Wednesday, March 6, 2013

Gracias a Dios

Los dictadores también mueren. No les gusta, pero mueren. Pregúntenle a Franco, que en su lecho de muerte exclamó, aferrándose a una mano amiga: ¡Qué duro es morir!

También es verdad que los dictadores cagan, mean, y se enferman igual que el resto de los mortales, aunque quieran hacernos creer lo contrario. Ahí tienen a Fidel, cuya enfermedad es nada menos que secreto de Estado.

¡Qué clase de comemierda!

De modo que no nos sorprendamos de que hoy en las calles de Caracas, como hace algunos meses en las de Pyongyang, un coro de plañideras nos quiera hacer creer que la muerte del caudillo es algo excepcionalmente doloroso. Que el mundo se va acabar porque él se acaba.

Por más que se desgañiten y expulsen lágrimas, la muerte de Hugo Chávez no es ni más ni menos trágica que la muerte de cualquiera de sus leales o adversarios. Y no hay ejército ni servicios de inteligencia ni escoltas de la Seguridad del Estado que puedan salvar al jefe de la terca guadaña cuando le toca el turno.

Ellos estiran la pata, pero la vida sigue su curso para los demás. Gracias a Dios.

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