Wednesday, November 20, 2013

Le supplice d’Anton

Corría el año 1969, que en Cuba, por alguna razón ya olvidada, llamaban “Año del Esfuerzo Decisivo”. Pese a las redadas, a los cortes de pelo y a las continuas campañas de saneamiento, por las calles de La Habana solían verse, en grupitos o aislados, a ciertos jovenzuelos melenudos y mal vestido que la población más adocenada llamaba cómicamente hippies.

Esta historia concierne a un grupo de estos hippies, que para ese entonces se congregaban por las noches en las cercanías de una funeraria de la calle Calzada, en el vecindario del Vedado.

Eran estos gamberros en su mayoría aspirantes a escritores o artistas plásticos, casi sin ninguna perspectiva de llegar a serlo, tanto por su bajo nivel de escolaridad como por su escaso talento. Aun así, todos se consideraban rebeldes incomprendidos.

También concierne a un supuesto poeta, novelista y dramaturgo cuarentón que había conseguido hacerse de un nombrecito a la sombra de un viejo mentor suyo que no es del caso mencionar aquí, y que hasta había alcanzado cierta reputación contestataria a causa de una obrita de teatro suya, pese a que nunca había disentido del gobierno ni de ninguna otra cosa, porque era demasiado cobarde, y también, el pobre, muy maricón.

Se llamaba –y ha de llamarse todavía, supongo– Antón Arrufat, y tenía por hábito nocturno salir a pasear ataviado con un ridículo pardessus color azul oscuro y portando en sus manos inútiles un viejo paraguas que nunca abría, porque estaba completamente roto. Rondaba restaurantes, cines, hoteles en busca de una compañía que nunca encontraba, porque nadie, a decir verdad, soportaba sus estúpidas ironías.

Culminaban los paseos del pretendido literato en un parque situado en la parte alta del Vedado, que por diversas razones en aquel entonces se hallaba casi siempre desierto, sobre todo de noche. Montaba guardia sentado en uno de tantos bancos, con las nalgas afincadas al borde mismo del asiento y el paraguas por apoyo, mirando de aquí para allá con fingida expresión displicente, a la espera de algún viandante a quien seducir.

Pasaban pocos por allí, pero a quienes tenían la desgracia de cruzarse en su camino dirigía Arrufat tales miradas de “sígueme-pollo” que pocos podían olvidar la desagradabilísima experiencia. Más de un negro malhumorado le había ido encima no sin antes haberle preguntado de muy mala forma qué-coño-de-tu-madre-me-estás-tú-mirando-maricón. Pero ni las golpizas ni los insultos parecían amilanar al autor de Los siete contra Tebas, porque el muy libidinoso se daba por bien recompensado cuando uno de aquellos transeúntes, a cambio de buena moneda, le permitía dar una de aquellas felaciones genuflectas que tanto le gustaban.

En fin, pongamos un piadoso velo sobre estas indiscreciones, que al fin y al cabo no son el eje de este relato. Dejemos por un momento a Arrufat en su parque, al acecho de sus presas preferidas, los jovencitos menores de edad.

El caso es que aquella noche un grupo de hippies habaneros tenía un hambre atroz. Encabezaba a aquella manada un delincuente común de escasas pretensiones literarias que se apodaba Loquillo, que era de armas tomar. Habían hecho entre ellos una colecta que les permitió comprar una docena de huevos de gallina con la que reventar, en casa de alguno de ellos y con manteca robada, una tortillita de cebollas deshidratadas. Andaban, pues, por las calles del Vedado dispuestos a casi todo y listos para calmar las urgencias de su estómago cuando a uno de ellos se le ocurrió que podía agenciarse una botella de vino en casa de un pariente suyo.

La casa del pariente se hallaba nada menos que al lado del parque donde Arrufat pasaba las noches esperando a Godot o a quien fuera, por lo que me atrevería a atribuir este incidente al buen humor de que hace galas a veces el destino.

Se detuvieron, pues, los jovenzuelos en un rincón del parque mientras su amigo iba en pos del ansiado vino, y quiso la suerte que fuera cerca de donde en ese mismo momento Arrufat ardía en fiebre lujuriosa, a la vista de tantos muchachones.

Lo que no se imaginaba era que uno de ellos sabía perfectamente quién era y de qué oscura pata cojeaba. Varias lunas antes, en el baño de la cafetería del hotel Capri, el autor de El caso se investiga, una obra teatral de poca importancia, había intentado atrapar su hombría con una de sus manos inútiles, ganándose una buena tanda de trompones que le mantuvieron desfigurado y escondido en su casa por lo menos una semana.

Arrufat debió darse cuenta de lo terrible de su situación cuando uno de aquellos gamberros le señaló al Loquillo diciendo: Pero miren qué yegua. Varios pares de ojos se volvieron entonces en dirección suya. Los jovenzuelos empezaron entonces a reírse espontáneamente, con el tipo de carcajadas en que sólo alguien que no ha conocido las tristezas de la vida es capaz de prorrumpir. Risa burlona, cáustica, desarmante. Y aquel pobre marica no supo qué hacer, si morirse o si cagarse.

Debió haber echado a correr, por supuesto, porque aquella turba de muchachones perdió de pronto todo control e incluso todo vestigio del hambre vieja que les acosaba, y poseídos de un espíritu que se les antojó, por alguna razón, justiciero, tomaron los huevos que llevaban en un cartucho y los arrojaron uno a uno con furia bestial sobre el autor de Repaso final, una colección de poesía olvidada.

La baba y la pestilencia cubrió la cara azorada de Arrufat, que al fin logró reaccionar y dando largas zancadas, escapó de aquel sitio, perseguido por los jovencitos gritones que después de acribillarle a puros huevos, le cubrieron de los más indignantes epítetos, algunos de los cuales me resulta imposible repetir por decencia. Los demás, los dejo a la imaginación del lector.

Pregúntenle, si quieren, al Loquillo, donde quiera que esté. No me dejará mentir.

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