Friday, November 22, 2013

Un relato del eterno ir y venir

La máscara

¿Cuándo pasó? No se acuerda. Quizás en el rato que se durmió. Fue el único descuido que se permitió durante el viaje. El hecho es que para cuando abrió los ojos y se apeó del avión en Miami, el diablo había hecho ya de las suyas. Todo fue tan indoloro y rápido, que no tuvo tiempo de darse cuenta.

El primero en decirle algo fue un señor que había venido sentado a su lado en la corta travesía desde La Habana, un viejito hablantín, con guayabera y olor a colonia. Estaba esperando el equipaje en la planta baja del aeropuerto, en la abarrotada zona del carrusel, cuando de pronto se le quedó mirando.

–Qué guardadito te lo tenías… –dijo.

El pensó: “Qué raro”. Pero no se atrevió a preguntar lo que quería decir. Sin duda el anciano divagaba a solas o hablaba con otro, en todo caso. Así que se limitó a sonreír con levedad y volvió la mirada distraídamente hacia otra parte. Entonces, de refilón, pudo ver su propio reflejo en una vidriera cercana. “Qué coño es esto”, se dijo.

Una fría sensación le recorrió el espinazo. “Qué coño de su madre es esto”. Batió sus pestañas varias veces, con la seguridad de que era una simple distorsión visual que se desvanecería pronto. Pero no ocurrió.

Se acomodó entonces el pelo con un fugaz golpe de uñas. Fue un gesto muy grácil, del que enseguida se sorprendió. Nunca había tenido dedos tan finos y hábiles, ni un cabello tan largo, por cierto. ¿Sería posible?

–Claro que sí –le dijo el señor, como si hubiera acabado de leer sus pensamientos– Tú no empieces a preocuparte ahora, ¿me oíste? Acabas de llegar. Este es el país de las oportunidades. Unos se hacen ricos, algunos famosos, otros delincuentes y hay quienes, como tú…

Volvió a mirar su reflejo a hurtadillas, con la esperanza recóndita de haberse recuperado; pero por más que se miró de frente, por detrás y de costado, vio exactamente lo mismo: una hermosa trigueña que observaba su propia figura, empinándose en las puntas de sus zapatos. “Qué coño es esto”. El vahído le sobrevino entonces y se llevó el dorso de una mano a la frente. Todo se puso negro. El viejito pegó un grito horripilante y se apuró a rescatarle, antes que se desplomara.

–Necesita reposo.

Alcanzó escuchar la advertencia, pero el médico se había marchado ya. Sólo retenía el eco de su voz grave. ¿Dónde estaba? Parecía el cuarto de un hospital, un ámbito muy blanco de camillas, cortinas plásticas, bolsas de suero, y un tufo penetrante a alcohol y éter. ¿Qué hacía allí, mirando al techo? Algo le dijo de pronto que debía aferrarse a los bordes de la sábana que malamente cubría su piel desnuda, protegerse del frío, y quizás de alguna mirada indiscreta. ¿Quién le había quitado la ropa? ¿Habría sido aquel anciano repulsivo? Se encogió de asco y sintió tiritar, pero la caricia de una mano tibia le produjo un inmediato sosiego. Alzó los ojos y la vio sonreír: una mujer de moño gris y espejuelos, su tía. “Tranquila, Graciela”, la oyó decir.

¿Graciela?

–Yo misma te desvestí, no dejé que te pusiera un dedo encima –siguió diciendo en voz muy baja, mientras enjugaba con un pañito los sudores de su frente fría– Aquí hay mucho sinvergüenza disfrazado de doctor, mija, una no sabe quién es quién. Todos quieren coger los mangos bajitos. A una vieja ni la miran, pero a una muchacha linda y jovencita como tú, sobre todo si se desmaya y no tiene quien la defienda…

Valiéndose de empujoncitos y sopladas palabras de estímulo, su tía consiguió alzar su cuerpo en la camilla. Lo apuntaló luego con sus manos, enderezándolo poco a poco y sujetándolo suavemente por los hombros y la cintura, como a un inerte pelele, hasta que al fin, tras mucho trastabillar, logró mantenerse sentado por su cuenta. La sábana se le desprendió, desparramándose después por el piso.

Fue entonces que se pudo ver por primera vez sin reflejo de por medio, desde los pezones erizados y las manos de dedos escuálidos cruzadas resignadamente en su regazo, hasta los muslos robustos afincados al borde de la camilla y la matita de ensortijado pelo negro asomando entre sus ingles. Qué coño era aquello.

“¡Tía...!”, fue a exclamar, o algo parecido. Entreabrió sus labios, pero casi a punto de articular la palabra pensada, sintió que enmudecía.

De cualquier manera, la mujer no hubiera podido atenderle. Estaba demasiado ocupada con las bolsas de Macy’s y Nordstrom que había sacado de debajo de una mesa cercana. Poco a poco, y en meticuloso orden de exhibición, fue disponiendo después sobre otra camilla una hilera de ropa, pañuelos, alhajas, calzado, medias y vaporosas piezas de lencería. Se volvió después y sonrió de oreja a oreja.

–Ojalá te sirva –dijo, tomando por los tirantes un vestido de floripondios y colocándoselo por delante, de manera que pudiese verlo mejor– Has crecido tanto…

Su tía le ayudó a deslizarse de la camilla, y en cuanto le vio levantarse, empezó a explicarle cómo ponerse el sostén de vuelos de encaje.

Le costó un trabajo enorme dar con el cierre a ciegas, llevándose las manos a la espalda, como le indicó ella pacientemente, pero al fin logró meter los pechos en ambas copas y abrochárselo. Cupo también sin dificultad en los pantaloncitos que la otra le entregó después. Se los puso apenas de un salto, apoyándose en su tía, que no cesaba de contemplar y elogiar su figura.

–Cómo te pareces a tu madre, por Dios –le decía– Tienes la misma cinturita de avispa, el mismo cuerpazo, me quedo fría.

No tuvo igual suerte con el vestido, que se trabó al intentar deslizarlo sobre el tramo demasiado amplio de sus caderas. Casi se rasga. Su tía, empero, le explicó que aquello tenía arreglo, y enseguida se dispuso a alterar el ancho de la pieza, bien provista de tijerita, hilo y aguja.

–Me enteré de la novedad cuando íbamos camino del aeropuerto a buscarte, y salí corriendo para las tiendas –dijo su tía mientras cortaba las puntaditas de fábrica– No tenía idea de lo que iba a comprar, ni de los tamaños, claro; pero siempre me imaginé cómo habrías lucido si hubieras sido, tú sabes, diferente. Los colores que te hubieran gustado, los modelos de ropa, el estilo de los zapatos, y hasta los pantis. Todo. Te los veía puestos, entallados, lindos, perfectos. Los compré casi sin pensar, de un tarjetazo, porque todo está carísimo, tú no sabes cuánto todavía, sobre todo la ropa de mujer. Pero no me asusté, ni me incomodé tampoco contigo, porque siempre estoy preparada para cualquier emergencia, por complicada que sea.

–¿Y quién es Graciela?

Su tía se encogió de hombros

–Tú sabrás –dijo.

Por detrás, después de pedirle que aguantara un poco la respiración, su tía le subió el zíper, y enseguida empezó a rondarle. Examinaba la ropa por aquí y por allá, tentando a veces su piel y sus cabellos como si se tratara de un simple maniquí.

–No te muevas –le dijo.

Se vio de pronto encarando sus propias facciones en un espejito. Su tía tomó entonces un pincel y empezó a dibujar algo sobre su cara. La sintió trazar óvalos, círculos, arcos. Usó púrpura, negro y rojo encarnado, quizás una pizca de plata para los párpados. Luego realzó sus cachetes con insinuados toques de rosa. Abrillantó sus labios. Y así, poco a poco, fue emergiendo, como expulsada por sus poros, una faz diferente que por alguna razón se le fue haciendo cada vez más familiar, como si la conociera desde hacía mucho tiempo pero no acabara de recordar a quién pertenecía.

–Quieta. ¿Quieres que te saque un ojo?

De un leve empellón, su tía le obligó a enderezarse. Le resultaba difícil mantenerse inmóvil mucho tiempo sobre aquellos zapatos de tacones altos y puntiagudos que le había traído, y de cuando en cuando su equilibrio zozobraba, como si le entrara sueño y de pronto se despertase. Daba tumbos, zapateaba, le parecía que iba a derrumbarse, mientras iba cobrando forma, sobre su viejo rostro, aquella cara ajena que se había vuelto suya. ¿Quién podía ser?

–Graciela… –murmuró.

–¿Qué?

–Graciela, ya me acordé.

Ciertamente, había que ponerla al tanto de lo sucedido. Nada más justo, pensó, considerando los planes que habían fraguado juntos, y lo mucho que ambos habían ponderado los avatares de emigrar cada uno por su cuenta. ¿Qué sería ahora de los dos? Tendría que escribirle, se dijo, al menos enterarla poco a poco del drástico cambio. No todo de un tirón, claro; hubiera sido demasiado para Graciela. Porque su novia podía espantarse, con toda razón, de su nueva fisonomía. Y aunque en estos tiempos muchos de los prejuicios de antaño se habían desvanecido, dudaba mucho que aún quisiera compartir su vida, ahora que se habían vuelto tan semejantes.

En eso, se reviró y empezó a dar manotazos. A diestra y siniestra, como si espantara a una molesta alimaña voladora.

–¡Basta! ¿Qué disfraz es éste? –chilló. Se quitó los aretes de un tirón y los arrojó con rabia contra la pared. Su tía contempló la pataleta impasible, haciendo apenas un mohín de fastidio antes de agacharse a recogerlos.

–Póntelos, déjate de majaderías –le dijo.

Dudó un poco, pero al cabo obedeció y volvió a colocarse los adornitos con visible desgano. Su tía le ayudó cuando uno se zafó y casi cae al piso.

–Mira como te comportas, no agradeces nada –le dijo después, mientras ponía a buen recaudo los cosméticos y demás afeites– No sé para qué te traje, hasta me levantas la mano. Todos esos trámites, los gastos. Alguien me lo advirtió, pero no quise hacer caso. La gente no se conforma con lo que la vida les da. Siempre quieren algo distinto, no tienen resignación, nada les conviene. Todo es dame, dame, dame. ¿Cómo pude estar tan ciega, Dios mío?

Ha de haber sido el tono con que le hizo aquellos reproches, o que sencillamente se había vuelto llorica, pero los ojos se le aguaron enseguida. Sintió mucha lástima de ella, de sí. Y luego, cuando trató de hablar, los sollozos convirtieron sus palabras en gorjeos casi ininteligibles.

–Es que… Es que yo… –tartamudeó, casi tragándose las palabras.

Su tía no le dejó terminar.

–Serénate, no tenemos todo el día –dijo, secándole las lágrimas con la punta de un pañuelito. Y cuando vio que al fin se tranquilizaba, sonrió y le sopló al oído: Afuera hay alguien que quiero que conozcas.

–Pero tía… –protestó.

–…es joven, inteligente, trabajador –siguió ella, sin atender a su expresión de absoluta alarma, mientras le conducía de una mano, como a un inválido, rumbo a las puertas batientes de la sala de espera.

Las piernas le flaquearon y se detuvo de pronto.

–¿No podemos dejar eso para otro día? –preguntó.

A puros halones y empujoncitos su tía le arrastró entonces hasta las puertas. Se tambaleaba, daba traspiés con aquellos zapatos.

–No te acobardes ahora, piensa que eres otra, que allá afuera te espera alguien, no seas cabezona –le dijo.

Sintió que se ahogaba.

–Se va a dar cuenta –contestó– ¡Esto es una máscara!

Su tía se echó a reír.

–Graciela, por Dios –dijo– Ser mujer es una ilusión.

Enseguida, apretó un botón grande en la pared y las puertas se abrieron de par en par.

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