Monday, June 17, 2013

A menos bultos, más claridad

Desde que tengo una activa vida virtual, sobre todo después de sumarme a Facebook, he ido reduciendo drásticamente mi lista de amistades.

¿De quién es la culpa? ¿Mía o del universo digital? Y esos amigos, ¿lo eran verdaderamente? ¿No hubiera sido más apropiado prescindir de ellos mucho antes de que nos comunicáramos por e-mail?

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No crean. Es difícil contestar, aunque cuando analizo caso por caso comprendo que todos obtuvieron más de su relación conmigo que yo de ellos. “No dejes que tus amigos te elijan a ti; elígelos tú a ellos”, me dijo una vez mi madre. Cuánta razón.

Recuerdo que uno de estos personajes, con quien tuve un montón de atenciones y a quien tenía en alta estima, llegó a sentirse tan posesionado de mi amistad que una vez me mandó un correo electrónico sugiriendo que mi esposa y yo le habíamos dejado un maleficio en su casa durante nuestra última visita.

Tal afirmación se me antojó graciosa, considerando que el buen señor vivía –y vive, hasta donde sé- al borde mismo de la miseria. Pero enseguida entendí también el subtexto de su comunicación, la razón de muchos hechos y dichos que antes no había interpretado en absoluto, algo que quizás no se me había hecho tan patente en nuestras conversaciones en vivo: me tenía una profunda envidia. Envidia de todo, desde no pasar las mismas penurias que él hasta haber alcanzado una cumbre profesional que él no hubiera podido soñar.

Huelga mencionar la respuesta que le di a ese renacuajo. Hasta el sol de hoy, no se ha atrevido a asomar su asquerosa y hedionda faz por mis cercanías.

Me viene a la mente también otro ex amigo, de cuya petulancia y volátil personalidad ya me había percatado, pero cuya soberana soplabotellez no había podido aquilatar en toda su magnitud, hasta que le empecé a oír cantar en Facebook las alabanzas de políticos que me resultaban antipáticos y, sobre todo, a denigrar en términos personales la religión de otros políticos con quienes él no comulgaba.

Se me ocurrió en un par de ocasiones expresarle en persona mi opinión sobre estos temas doctrinales, sólo para verle cundir en ira y empezar a decir sandeces. Su esposa, sin atreverse a interceder, me daba pataditas discretas para que no hablara más, y en apartes que se dieron dos veces, me suplicó que no lo contradijera, para no hacerle perder la chaveta. “No se le puede hablar de política ni religión”, me sopló al oído. “Se pone hecho una fiera”.

¿Ah sí? Pues yo también puedo ser fiera, y a la primera oportunidad que tuve le salí al paso en Facebook, poniéndole frente a frente con el carácter odioso de sus comentarios, y sobre todo, con su supina ignorancia. Luego, en cuanto se dio la coyuntura, le retiré la amistad de Facebook, y cuando ya no soporté más ver de cuando en cuando sus idioteces en mi muro, no sólo lo bloqueé a él, sino a toda su familia, uno por uno, hasta sus hijos. Por comemierdas. Creo que hice muy bien.

Podría referir otros casos que me han ocurrido, pero me parece que no valdría la pena llover sobre mojado. Lo más probable es que de no mediar el mundo virtual, quizás nunca hubiera roto con estos y otros papanatas con quienes tuve tratos algún día en mi vida. Atribuyo esto a la hipócrita cortesía con que solemos relacionarnos en este mundo de cemento y ladrillos. Pero el e-mail y Facebook, al librarnos de esas convenciones concretas y darnos uso más puntual de la palabra, puso al desnudo no sólo la indigencia intelectual y emocional de ellos, sino mi incapacidad total para tolerarlos más.

Me siento como una nave que se ha librado de un inútil lastre y ahora avanza por el mar de la existencia más feliz y fresco que nunca. Tengo menos “amigos”, es verdad, pero los que me restan lo son de verdad, y al menos tienen más afinidad conmigo y con mi esposa, y no se pasan la vida irritándome.

Ojalá no tenga que echar más carga por la borda, pero estoy seguro de que pasará. Lo presiento cada vez que abro mi programa de e-mail o entro a Facebook. Las yemas de los dedos me arden. Va a ocurrir inevitablemente. Habrá bajas en mi lista de amigos. Se nota: cerca de la vejez, la calidad vale más que la cantidad. Y como le dije a otra idiota que empezó a acusarme de racista en Facebook: a menos bultos, más claridad. Y ahí mismo le di la sabrosa patada.

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