Monday, April 22, 2013

¿Quién voló El Puente? IV

Confesiones de un joven viejo

“Esto no puede pasar de aquí. Ya basta, José Mario, Manolito. Basta ya de payasadas, que aquí hay demasiado en juego, por Dios”.

Estábamos los tres sentados a una mesa en un discreto rincón del restaurante La Roca y quien así hablaba era nada menos que José Rodríguez Feo, un burguesón mediocre con ínfulas de intelectual que se abrió paso en la cultura cubana a puro golpe de billetera, y que en aquel tiempo era uno de varios capitostes en la revista Unión. También era, ante nosotros, y en aquel preciso momento, un emisario del poder. Y el que pagaría la cuente de la comida, por supuesto.

Horas antes, como aquel que dice, en la madrugada de aquel mismo día, habíamos sido sacados del calabozo inmundo en que estábamos metidos, en la estación de policía de la esquina de Zapata y C, y advertidos muy seriamente de que la próxima vez no habría “paños calientes” con nosotros. Cuando preguntamos por qué habíamos sido detenidos casi veinticuatro horas el jefe de aquella unidad policial se echó a reír estrepitosamente en nuestras caras.

Toda la tarde y la noche anterior aquel esbirro se la había pasado conminándonos a que firmáramos sendas declaratorias en que acusábamos a Allen Ginsberg de proponernos cambiar dólares en el mercado negro, y en el caso mío, de abuso sexual de menores. Nos negamos rotundamente a suscribir tales infamias, por lo que fuimos continuamente amenazados con la cárcel y finalmente colocados en un calabozo pestilente repleto de delincuentes comunes y enfermos mentales. De cuando en cuando, nos decían que tenían “otros métodos” para obligarnos a firmar.

-¿Y qué es eso que está en juego, si se puede saber? -pregunté yo entonces, haciéndome el bobito y saboreando muy despacio una porción del filete uruguayo que había pedido en aquel lujoso restaurante.

-El prestigio de la revolución. ¿Les parece poco? –contestó Pepe Rodríguez sin pensarlo demasiado y con mucha naturalidad, mientras masticaba un pedacito de pargo meunier.

Y bien en juego que está esa mierda de prestigio, pensé yo, divertidamente. Porque al parecer nuestro brutal arresto no había pasado inadvertido, y alguien –un alma buena, sin duda- tuvo a bien hacerle saber enseguida a Ginsberg lo ocurrido. Y un rato más tarde el poeta norteamericano había formado una verdadera revuelta entre los jurados del Concurso Casa de las Américas, que amenazaron con hacer sus maletas e irse al aeropuerto si no se nos ponía en libertad de inmediato. Qué lío se armó. La bestia, pues, tuvo que abrir sus fauces y dejarnos ir.

Me contaron tiempo después que a la heroína de la revolución Haydée Santamaría, presidenta nominal de la Casa, le había dado un ataque de nervios que había culminado en una de sus habituales borracheras.

-Este escándalo acaba hoy, aquí mismo, entre nosotros –insistió Pepe, entre bocado y bocado- Para eso me mandaron a hablarles y de aquí no me voy sin la promesa de ustedes de que no van a ver más a Ginsberg, y de que se acabaron los paseítos privados y todas esas conversaciones.

José Mario y yo cruzamos miradas.

-A mí no puede importarme menos el americano ese; ni siquiera me gusta –dijo José, encogiéndose de hombros, mientras acometía la pechuga de pollo que había en su plato- Me importa su poesía, claro, pero ésa ya la tenemos y la vamos a publicar. Así que...

No podía creer que José Mario no estuviese tan indignado como yo. Después de tantos malos tratos, tantas humillaciones, hubiera sido de esperar. Pero quizás no debí sorprenderme demasiado. Esas actitudes ambiguas y timoratas eran comunes entre la gente de El Puente, y en general, entre los intelectuales cubanos de esa época. A la postre, como se sabe, serían su perdición.

-Me alegro que piensen así, es lo más sensato. Le diré a María Rosa –sentenció Pepe luego.

María Rosa era, por supuesto, María Rosa Almendros, una funcionaria de la Casa que se las daba de liberal pero vigilaba de cerca los pasos de Ginsberg por cuenta de la Seguridad del Estado. Casi me pongo de pie y viro la mesa al revés, con todo lo sabroso que tenía encima. Tenía ganas de vomitar, pero me dije que era mejor traslucir conformidad que revelar mis cartas belicosas antes de tiempo. No hay nada más útil que una cara de comemierda bien administrada. De modo que seguí disfrutando aquella comida sin decir palabra.

Fue un bocado difícil de tragar, desde luego... y no me refiero al filete uruguayo precisamente. Hice gran acopio de paciencia, pero... ¡qué mal me caía aquella yegua vieja y arrastrada...! Bien pronto, sin embargo, me iba a estar burlando de ella, como se merecía. ¡Y de qué manera!

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