Gales –recitaba el preso, como de memoria- Soy el vástago de hijos del sol meridional y de las templadas tierras galesas. La unión del Reino de Sicilia con los dominios de mis ancestros en Gran Bretaña dio como resultado una raza de hombres altos, con cabellos de oro y ojos de esmeralda. Marinos intrépidos que surcaron los mares, de uno a otro confín del mundo, descubriendo nuevas tierras para sus soberanos y nuevas rutas para el comercio de especias, sedas y piedras preciosas. Uno de ellos tocó puerto una vez en la Perla de las Antillas, y prendado de su sol y del calor amistoso de sus habitantes, hubo de sentar plaza aquí y luego casar con hermosa, noble y acaudalada mujer, mi abuela, por cierto. Pero antes de hacerlo, debió batirse a duelo con el hermano de ésta, un diestro espadachín de estirpe catalana que pretendía erróneamente defender su honor. Y entonces...

-¡Déjese de hablar mierda! –rugió el teniente Vega, poniéndose de pie súbitamente y dando un golpe fuerte en la mesa. Interrumpido, el preso no se intimidó. Guardó silencio a regañadientes, mientras el oficial respondía a sus fantásticas afirmaciones.

-Usted se llama como dice aquí –dijo el oficial con rotundez, apuntando al cerrado expediente- Enidio Corrales Campillo. Sin más apellidos ni otros cuentos, ¿me oyó? Es la ley y la haremos cumplir.

-Teniente... –empezó a decir el preso.

-¡Teniente, nada, recluso! –gritó Vega, rojo de cólera para ese momento- ¡Enidio! ¡Corrales! ¡Campillo! Mientras yo sea jefe de control penal aquí, usted se llamará como se llama, ¿me oyó? Y no de otra manera.

-Teniente... –insistió el preso.

-¡Teniente, pinga! –vociferó el otro- ¡Enidio! ¡Corrales! ¡Campillo! ¡Y no hay más que hablar!

¿No hay más que hablar? Rodolfo Palermo Gales, es decir, el vástago de marinos sicilianos y galeses, hombre, a su decir, de cabellos de oro y ojos de esmeralda, no estaba dispuesto a poner a descansar el espinoso asunto de su identidad personal. Con apariencia serena, comenzó enseguida a recitar su nombre: Rodolfo... Palermo... Gales... Rodolfo... Palermo... Gales... Rodolfo... Palermo... Gales...

Y así en una sucesión infinita y catatónica que muy acertadamente hizo pensar a Vega que estaba ante un loco o un robot con los cables cruzados. El oficial de guardia, un negrito habanero con el grado de sargento que se había acercado al oír la gritería, llegó a idéntica conclusión, y entre él y dos combatientes más se llevaron al preso directamente a la celda de castigo, donde lo depositaron mientras seguía recitando su monótona jaculatoria: Rodolfo... Palermo... Gales... Rodolfo... Palermo... Gales...

No sé si seguía diciendo lo mismo cuando una ambulancia llegó al puesto de mando a llevárselo al hospital siquiátrico. No lo vimos más. Quizás todavía anda bogando por esos mares de locura.

1 comment:

  1. Manolo, que clase de historietas, a veces no se si morirme de risa, o pensar en los abusos de estos militares.Yo no me piero tus cuentos, tus articulos, y por mas que no te guste, te lo tengo que decir...eres unico, y un cubano genuino.
    Lo demas te lo digo cuando te vea.

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