Tuesday, April 2, 2013

Literatura de la venganza

El siguiente es un relato que forma parte de un libro en progreso, Malas lenguas

El muerto de tu felicidad

 

“I must not only punish, but punish with impunity.”

Edgar Allan Poe, The Cask of Amontillado

 

¿Quién te lo iba a decir?

Era tu primer paseo por la ciudad. Se te ocurrió que lo merecías, después de tantas semanas de conferencias, clases magistrales y paneles tediosos. Escapar a hurtadillas, aunque fuera unas pocas horas, del aséptico campus en que tus anfitriones te habían enjaulado, a todas luces para protegerte de cualquier violencia o escarnio que pudieran acecharte en otras partes.

No dudaste jamás de sus buenas intenciones, ¿pero cómo convencerles de que te asfixiabas allí, entre todos aquellos libros, fichas y cuadernos mudos? ¿Cómo explicarles que, por más que la prudencia dictara poner distancia entre tú y aquel territorio adverso, y por más temibles que fueran algunos de sus pobladores, desde el momento mismo en que llegaste en aquella discretísima visita de buena voluntad la curiosidad te comía por dentro?

Allende las paredes de tu modesto efficiency universitario en Miami, aquel universo, hasta entonces remoto y prohibido, no cesaba de atraerte con un raro magnetismo ancestral. Te sedujo incluso mucho antes de venir, ahora que lo piensas. No se los dijiste, pero era así. No hubiera sido políticamente correcto, ni siquiera cortés, hacerlo. ¿Qué hubieran pensado?

Y es que te lo habías figurado tantas veces…

Aromas, sabores y dicharachos petrificados en un museo viviente montado, sin querer, a lo largo de una pintoresca calle que debiste contemplar demasiadas veces a través de las ventanillas de un coche ajeno, mientras tus guías te la iban presentando, tramo por tramo, entre chanzas y risitas, citando divertidas anécdotas y abrumándote con estadísticas que conocías de sobra pero que nada te podían explicar verdaderamente sobre los puestos de frutas repletos de guanábanas, mameyes, mangos y otras dulcísimas especies casi olvidadas allá, o sobre el carrito pintado de colores chillones donde un anciano esquelético se afanaba en raspar una terca piedra de hielo, o la famosa glorieta donde los jugadores empedernidos de dominó se hablaban a gritos, en tu mismo puñetero acento, golpeando de cuando en cuando las mesas con manoseadas fichas de plástico. Otros se volvían locos por la pacotilla, por las chucherías con que deslumbrar a los colegas al regreso; tú, en cambio, sólo por la memoria y sus protagonistas.

¿Deberías temer acaso a esos terroristas de la nostalgia? De sólo mirarte, ¿adivinarían quién eras y de dónde venías exactamente? ¿Tendrían, en verdad, tanta sed de venganza?

Te lo habías preguntado muchas veces. Pues aunque aquel tipo de visitas –impensables tiempo atrás– se habían vuelto algo común en los últimos años, y el ánimo de la ciudad un poco menos belicoso, el peligro no podía darse por descontado, y no estaba demás, para un advenedizo incómodo como tú, tomar algunas saludables precauciones, como no mezclarte con el populacho ni hacerte notar demasiado en algunos sitios.

“Quién sabe si un energúmeno… O un loco de esos… O algún troglodita de los que todavía abundan…”. Tus guardianes veían enemigos por todas partes. Y quizás los había, tomando en cuenta tu mala fama, verídica o exagerada, ¿qué más daba? ¡Siempre habría un resentido dispuesto a culparte de sus desgracias! Y uno que otro ya lo había hecho, no creas. Una emisora de radio te había dedicado incluso varias diatribas. Nadie se explicaba todavía cómo esos iracundos habían podido enterarse de que andabas por aquí, amparado por la universidad, dictando conferencias, ni cómo habían dado con aquellos artículos tuyos, tan estridentes, publicados muchísimos años antes, cuando ni soñabas acercarte por aquí, y que el locutor no se cansaba de leer con voz gangosa, día tras día, como prueba de tus siniestras lealtades y tu desprecio por el exilio.

Por eso pospusiste la escapadita y les ocultaste tan celosamente tu propósito. Hubieran insistido en chaperonearte. Y tú querías pasearte sin compañía por aquel mundillo que sólo habías podido conocer a vuelo rasante. Poner a prueba el miedo que te habían inculcado, y que a veces creías sentir cuando escarbabas, por casualidad, en tu conciencia sin encontrar, por cierto, gran cosa de que compungirte. Bueno, quizás sólo aquello, esa deslavada manchita de la que no te enorgullecías, claro, y que casi habías conseguido relegar al olvido, como también a su víctima. (¿Cómo se llamaba, por cierto, aquel chiquito? ¿Conservabas acaso leve memoria de su mirada triste y traicionada? No parecía.) Habías sepultado tan hondo aquel muerto de tu felicidad, que hubiera resultado imposible exhumarlo… ¿Pero qué más daba?

“¿Quién no acumula víctimas en esta vida?”, te dijiste. “¿Quién no tiene al menos una cuenta pendiente, un zarpazo que lamentar?”

El hecho es que al fugarte temprano esa mañana la conciencia no te remordía demasiado, dijeran lo que dijeran tus detractores. Tampoco tenías miedo.

Cerraste la puerta del estudio detrás de ti, cuidando no hacer ruido. Comprobaste si te habías echado la cartera y el pasaporte diplomático al bolsillo, y luego te deslizaste despacito por el pasillo hasta alcanzar la rojiza señal de EXIT, y desde allí, la amplia zona de parqueos que rodea a la universidad como una laguna de asfalto salpicada de postes de luz y, de cuando en cuando, alguna que otra palma real importada. La neblina pegajosa del alba no se había disipado aún y tú eras una sombra más, entre muchas otras.

Para no preocupar demasiado a tus carceleros habías dejado un mensaje de voz en uno de sus teléfonos y por lo menos un par de correos electrónicos en sus casillas de email, poniéndoles al tanto de tu inopinada desaparición. No muy largos ni alarmistas los correítos, por cierto, ni tampoco en exceso explicativos. ¿Para qué? Ya tendrías tiempo, a la vuelta, de aplacar todas sus prevenciones y relatar en detalle tus graciosas peripecias en la interminable conga de la Calle Ocho. De momento, sólo te mantenías alerta, engatillado en la oscuridad, y a la espera de la señal convenida con tu cómplice.

Porque tenías un aliado. ¿Te acuerdas? No le buscaste, eso sí; más bien caíste poco a poco en las redes de su adulonería. Te dejaste embaucar, sin duda. Pero por más que te pesara después, sin el apoyo de aquel alumno aventajado nunca te hubieras decidido a dar ese audaz giro a tu visita… si es que se le puede llamar así a semejante disparate.

Al principio, te había parecido demasiado adelantado, un tanto maduro posiblemente, para tu cursillo de narrativa subtextual protocontemporánea, pero enseguida se puso a la cabeza de la clase y te cayó en gracia. Tenía, como tú, el don de la palabra. Hacía las preguntas más agudas y los comentarios más osados, casi como un segundo maestro. Hubieras podido irte y dejarle en tu lugar tranquilamente.

Pudiste preverlo, es verdad.

Fue él quien te animó poco a poco a romper el cerco de miedosa cautela; quien te engatusó para que lo brincaras, regalándote aquel hermoso libro de fotografías, y casi atiborrando después tu mesa con toda clase de fotocopias, recortes de periódicos y folletos sobre el vecindario de tus ensueños.

Y de buenas a primeras, una tarde cualquiera te dijo que lo conocía como la palma de su mano. Se había criado allí, te contó, casi a la sombra del monumento de Bahía de Cochinos, montando bicicleta entre puestos de aguacates e inmerso en el aroma del café fuerte y el lechón asado, y enseguida se ofreció a ser tu guía. No tenga pena, profesor, te dijo. Y tú, qué ingenuo...

¿Vendría por fin a recogerte?

Varias veces pensaste que no cumpliría su palabra. Que por alguna razón había traicionado tu confianza y cambiado de parecer. Quizás el estudiante modelo se había apendejado a última hora, temeroso de que tus celadores se enterasen de que había alentado tus malsanos impulsos de fuga y fueran luego a tomar represalias con sus notas o su diploma.

Recordaste que él mismo había insistido mucho en guardar aquel vuelo nocturno en el más absoluto secreto. Te extrañó tanto misterio y brevemente acariciaste la idea de desandar tus pasos, volver calladamente al redil y echarte a dormir otra vez sin desafiar tu simbólico toque de queda. Puede que tus guardianes tuvieran razón, después de todo, y fuese mejor no tentar la suerte.

¿Sería que sospechabas?

Se te antojó de repente ridículo permanecer allí agazapado, como un chiquillo listo para cometer una travesura indigna de tu madurez, y sobre todo, de tu rango académico. Por Dios… Pero entonces algo, cierto ruido, parecido al de un motor, y una especie de luminosidad fugaz –como la de los faroles de un automóvil que pasara cerca o lejos, en todo caso de refilón– te animaron a seguir esperando allí, donde habías acordado encontrarle a esa hora.

Fueron sólo falsas alarmas que te tuvieron sobre ascuas un instante, pero tu compinche asomó al poco rato, bastante puntual.

Apagó y encendió las luces de su carro –un viejo Volkswagen despintado, como corresponde a un mero estudiante de posgrado– para hacerse notar de ti cuando anduviera cerca. Era importante, había insistido, no hacer ruidos innecesarios que pudiesen despertar a algún otro profesor a esa hora o llamar la atención de los guachimanes que a menudo merodeaban por el campus en sus silenciosos carricoches eléctricos, tomando nota de todo.

No bien viste acercarse al gracioso escarabajo, corriste a abrir la portezuela, y de un tirón te metiste dentro, encogiéndote en el asiento. Chocaste luego la palma de tu mano con la suya. Un gesto triunfal pero decididamente pueril, pensaste, y te echaste a reír con él –una sonora carcajada de pillos– y enseguida escaparon.

Al llegar a los empinados arcos de la salida tomaron el rumbo que habías previsto: primero hacia el norte –una arriesgada izquierda en aquella ancha avenida, aprovechando el cambio de luz– y después, cuatro o cinco cuadras más abajo, una derecha rápida hacia el este, justamente en el semáforo donde la carretera que atraviesa los pantanos cambia de nombre y empieza a llamarse de esa otra forma.

Tu alumno preferido conducía como todos parecían hacerlo en aquella ciudad, conversando, manoteando incluso a veces, entretenido y sin poner demasiada atención al camino. Hasta se las ingenió, no sabes cómo –porque no pareció quitar las manos del timón ni dejó de parlotear tampoco– para brindarte un sorbito de una colada de café humeante que de repente te devolvió el alma al cuerpo. Todo salía a pedir de boca.

–¿Listo para el carnaval? –oíste que te preguntó.

Sonreíste, cerraste los ojos y echaste la cabeza hacia atrás, paladeando el dulzor y anticipando la cumbancha. Ibas a responder que sí, pero de pronto bostezaste y te quedaste dormido. O eso te pareció.

Porque al abrir los párpados después, no sabes cuándo exactamente, ya estabas en otra parte, y no precisamente paseando por La Pequeña Habana, sino en sitio oscuro, húmedo y angosto. Una extraña claridad te iluminó entonces desde encima, como si estuvieses en una tumba profunda que alguien hubiera cavado a tu exacta medida, mirando hacia fuera desde el mismo fondo. Y entonces, como vómito incontenible, afloró a tus labios aquel desgarrado grito de auxilio que sólo tú pudiste escuchar.

Quedó atrapado allí, rebotando entre tus cuerdas vocales y tu garganta hueca, inútil. Un alarido silencioso que se extinguió enseguida, casi donde empezó. En vano forcejeaste después, tratando de librar tus brazos, manos y piernas, y hasta el pecho: todos se negaron a responder, presas de una inexplicable y rara parálisis que apenas te permitía respirar.

Volviste a oír la pregunta:

–¿Listo para el carnaval?

Y sólo entonces caíste.

Estabas a mi entera merced. Era yo la oscura silueta que asomaba por la abertura de aquel agujero, contemplándote desde arriba como a un insecto moribundo. El mismo que poco antes había inyectado en tus venas el potente tósigo que atenazaba ahora tus miembros y tu lengua, mejor que mil sogas gruesas y tensas. Entonces, te susurré su nombre.

Casi te cagas. O te cagaste, no sé, al recordarle con ojos abiertos y asustados..

Más de veinte años atrás, al terminar tu testimonio una tarde ante un panel de jueces implacables, nunca te preguntaste adónde se lo llevaron los custodios, casi a rastras, ni a qué oscuro laberinto fue a parar después tu alumno aventajado. Había tantos calabozos en ese entonces… Le observaste marcharse, escoltado, y sólo alcanzaste ver, de refilón, esa última mirada triste y traicionada que te dirigió, como un reproche.

Alguien te dijo después que la sentencia había sido severa, como pocas. Que en aquellos tiempos difíciles su caso había sido un obligado escarmiento, por lo sedicioso y traicionero de los versos que tuvo la imprudencia de enseñarte y tú de revelar.

Nunca supiste que su esposa joven se consumió de pena y miedo, esperándole, ni te enteraste tampoco de que su hijo huérfano, antes de marcharse, juró pasarte factura algún día.

Porque sabía que vendrías a mí tarde o temprano, aunque sólo fuera de visita, y que hallaría también la forma de refrescar tu memoria antes de ajustarte cuentas. Pude haberte envenenado, o simplemente retorcerte el pescuezo como merecías, pero preferí castigarte con impunidad, paletada a paletada, cubo a cubo, cubriendo poco a poco de tierra y concreto tu cuerpo tembloroso, hasta tapar completamente tus cachetes, tu nariz y tus ojos. Escondiéndote bien hondo, en el suelo del garaje de mi casa, como una vez sepultaste al muerto de tu felicidad.

© Copyright by Manuel Ballagas. Prohibida su reproducción parcial o completa, por cualquier medio, sin autorización escrita del autor.

1 comment:

  1. No es nada nuevo decirte que me encanta tu narrativa, es tan bien descriptiva que es dificil no sentir la misma angustia, la soledad y la asfixia del personaje.
    Jenny de la Fuente

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