Wednesday, March 27, 2013

Suelo consagrado

No sé qué tiene la gente con las casas de los escritores. A cualquier lugar que uno va de visita le quieren llevar enseguida a una de ellas. Cualquiera diría que son santuarios.

“Aquí nació Fulano”, te dicen. O “aquí murió”. O también: “Dicen que pasaba temporadas quietas en esta playa, cuando quería escribir tranquilo”.  O “en esta ventana se inspiraba”. Cuántas tonterías.

Mejor visite algún lugar público famoso o retrátese frente a un monumento célebre, o pídale a sus anfitriones que le lleven a un buen restaurante típico. Porque de las casas de los escritores no se va a llevar más que un chasco, se los aseguro.

Así me pasó cuando mi mujer y yo estuvimos en la casa de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares. Pude ver hasta la silla y el orinal en que ha de haber cagado el autor de El Quijote, pero nada de lo que allí observé me sirvió para comprender mejor su obra ni para ponderar su genialidad.

Total, tiempo perdido. Me hubiera bastado con que alguien me la enseñara de lejos y me dijera: por aquí anduvo Cervantes alguna vez, y listo. Buenos estamos para orinales.

También estuvimos una vez en la casa del poeta chileno Pablo Neruda en Isla Negra. De no ser porque Neruda está sepultado allí, de cara al mar, y que la casa contiene cuanto artefacto fue acumulando él durante su vida, no hubiera valido la pena acudir a un sitio tan frío, aburrido y áspero. Otra casa de Neruda en Santiago nos resultó tan anodina que casi me dieron ganas de echarme a dormir en ella.

Sólo una mentalidad mágica puede suponer que los escritores dejan una huella especial en estos sitios que después exhibimos pomposamente, y que los visitantes van a obtener algo precioso contemplándolos, más allá de los libros que nos legaron, y su anecdotario.

Además, eso de “Fulano vivió aquí” o “pasaba temporadas aquí” a veces es un poco de exageración.

Pienso esto cuando me acuerdo de mi padre, que vivió muchos años en la calle Campanario, de La Habana, y otros tantos en la calle Buenaventura, en la misma ciudad, cerca de la iglesia de los Padres Pasionistas, y que murió mientras vivía en un apartamento de la avenida Santa Catalina, en el barrio habanero de Santos Suárez. Ninguno de estos sitios ostenta placa alguna y todos se han convertido en simples domicilios, como siempre fueron.

Sin embargo, una casa en un pueblito de la antigua provincia de Oriente, donde mi padre pasó unos meses visitando a su hermana y sobrinos en sus últimos meses de vida, se ha convertido en un sitio de peregrinación y conmemoraciones que todos sacan a pleito. “Aquí vivió Emilio Ballagas”, dicen. Es como suelo consagrado. Pero en tanto, la tumba de mi padre en el Cementerio de Colón ha sido tomada por desconocidos y se halla completamente abandonada. A nadie le importa eso. ¿Qué les parece?

A veces me parece que todas estas casas les sirven a esas ciudades para darse importancia, o para atraer turistas. Como siempre, la vanidad.

Bueno, con tal que nos recuerden…

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