Thursday, March 28, 2013

Ninguno de los dos

No bien salió de la cárcel lo mandaron a trabajar a una brigada de la construcción. Por sus antecedentes políticos, no podía trabajar en otra parte.

Enseguida le asignaron de compañero de faenas a un albañil negro, casi anciano, a quien apodaban “Comicalla”.

obra

Le llamaban así porque a la hora de almuerzo tenía la costumbre de decir continuamente “come y calla, come y calla”, sin levantar los ojos de su plato de chícharos.

Trabajaban los dos diez horas diarias, aquí y allá dentro de la obra, un enorme edificio que un año después sería un hotel para extranjeros.

“Comicalla” ponía ladrillos y también repellaba paredes, dándoles frota y fino. Se trepaba en andamios y escaleras. Tomaba medidas, tiraba maestras. Manejaba bien la cuchara. Manolito le asistía llevándole la mezcla en carretilla, y el cubo con los instrumentos.

En los pocos ratos que podían descansar, “Comicalla” le contaba sobre los edificios que había ayudado a levantar y lo bien que se trabajaba y comía en otras épocas. Toda su vida había sido albañil, casi desde que tenía quince años. Nunca quiso ser otra cosa.

–¿Y tú qué hace aquí, blanco? –le preguntó una vez a Manolito.

–Castigao –le contestó él, encogiéndose de hombros.

No hablaron más del asunto.

Otra vez, un mediodía, se escondieron a descansar en un agujero que había al final de un pasillo a medio terminar. Era el espacio para un aire acondicionado que no acababa de llegar. Los dos se taparon las caras con sus gorras, tumbados cómodamente, y al cabo de un rato se quedaron dormidos.

Los despertó de pronto la voz ronca del jefe de obra. Serían como las tres de la tarde. Manolito se levantó de un salto, asustado, pero el albañil ni se movió.

–¡Vamos, esos compañeros que salgan y dejen de majasear! –gritó el jefe, asomando la cabeza en el agujero.

“Comicalla” se quitó la gorra de la cara.

–De compañero, nada –dijo, poniéndose de pie desganadamente– Que aquí habemos dos y ninguno de los dos es comunista.

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