Friday, July 19, 2013

Réquiem por alguien que sabía comer

Rafael Casalins no se dejaba retratar. A estas alturas del juego, no he podido encontrar ni una foto suya en la web. Tampoco tenía “primos”, ni conocidos. Nadie, absolutamente nadie, estaba autorizado a invocar su nombre a la puerta de un restaurante. Desde que leí estas advertencias al pie de las reseñas de restaurantes que este escritor publicaba en el Miami Herald a comienzos y mediados de los 80, concluí que era genial y de inmediato sentí también una profunda envidia.

Casalincito rico: así se refirió a él una vez el novelista Guillermo Cabrera Infante. Las reseñas gastronómicas que escribía me gustaban incluso más que las críticas de cine de su amigo René Jordán. ¿Por qué no podía ser yo como ese señor que hablaba con tanta gracia sobre los sitios de comer que visitaba de incógnito en Miami? ¿Por qué no podía yo tener una profesión tan pública, sabrosa, codiciada?

Yo acababa prácticamente de apearme de un bote en Cayo Hueso y ya estaba soñando nada menos que con remplazar a un ícono del periodismo miamense en aquel momento… y del periodismo cubano de todos los tiempos, por cierto.

Pero les diré: soy un tipo muy afortunado, porque unos ocho años después conseguí realizar ese sueño. Casalins había muerto tiempo antes en España y yo había empezado a trabajar en el Herald, que estaba a punto de convertirse en El Nuevo por ese entonces. Corría, pues, el año 1988, si mal no recuerdo. Mimi Morales era la directora de la sección Galería, donde siempre se publicaron las reseñas de Casalins, y un día se me ocurrió ofrecerme como su indigno sustituto.

–¿Tú sabes lo que estás hablando, Ballagas? –preguntó Mimi, muy seria, como si le hubiese propuesto ocupar el puesto del Papa– ¿Tú sabes lo que representó Rafael en este periódico?

Le contesté que lo sabía perfectamente, pero que estaba dispuesto a crecerme para no deslucir el puesto que él había dejado. Aquella audacia mía no pareció convencerla demasiado.

–¿Tú sabes al menos algo de preparación de alimentos? –indagó ella entonces.

Le expliqué que sabía cocinar, pero no me atreví a decir que llegaba a la altura de un chef. Sabía que no me iba a creer. Pero agregué que me consideraba buen juez de las comidas porque en todas partes donde había vivido visitaba restaurantes de todo tipo. No me da miedo probar algo, por muy exótico que parezca.

Mimi lo pensó un poco y me dijo que escribiera una reseña de cualquier restaurante que se me ocurriera, y que se la trajera, a ver qué tal resultaba. Casi cuando iba a darle la espalda, muy entusiasmado y felicitándome a mí mismo en secreto, Mimi me dijo:

–Tráeme la cuenta de los gastos, pero que no sea un lugar muy caro, por favor.

Y en efecto, fue el comienzo de una larga temporada de voracidad. Al principio, en lugares baratos, pero después no sólo opípara sino opulentamente. A Mimi le encantaron mis reseñas desde un principio, porque muy a propósito, copié al dedillo el estilo de Casalins, esa pequeña historia personal en que convertía cada crítica que escribía.

Muy pronto empecé a recibir correo. De cuando en cuando, alguna mujercita loca pedía acompañarme a comer, auto-celebrando su gusto culinario. Pero mi compañera de entonces, como ahora, siguió siendo siempre Juanita, mi mujer, más exigente que yo en términos de alimentos.

Toda esa etapa duró como tres o cuatro años. He de haber engordado como 14 libras comiendo gratis. Me pasaba el tiempo oteando el horizonte urbano, por si abría un nuevo sitio donde comer. Juanita siempre llevaba a mano algo con que anotar las direcciones.

Se desarrolló en mí una voracidad tal, que a veces comíamos dos y tres veces al día en distintos lugares. Me robaba los menús, para estudiarlos mejor en casa. Alababa, fustigaba. Creo que “inventé” por lo menos dos restaurantes que todavía existen con mucho éxito y distintos dueños: Casa Panza y Old Lisbon.

Pero no todo en esta vida nos resulta en flores y halagos. Una vez el dueño de un sitio cuyo nombre no recuerdo, un gallego loco, al descubrir que yo era el crítico del Herald y estaba en su establecimiento, me expulsó del sitio cuchillo en mano y a caja destemplada, gritándome: ¡Comunista!

Fue, sin embargo, una temporada bonita que recuerdo como de las mejores que pasé en ese periódico, ahora convertido en una absoluta mierda, y donde jamás se han tomado el trabajo de recordar a Rafael Casalins, que tanto prestigio y valor dio a sus páginas en su momento. Qué van a recordarlo. Si lo que publican ahora so capa de reseña gastronómica es pura relaciones públicas…

Bueno, a Casalins por lo menos lo recuerdo yo. Y basta.

4 comments:

  1. ¡Qué rico!! y yo que en mis reseñas de negocios a cada rato tengo que hablar de restaurantes...pero no le puedo pasar la cuenta al periódico, snif...

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  2. Fue en el 1987 cuando El Herald se convirtió en El Nuevo...aquel.
    Buena nota amigo Ballagas.

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  3. Fue en 1987 cuando El Herald se convirtió en El Nuevo...aquel amigo Ballagas.
    Buena nota.!

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  4. De verdad eres dichoso Manolo, las cosas que te ocurren,pueden dar pie a otro libro.....La cazuela de un Bohemio.
    No digo Yo..eres tu mismo,siempre seras tu mismo, lo que tienes es la carita redonda.El exito tiene que ver con el estomago.
    Saludos.Jenny
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    de los cuales puedo darte información.

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