Thursday, May 9, 2013

Relato del ir y venir

La sirimba

–Así que esta casa era suya...

El visitante se sentó en el sillón desfondado que había en el centro de la sala, posándose incómodamente sobre el cojín que había reemplazado las rejillas deshechas del asiento. Colocó luego entre sus pies, sobre el piso de losas rajadas, la bolsa de cuero que contenía su cámara y un mapa de la ciudad, además de otras cosas.

–De mi padre y antes, de mi abuelo –repuso.

El otro encendió un cigarrillo, se rascó un sobaco y le miró con risueña curiosidad desde el cajón de madera en que estaba sentado.

–A mí me dijeron que fue de un millonario –dijo al fin, con cierta presuntuosidad.

El visitante se echó a reír.

–Ojalá –dijo– Mi padre era doctor y mi abuelo, abogado. No eran ricos.

–Pero tenían dinero –dijo el otro.

–Un poco, sí. Pero millonarios, no sé...

–A la mitad más o menos –bromeó el otro.

–Más o menos, sí –dijo el visitante, sonriendo.

–¿Y usted qué hace allá?

–Contratista.

–¿Construcción?

–Sí, ponemos techos, hacemos arreglos, cambiamos ventanas...

–Yo trabajé un tiempo en la construcción –dijo el otro.

–No me diga.

–Es fuerte...

–Bastante –dijo el visitante.

–¿Le trae recuerdos? –preguntó entonces el otro, abarcando con un gesto la sala y, por extensión, el resto de la casa de paredes despintadas.

–No muchos, yo era muy niño entonces.

–¿Cuándo se fue?

–Hace mucho –contestó– Casi al principio.

–Ah... –dijo el otro– Yo también tengo familia fuera, un sobrino.

–¿Lo ha venido a ver?

–¿Ese? –respondió el otro– Na. Ni se acuerda de uno. A lo mejor está preso.

–Es la primera vez que vengo –dijo el visitante.

–Ahora vienen muchos.

–Yo lo pensé bastante.

–¿Por qué?

–No tengo familia aquí, ni amistades siquiera –respondió el visitante, moviendo la cabeza– Me quedaban unos primos, pero se fueron también hace unos años.

–Y esta casa –se apuró a decir el otro.

–Bueno, sí –dijo el visitante, mirando a su alrededor– Tenía curiosidad por verla, pero ya no es mía.

–Está en muy mal estado.

–Se ve.

–No es fácil encontrar los materiales para arreglarla. Todo se está cayendo –dijo el otro.

–Esas vigas están peligrosas –dijo el visitante, apuntando al techo.

–Sí, me lo han dicho ya.

–Y esa pared, rajada, ¿la ve?

–Claro que sí.

–Necesita una inyección de cemento. Sin pintura, los muros se deterioran, se van quebrando.

–Es verdad, se ve que usted sabe.

–¿No puede buscar otra?

–¿Otra casa?

–Sí.

–Estoy en una lista. Ya me hicieron una inspección, dicen que es inhabitable. Está sujetada con puntales. ¿Ve allá atrás?

–Es peligrosísimo.

El otro se encogió de hombros y apagó el cigarro en el piso. Se volvió a rascar un sobaco.

–Mi mujer siempre me lo dice –dijo al fin, resignado.

–¿Cuánto tiempo hace que vive aquí?

–¿Yo? –preguntó el otro– Hace como cinco años. Me mudé del campo, mi hijo me la resolvió. Era de alguien importante, un militar, creo.

–Ah... –dijo el visitante.

–Se la quitaron. Parece que lo metieron preso, por matar a la mujer.

–¿A la mujer?

–Sí, por celos. Lo estaba engañando –contestó el otro– Por lo menos, eso me dijeron. La gente es muy chismosa.

–Es verdad. ¿Y cómo la mató?

–Qué sé yo. Parece que le cortó el pescuezo y después llamó a la policía.

–¡Uf!

–¿Usted tiene casa propia allá?

–Oh, sí, tengo tres –dijo el visitante.

–¿Tres?

–Sí. Una donde vivo, otra para las vacaciones, cerca de la playa, y un apartamento que tengo alquilado.

–Vaya –dijo el otro– A ver si un día me lo alquila.

El visitante se echó a reír.

–¿Quién sabe? El mundo da tantas vueltas.

–Verdad que sí –dijo el otro.

El visitante se agachó entonces, abrió la bolsa y sacó una cajita plástica. Luego se la extendió al otro, abriendo la tapa.

–¿Quiere? –le preguntó.

–Muchas gracias –dijo el otro, mirando con curiosidad las dos pastillitas en la palma de su mano.

–Son de menta –explicó el visitante– Para el mal aliento.

–Mire usted –dijo el otro, saboreándolas. Sus ojos se posaron después en el largo lente de la cámara fotográfica, que sobresalía por la abertura de la bolsa.

–¿Le gusta la fotografía? –preguntó.

–Si no le molesta, quería retratar la casa. Por eso vine –dijo el visitante.

–Cómo no –dijo el otro– Retrate lo que quiera. Total.

El visitante se puso de pie. Apretó un botoncito y el lente de la cámara se estiró y se retrajo, con un leve zumbido.

–¿Se puede? –preguntó entonces.

–Claro –dijo el otro, levantándose del cajón– Esta es su casa, ¿no?

Los dos se echaron a reír.

El visitante se empezó a desplazar por la vivienda, como si conociera de memoria todos sus pasillos y rincones, pero en realidad, recordándolos a medida que se iba tropezando con ellos. Retrataba puertas, ventanas, paredes. Se alejaba ligeramente a veces de su objetivo, para captar la sala entera, y la extensión completa del pasillo que daba al interior de la casa y a un patio que sí recordaba bastante bien, porque había jugado y perseguido insectos entre sus losas y hierbas muchos años antes. El otro no paraba de observarlo, divertido, atento a lo que hacía y al colorido chillón de sus ropas de turista.

Aunque el visitante tendría unos sesenta años, y era medio calvo y barrigón, se movía con mucha agilidad. Se inclinaba, torcía la espalda, se arrodillaba para captar mejor este o aquel detalle insignificante. El otro no cesaba tampoco de preguntarse qué podía encontrarle a aquellas paredes agrietadas y sucias, a aquel techo carcomido, o a aquel patio en que se movían ahora, inquietas, un par de gallinas blancas, acompañadas por un cerdo joven que se solazaba en el fango de un improvisado corralito. Pero en cuanto lo vio acercarse a la puerta del baño, se creyó obligado a advertirle que no había agua corriente desde hacía días, y estaba sucio. Al visitante no pareció importarle. Entró al baño y lo retrató todo: las paredes descascaradas, el espejo de luna rajada y turbia, el lavamanos, la bañadera de grifo oxidado, y hasta el inodoro sin tapa.

–Usted disculpe –le dijo el otro– No le he ofrecido ni café.

–No importa, no tomo –repuso el visitante, apuntando el lente de la cámara hacia el fondo de la casa, a través del patio interior. Retrató también las gallinas y el cerdito. Al parecer, le causaron gracia, porque se sonrió.

–No se pueden tener aquí, está prohibido, pero los cuidamos como cosa buena –dijo el otro.

El visitante no le hizo caso. Se había quedado mirando con curiosidad la cocina, donde un par de hornillas de carbón, rebosantes de cenizas y trozos de madera quemada, resaltaban sobre otras que en un tiempo habrían pertenecido a una cocina de gas. Enseguida, alzó la cámara y apuntó. El estallido del flash iluminó varias veces las paredes y el techo manchados de hollín. También retrató un viejísimo refrigerador que ronroneaba en un rincón y cuya puerta se mantenía sujeta con un alambre retorcido.

–¿Se acuerda de éste? –preguntó el otro, dándole unas palmaditas al aparato– Es lo único que funciona en esta casa.

–Creo que sí –dijo el visitante– Es un milagro que haya durado tanto. Ha de tener como cien años.

–Mete tremendo frío –dijo el otro con orgullo.

–¿Y aquello? –preguntó el visitante, apuntando a una especie de repisa de concreto y ladrillos que podía verse al final del pasillo principal de la casa. Después, oprimiendo un botón de su cámara, empezó a retratarla de cerca, de lejos y de costado.

–No sé bien –contestó el otro– Antes del militar, aquí vivió una señora mayor, de color. Me contaron, yo nunca la conocí. Allí tenía sus santos, su altar, cosas de brujería.

–Ah... –dijo el visitante, sin dejar de tomar fotos.

–Usted sabe lo que es, ¿no? ¿La brujería?

–Oh, claro.

–¿Allá también hacen brujería?

–Hacen de todo –dijo el visistante ensimismado, mirando en una ventanilla de su cámara digital las fotos que había tomado– Brujería, lechón asado, arroz, frijoles negros, yuca, tostones, carne con papas, batido de guanábana...

–¿De guanábana?

–¿La conoce?

–Oh, sí, pero hace qué sé yo cuánto que no la veo.

–Muy sabrosa.

–Sabrosísima, muy rica, de lo mejor.

–¿Y qué pasa? ¿No hay?

–Aquí no hay ni vergüenza ya –dijo el otro.

Los dos se echaron a reír. Caminaron de regreso a la sala después. El visitante estaba asombrado, pero no se lo dijo al otro. Le había parecido que la casa era mucho más chica y oscura que la que guardaba en su memoria. Se la había figurado muy diferente todos esos años: amplia, luminosa. Nunca pensó tampoco que se hubiera deteriorado tanto.

–Cuidado –le dijo el otro de pronto, al pasar debajo de unos puntales de madera que aseguraban el techo y un arquitrabe en el pasillo, a un costado del patio interior. La madera de los puntales estaba húmeda y medio rajada, como todo lo que sostenían.

–Es muy peligroso, tiene que arreglarla, mire ese techo– dijo el visitante.

–Ya veremos, por ahora no se puede –dijo el otro.

–Mete miedo.

–Es verdad.

El visitante volvió a sentarse en el sillón desfondado. El otro encendió un cigarrillo y se acomodó en el cajón de madera, del otro lado de la sala. Se rascó un sobaco y miró al visitante otra vez con risueña curiosidad.

–Sacó un montón de fotografías –le dijo al fin.

–Son para mis hijos. Para que sepan dónde se crió su padre.

–Se van a horrorizar.

–No creo, a la juventud no le importa nada –dijo el visitante– Tienen demasiado que hacer, están en su mundo.

–Qué lástima.

–Así es.

–Debieran interesarse.

–Yo se las enseño de todas formas. Para eso vine a sacarlas.

–¿Y usted las puede ver ahí?

–Oh, claro. Es una cámara digital, sin película.

–Oiga eso. Ya me habían dicho.

–¿Las quiere ver?

–Si usted es tan amable...

El otro se acercó al visitante y se inclinó para ver las fotos pasar por la ventanilla de la cámara. El visitante oprimía un botoncito y las fotos iban pasando, una a una, muy nítidas, a todo color.

–Tremendo, se ven perfecto –dijo el otro al fin, agitando la cabeza.

No le dijo al visistante que su mujer se iba a enfadar mucho si se enteraba de que había permitido que un extraño retratara la casa en aquellas condiciones. Ella era así, demasiado presumida, como su familia. Se veían todas las grietas, las paredes descascaradas, los remiendos, los puntales, las vigas corroídas, el inodoro sin agua, la cocina de leña, las gallinas, el cerdito, las ventanas tapadas con planchas de madera y la repisa de la brujería. Nunca se había imaginado que la casa pudiera parecer tan vetusta y fea en unas simples fotografías. Se le ocurrió, además, que el visitante se habría llevado una impresión mucho peor y pensó que, después de todo, hubiera sido preferible no dejarle tomar las fotos, o esperar a que su mujer llegara en todo caso. Ella se hubiera encargado de inventar cualquier pretexto. Pero ya era demasiado tarde. Mejor ofrecerle algo, pensó. Al menos agua, para no quedar mal.

–Hace tremenda calor –le dijo entonces, para empezar.

El visitante pareció no prestarle atención. Ni siquiera le dio tiempo a sugerirle que tomaran un vasito de agua. Como si hubiera adivinado lo que iba a decirle, se agachó y sacó de la bolsa un par de botellitas plásticas. Le arrojó una a él y abrió la suya enseguida. Eran de un agua mineral extranjera. El visitante cerró los ojos y la saboreó como si fuera un licor delicioso, muy dulce.

–Me advirtieron que no tomara agua en la calle –explicó.

–¿Quién le dijo eso? –preguntó el otro.

–En el hotel. Dicen que está contaminada con microbios, como en México

–Oiga eso, como en México nada menos.

–Sí señor.

–¿Y usted ha estado en México?

–Varias veces –dijo el visitante– Es un país muy lindo, pero el agua no se puede tomar, igual que aquí.

–¿Por qué?

–Te enferma, te da cagaleras, hasta te puedes morir. Le dicen la Venganza de Moctezuma.

–Oiga eso. La venganza. Y yo que la tomo todos los días.

–Es diferente, ustedes están acostumbrados.

–A todo se acostumbra uno –dijo el otro. Probó dos buches del agua mineral y le pareció que sabía mucho mejor que la que tomaban del grifo cuando había agua en las cañerías.

El visitante volvió a colocar la tapa a su botellita plástica y echó después la cabeza hacia atrás, contra el espaldar del sillón. Desde que le habían prohibido el café –por la presión– y los refrescos –por el azúcar– el agua inducía siempre en él una especie de sabroso letargo. Se había sentido cansado de pronto, como si la corta caminata desde su hotel hasta la casa de su infancia hubiera agotado una cuota demasiado grande de sus energías. Sintió después su piel sudada y fría, y no le gustó. También un raro palpitar en las sienes y un dolorcito demasiado conocido en el pecho. Aunque ya le había pasado otras veces y tenía a mano el remedio, no pudo evitar el pánico.

–No se asuste, pero me siento mal –le dijo de pronto al otro, sin moverse.

–¿Cómo dice?

–Oigame bien –siguió, extendiendo una mano.

El otro ya se había levantado. Aplastó el cigarrillo de un pisotón y se le acercó corriendo. Lo miró alarmado, sin saber qué hacer. No podía creer que el visitante se hubiera puesto tan pálido y cenizo. Casi no podía hablar.

–¿Quiere que llame a una ambulancia? La vecina tiene teléfono –fue lo que se le ocurrió decir. No podía creer que este hombre fuera a morirse así, de repente, y en la sala de su casa. Su abuelo se había muerto así, de un momento a otro. A veces pasaba. Los turistas también se mueren.

La mano del visitante apuntó entonces a la bolsa donde guardaba la cámara fotográfica y el mapa de la ciudad.

–Busque ahí... Son unas pastillas… Apúrese –murmuró, respirando como un asmático.

El otro buscó, impaciente. Encontró primero la cajita de las pastillas de menta, pero la echó a un lado. Hacia el fondo de la bolsa, sus dedos tropezaron entonces con otro frasco más grande y color naranja. El visitante asintió, con un leve gesto, al ver pomo que le mostró. Se llevó después la cápsula transparente a los labios y se quedó quieto. Demasiado quieto, pensó el otro.

–¿Quiere que llame a la ambulancia? –volvió a preguntar.

Pero el visitante abrió los ojos y sonrió casi enseguida. También se abrió la camisa de colorines y se pasó la mano por el pecho.

–No, está bien –dijo, enderezándose un poco. Movió después la cabeza y se secó la cara con un pañuelo.

–¿Está seguro? –indagó el otro.

–Sí –dijo el visitante.

–No se mueva, descanse.

–Está bien, me ha pasado otras veces.

–Qué cosa.

–Si no fuera por las pastillas...

–Repose, no tiene que hablar.

–Me siento bien.

–No se vaya a morir. ¿Me oyó? Aquí las funerarias son muy malas.

–El día menos pensado.

–No diga eso, hombre. Descanse un poco.

–Estoy mejor, gracias.

–No se apure.

–Ya me voy, disculpe –dijo el visitante con súbita determinación. Se levantó, cerró el zíper de la bolsa y se la echó sobre el hombro de un tirón.

Los dos caminaron después hasta la puerta sin decirse nada. Como esperaba que su mujer asomara por allí en cualquier momento, el otro se alegró de que el visitante se fuera, y sobre todo, de que no se hubiera muerto en la sala de su casa.

–¿Usted padece del corazón? –le preguntó cuando alcanzaron el umbral de la casa.

–Del corazón y un montón de otras cosas –dijo el visitante, saliendo– Esta va a ser mi última visita, porque el médico no me recomienda los viajes.

–No me diga.

–Ni viajes ni café ni refrescos ni demasiado trabajo. Nada.

–Oiga eso. Qué se va a hacer.

El visitante se encogió de hombros.

–Gracias por dejarme retratar la casa –dijo entonces.

–Qué gracias ni gracias. Esta es su casa, compadre.

–Ya no –dijo el visitante– Pero gracias de todas formas. Y perdone por hacerle pasar este sofocón.

–No es culpa suya –repuso el otro.

–A eso le dicen allá una sirimba.

–Aquí también. Sirimba, sí señor.

El visitante le tendió una mano entonces, para despedirse. Antes de estrecharla, el otro le advirtió con un gesto que se separara del quicio de la puerta. La faltaba una losa; podía tropezar. También apuntó arriba al puntal, que estaba rajado.

–Cuide la casa –dijo el visitante, apartándose con cuidado de los peligros– Es bonita, arréglela.

–Ya veré –dijo el otro– El día menos pensado esto se derrumba y no hacemos el cuento.

–No diga eso, hombre.

–Cómo no lo voy a decir.

–Eso llama desgracias –repuso el visitante.

El otro lo miró, se encogió de hombros, y le cerró la puerta en la cara.

–Total –dijo después.

© Copyright By Manuel Ballagas. Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio, sin autorización escrita del autor.

2 comments:

  1. De que vamos a hablar? es el mismisimo retrato de una frustracion a doble escala.
    El que se queda no sabe que hacer, porque no hay nada.
    El que se fue, extrana algo que no puede volver....
    el tiempo es nuestro mayor asesino, asechando siempre, para decirte al oido...te lo dije,te lo dije.
    Buenisima descriptiva como siempre, me llevas a los lugares mas remotos sin pasaje de ida ni de vuelta.JennydelaFuente

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  2. ¿Por qué no mandas tus cuentos a concursos? ¡Está súper! La rapidez del diálogo..esta frase "Los turistas también se mueren." La incomunicación y la soledad. ¿Es parte de un libro?

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