Monday, April 22, 2013

¿Quién voló El Puente? III

Confesiones de un joven viejo

Lo que está por pasar, sucede. Es el destino, la providencia. O la casualidad, si prefieren. El hecho es que aquella noche de mediados de enero de 1965 nosotros no andábamos buscando al célebre autor del poema Howl, qué va, pero sin querer lo encontramos.

Lo que sí andábamos buscando era una botella de ron barata. En Cuba, como se sabe, no hay diversión sin borrachera. José Mario conocía a alguien que las vendía a trasmano en un tugurio que había cerca del Habana Libre; pero esa noche no tenía. Así que nos dimos un salto por la barra del Hotel Colina, donde una loca limpia pisos también vendía botellas de ron en el mercado negro, y esta vez sí dimos en el blanco: José Mario emergió triunfal de un rincón con la anhelada botellita escondida en un cartucho. Nos costó ocho pesos, un dineral en ese entonces.

No éramos muchos. Creo que José Mario, Heberto Norman, Mayi y su marido Roger, y yo. Pero con una botella entre manos alguien se nos iba a pegar tarde o temprano. Y así fue. Minutos después, caminando por la acera del Habana Libre, éramos ya como ocho. No recuerdo quiénes se nos habían sumado. Algún actor, un poetastro quizás, al menos un par de esnobistas, estoy seguro.

Y en eso lo veo venir.

No podía ser otro que él, porque a esas alturas, en La Habana, a nadie se le hubiera ocurrido andar con semejante facha, por temor a que lo fusilaran. Pelo larguísimo, una barba copiosa, sandalias franciscanas y un sarape por abrigo. Ya tú sabes. Yo apenas le había visto en algunas fotos viejas, pero enseguida le reconocí, me le metí en el camino y lo detuve con un gesto.

-Are you Allen Ginsberg? –le pregunté.

-I sure am –contestó él, sorprendido- And who are you?

Me puse a explicarle, pero otros se adelantaron a decirle que éramos jóvenes escritores, admiradores de su obra. No hubo que decir más. Empezamos enseguida a presentarnos y estrecharnos las manos, y Allen, al ver la botellita semioculta en el cartucho, nos preguntó si traíamos vino. El hablaba un poco de español.

Le contestamos que era ron, y él pareció feliz. Pero antes de seguir con nosotros necesitaba que le ayudáramos a conseguir una medicina para curarse las ladillas que había contraído en México (ladrías, las llamaba él). Todos nos echamos a reír y le llevamos a una farmacia a buscar Ungüento del Soldado.

No tengo que decir que Ginsberg era ya una de mis lecturas preferidas, y que estaba incluso traduciendo un largo poema suyo titulado Kaddish, con la idea de publicarlo en una revista que íbamos a sacar, Resumen Literario El Puente.

Llámenme yanquista, pero a diferencia de los otros “puenteros”, mis influencias literarias eran casi todas norteamericanas. Yo había vivido en Estados Unidos algunos años y hablaba perfectamente inglés. Los beats me fascinaban, en particular Jack Kerouac y William Burroughs. Hubiera podido recitar de memoria los párrafos finales de On the Road y el comienzo de Naked Lunch.

Pasamos, pues, casi toda aquella noche conversando y compartiendo buchecitos de ron con una leyenda viva de la poesía, en un parque del Vedado. Todos parecían tener una queja que poner a sus pies: la estrechez política de los dirigentes culturales, la falta de acceso a libros e información que no provinieran del bloque soviético, y sobre todo, la persecución a los homosexuales y a cualquiera que pareciera serlo.

El poeta norteamericano pareció asombrado, incluso perplejo. Se echaba de ver que esperaba otro panorama, y que para él la revolución cubana era ni más ni menos que la realización concreta de todas sus utopías.

-¿Y la revolución no ha legalizado la marihuana? –preguntó en algún momento.

Todos nos miramos, pensando que debía estar loco. Y así, poco a poco, al escucharnos, empezó a percatarse que no había desembarcado precisamente en el paraíso.

A Ginsberg le interesó mucho que yo estuviera traduciendo Kaddish, porque quería publicar el poema en español en la revista mexicana Corno Emplumado. Así que quedamos en vernos, para discutir la traducción y también la posibilidad de publicarla simultáneamente en México, La Habana y otras capitales latinoamericanas.

José Mario se puso que no le cabía un alpiste en el culo.

-Ya nadie nos puede ignorar, Manolito –sentenciaba- En Venezuela es el Techo de la Ballena; en México, el Corno Emplumado; en Bogotá están los nadaístas; en Estados Unidos, los beatniks. Y en Cuba, ¡Ediciones El Puente!

Cuántos delirios. Pero así éramos entonces. Así soñábamos, en un medio que se hacía cada vez más hostil. Los síntomas estaban ya por todas partes –la policía pidiendo documentos, las redadas, la vigilancia en cada cuadra, los libros sometidos a intenso escrutinio- pero a veces, me parecía que yo era el único que se daba cuenta. 

Mientras tanto, a través de la secretaria de Nicolás Guillén, José Mario supo que la comisaria pestilente había acudido a la UNEAC días antes, para denunciar nuestras debilidades ideológicas y pedir que no se diera curso a los libros de El Puente que estaban pendientes de publicación.

Yo suponía que todo aquello tenía que ver con mi libro y aquel cuentecito que no retiré de él, desoyendo una instrucción de José Mario. Quizás me equivocaba, porque la comisaria no lo había siquiera visto por encima, pero de todas formas el futuro de las Ediciones –y de la libertad de creación en general en aquel país- no pintaba nada bien.

Por ese entonces, se desarrollaba una intensa purga en la Escuela Nacional de Arte. Depuraban a homosexuales, extravagantes y “contrarrevolucionarios”. Bastaba usar pantalones levemente ajustados o escuchar música extranjera para caer en cualquiera de esas tremebundas categorías. Decenas habían sido expulsados ya. Lo mismo pasaba en la Universidad de La Habana, donde habían tenido lugar incluso suicidios.

Llegó el momento en que andábamos con Ginsberg a toda hora. Desde que nos conoció a José Mario y a mí, no quería despegarse de nosotros y nos consultaba cualquier cosa que fuera a decir, a veces de lo más delicadas. Nos citábamos por la mañana en cualquier sitio y lo acompañábamos a reuniones y entrevistas durante el día. También coincidíamos con otros invitados extranjeros de la Casa de las Américas: Nicanor Parra, Miguel Grinberg, Elmo Valente y otros más. Esto no pasó inadvertido.

Una tarde, después de despedirnos de él en la calle G, cerca de la UNEAC, un hombre vestido de civil se nos acercó, nos dijo que estábamos detenidos y nos conminó a montar en un coche oscuro que estaba aparcado cerca.

-¿Y cómo sabemos que usted es quien dice que es? –le preguntó José Mario con ánimo ligeramente desafiante.

-¿Qué tú dice? –repuso el personaje, empinándose y sacando una pistola- ¿CÓMO TU DICE, MARICÓN?

Al mismo tiempo, otros dos esbirros saltaron del auto, armas en mano, con los ojos echando chispas. “¿Qué pasa aquí?”, vociferó uno de ellos, pegándome el cañón de su pistola en la cabeza. José Mario y yo alzamos los brazos, aterrados, pero de todas formas aquellos energúmenos nos metieron a patadas y empujones en el auto, que enseguida arrancó y se alejó de allí con nosotros, a toda velocidad.

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